martes, 25 de febrero de 2025

¿Qué me permite escribir a mano?

La escritura a mano suele ser
muy satisfactoria. Foto: BAER

Irapuato, Gto. La respuesta rápida a la interrogante del título podría ser la terquedad de aferrarme a algunos aspectos del pasado que me hacen recordar las cosas simples que me mantenían contento; si pensamos en contactos virtuales, la escritura permite acercamientos que mediante el físico serían imposibles. Cuando hablamos de hacer realidad los sueños, los escritores tenemos la ventaja de ser los creadores de espacios, tiempos y distancias acordes a nuestras ideas, las personas que aparecen en ellos reaccionarán igualmente como tenemos previsto, sin embargo, espacios y personajes se harán autónomos en cuanto viajen hacia la imaginación de cada uno de los lectores. Para completar el cuadro, el medio de escritura importa en la medida en que lo hacemos parte de nuestro ser, por así decirlo, la mecanicidad y la rapidez tienen poca intimidad y acercamiento.

Hay un vínculo muy fuerte entre un manuscrito y la mirada que en él se posa, casi como el que se da con los pincelazos en una pintura, los rasgos de cada letra, de cada palabra, nos cuentan un mete discurso paralelo a la historia que contienen sus páginas, por lo cual una carta era tan íntima entre dos seres que se amaban, tan intimidante entre otros en conflicto, tan reveladora entre quienes se dedicaron a revelar los secretos de la ciencia o de la naturaleza humana pues, escribiendo a mano, es inevitable transmitir a la hoja el ímpetu, la pasión o la melancolía del momento en que se redacta. Si existe algo como el alma, seguro queda plasmada en un escrito a mano, independientemente de que lo redactado sea bueno o sea malo, por lo que la raíz del compromiso contraído por una pluma, está en plasmar lo que somos.

Si es un don o una capacidad es lo que menos importa, lo interesante de plasmar nuestros pensamientos a través de un bolígrafo, un marcador o una estilográfica teniendo un real estilo de escritura, algo que con las máquinas (quizá por su marcada perfección) no puede lograrse por mucho que hagamos malabares con las tipografías; sería muy fácil afirmar que escribir a mano es más personal y ya, pero el para qué, en este tiempo tan tecnologizado, estaría dándonos vueltas en la cabeza y por mucho que lo haya plasmado entre líneas anteriormente, quedaría el intento de convencernos de hacerlo por las razones adecuadas que nada tienen que ver con la rapidez o con la exactitud en la métrica, tan sólo con las sensaciones producidas por el contacto de la bolita metálica con el papel y los sentimientos que afloran por cualquier motivo.

Aparte de todo lo anterior, creo que deba haber algo de desfachatez para permitirnos trabajar de manera retro, pero en realidad, como he venido diciendo desde hace algún tiempo, mi memoria suele traicionarme de vez en cuando así que el uso de la libreta y el bolígrafo no me representa un trabajo doble, sino el primer paso del proceso de publicación de mis escritos en esta plataforma; ahora que, ¿para qué hacer toda esta presunción? Pues, si me lo permiten, yo la consideraría una tímida invitación a que ustedes, mis diez lectores, se animen a hacerlo y así tener un pretexto para intercambiar impresiones sobre los pros y los contras de intentarlo, seguramente entre todos los que estemos en contacto encontraríamos motivos para exponer nuestras ideas, un último motivo sería que se compadecieran de esta alma solitaria que no quiere escribir para sí mismo. Salud.

Beto

martes, 18 de febrero de 2025

El libro como objeto

Un libro más, nunca es suficiente. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Aunque la sabiduría popular indica que no hay que juzgar a un libro por su portada, también nos dice que de la vista nace el amor; un libro es uno de esos objetos que van adquiriendo valor conforme pasan los años puesto que su utilidad es perenne, a pesar de que su información haya «caducado»; las referencias en sus páginas nos permiten la mejor comparación sobre cómo se hacían las cosas antes y cómo se hacen ahora, desde los métodos, los formatos, las palabras y las descripciones. Las visiones que sobre la realidad se tenían hace veinte, treinta, sesenta o cien años crean un marco referencial con el que podemos enriquecer y ampliar nuestros parámetros, pero aunque parezca increíble o lo último a lo que deberíamos poner atención, los libros también son un motivo de apreciación estética.

No importa si son de pasta dura o pasta blanda, las carátulas son el primer contacto con las historias que contienen, son una invitación a abrirlos y sumergirse en sus páginas; las texturas de mezclan para dar la mejor experiencia al tacto que es el sentido primordial, más que la vista, para darles nuestra aceptación. Sí, de la vista nace el amor, pero el tacto hace que perdure; hay que sentir el peso de un volumen para intuir su importancia previa, leerlo hará el resto. La tipografía pareciera sacar pequeños bracitos que nos rodean y dirigen nuestra vista por cada rincón creado, por cada pensamiento emitido y por cada relación que se establezca entre personajes a los que juzgaremos desde el exterior. Pasar una a una las hojas, a pesar de ser una acción mecánica, representa una experiencia única en cada libro.

Es factible desear un libro por cómo se ve o se palpa, de cualquier forma son objetos para ser manipulados a un ritmo que nos permita apreciar la historia, la forma de sus letras, los bloques que forman sus párrafos y las texturas de sus hojas; ¿mencioné el aroma? Seguro que sí, posiblemente en otro espacio, pero siempre lo haré a la más mínima provocación porque leerlos es una experiencia total. Su compre requiere de cierto refinamiento que nada tiene que ver con el lujo, sino con una estética muy personal que podría ir desde el conservadurismo más radical, hasta el eclecticismo más puro; y sí, si captaron la contradicción, sabrán que pocas veces encontraremos un solo estilo de encuadernación en una biblioteca, a menos que tengamos a un encuadernador a nuestro servicio o a un impresor que los haga del mismo tamaño.

Es posible que el tener muchos libros sea una de las pocas pulsiones que difícilmente se critiquen de mala manera, al menos una biblioteca surtida, un librero lleno o un estante ocupado infunden más respeto que un último modelo en la cochera; es posible, para los coleccionistas retro, que lo que más se le acerque a tener una biblioteca importante sean una discoteca o una videoteca, por así decirlo las aristas del arte se buscan y se tocan. Hay otra coincidencia en esas tres compilaciones: visualmente suelen ser muy atractivas pues ya sea por formas, tamaños o colores, se prestan para acomodarlas en distintas categorías; podemos pensar en autorías, interpretaciones, géneros, direcciones artísticas, edición, etc., lo que nos permite pensar en todas ellas, como fondos para una muy atractiva escenografía. Salud.

Beto

martes, 11 de febrero de 2025

El destino

Esa Cleo, se ha dividido tanto que podría sola
formar un pueblo. Foto: BAER

Irapuato, Gto. No tengo idea si la ambivalencia con la que veo al concepto de destino sea correcta, pero sigo diciendo que de ninguna manera hay fuerzas extraterrenas que tienen predeterminada la manera en la que llevaremos a cabo nuestras vidas, por el contrario a lo que el esoterismo indique, el concepto de destino es más terrenal, algo que nosotros decidimos, el lugar (físico o virtual) al que queremos llegar; podemos encontrarlo escrito en boletos de autobús, barco o avión, a pie de carretera o en los mapas. Siendo más exquisitos, también lo encontraríamos en la página final de un libro, en la última escena de una película o serie o en un programa de radio; el destino se fija por nuestros intereses y necesidades, pues podría ser el empleo por el que trabajamos, la familia a la que aspiramos o la tarea que nos encomendaron.

La quiromancia, la lectura de las cartas o del café que se han agenciado la paternidad de ver el futuro, pusieron en relieve lo que solemos suponer y lo que realmente creemos, pero nunca terminaron de explicar cuál es la razón por la que un ser superior, la naturaleza o el universo tendrían que saber de antemano lo que nos pasará en los próximos años o porqué debemos tener un camino pre trazado o, peor aún, qué determina que cuando se consulta a los «expertos», esos caminos sean extraordinarios o trágicos. ¿Acaso no merecemos un futuro tranquilo? Cierto, si no hay algo de drama, no nos sería de interés al no estar destinados a algo que cambie al mundo, como cuando preguntamos por vidas pasadas y tenemos por resultado a Cleopatra, Nerón o cualquier otro personaje histórico importante, nunca alguien común.

Según a lo que nos hayamos acostumbrado, cuando solemos preguntar por el destino de algo, de alguien o el propio, el resultado casi siempre tiene un sesgo dramático para bien o para mal, lo que debería ser indicativo de que la mayor parte del tiempo, esas premoniciones son una tomadura de pelo que apela a lo incierto y al extraño deseo de eternidad que mantenemos vigente aunque no sepamos para qué. Sabemos que todo tiene un fin (destino pues), pero lo realmente interesante -y mundano- es el cómo se va a llegar; así la vida está llena de destinos particulares que los teóricos del desarrollo humano llaman metas y objetivos. Es un tema cotidiano que algunos a lo largo de la historia han transformado en «perlas» esotéricas que animaban de momento, pero que en general llenaban a la mayoría de frustración.

Lo único que tengo de cierto es que, a pesar de lo que digan los teóricos den determinismo, somos libres de escoger lo que haremos con nuestra existencia, dentro de un marco que limita nuestras acciones, pero la libertad no es absoluta a pesar de que como concepto lo sea en una escala de valores. Esos límites son imprescindibles puesto que sin ellos, no tendríamos parámetros de comparación, lo que significaría el aislamiento total para quien pretendiera no tener restricciones; sólo basta con observar los desenlaces de aquellos que supusieron que la libertad consistía en hacer lo que se les diera la gana y nos daríamos cuenta de que todos sus excesos eran la respuesta a su sentimiento de soledad, lo cual no fue predeterminado, sino producto de sus decisiones. Salud.

Beto

martes, 4 de febrero de 2025

Las tragedias

A sufridores y melodramáticos, sólo nos ganan
los trágicos. Foto: BAER

Irapuato, Gto. En la literatura, los desastres tienen un espacio especial en las preferencias de un buen sector de la población mundial, desconozco la razón exacta, pero imagino que puede ser una catarsis el saber que es posible que haya quien sufra más que nosotros, lo que nos haría pensar que no sería muy digno quejarnos de lo que nos pasa; en la novela «Los últimos días de Pompeya» es curioso cómo es que sabemos el final y aun así, nuestra disposición a terminar de leerla se nutre del posible sufrimiento que el mismo título ofrece. Algo semejante sucede en «La muerte de Artemio Cruz», donde incluso, parece despertar en nosotros un deseo insano de saber cómo es que Carlos Fuentes va a resolver lo que su título ya ha anunciado, palabra esta última, que irremediablemente nos lleva al Gabo.

Aunque nada le gana a la historia Pascual de Jesús de Nazaret; el sufrimiento es infinito y pareciera que cada época le fue agregando dolor a la narración como si se tratara de saber qué tiempo era el más sufridor como para soportar las privaciones a las que institucionalmente se someterían, lo malo es que en la intención siempre hubo dos sectores, los que predicaban la austeridad y padecer aunque nunca los tocaban y los que padecían aspirando a una vida mejor siguiendo los supuestos pasos de su salvador. Los inventores de la tragedia como medio de comunicación, no se imaginaron que su creación fuera a ser utilizada como marco teórico de dominación aunque eso suena natural viniendo de un pueblo esclavista como lo era el griego. En su favor diré que su legado ha durado hasta nuestros días.

La propensión al sufrimiento es resultado de la fusión entre la tradición judeo-cristiana (acompañada de las culturas que la precedieron) con el supuesto estoicismo de los pueblos pre hispánicos, llevados a un extremo donde damos poco valor a los cuestionamientos por el entorno y damos demasiada importancia a la vida privada de gente que no le importamos; por otro lado, la identificación por la circunstancia nos crea una ilusión de acompañamiento que, si no fuera porque no somos capaces de ocuparnos en conjunto de los problemas sociales, es identificación ya nos hubiera servido para crecer como grupo. ¡Ah! Pero los héroes trágicos se las arreglan solos, mostrando fortalezas dignas de alabanzas y registro oral o escrito, para ser recordados por toda la eternidad, sin tomar en cuenta una cosa, todos esos héroes terminan muertos.

Como para ensalzar valores las tragedias funcionan en las edades tempranas de lectores asiduos, para los tardíos siguen funcionando de esa manera, la razón es que, al tener los primeros más esquemas de pensamiento comparados con los segundos, tienen una perspectiva más amplia para ver opciones de respuesta a muchas interrogantes, más allá de un sentido cuasi suicida. Otra opción es que, acostumbrados a los desastres, vivimos de manera surrealista entre la tragedia y el melodrama en la que cada quien es libre de convertir su existencia en una farsa, con la ayuda de esoterismos o cosas raras; vivir en la tragedia no es lo mismo que vivir de la tragedia, la primera se padece en primera persona y todo parece una pérdida, en la segunda se goza de los dividendos que deja la experiencia ajena y lo más aconsejable es que no se cuente autobiográficamente. Salud.

Beto

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...