martes, 31 de diciembre de 2024

Doce campanadas

El año nuevo viene crecidito. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Los símbolos suelen ser interesantes y algunos hasta divertidos, los de fin de año además cuentan con cierta teatralidad; quienes tienen por costumbre barrer la calle, sacar maletas, ondear banderas y comer uvas lo tienen muy claro, esos símbolos reunidos en rituales paganos son en realidad muy divertidos. Tomándolos en serio o en broma (en realidad no importa) suelen mostrarnos realidades alternas en las que hay una espiritualidad tan válida como cualquiera pues los mecanismos mentales son los mismos, más allá de los discursos sobre adhesiones y destinos; es posible que ya hayan realizado sus ejercicios para prepararse para este año que llega y despedir con dignidad al que termina, el entornos se transforma de acuerdo a los intereses que mantengamos vigentes hasta este día, mañana comenzará otro ciclo en el que las promesas se combinan con las trabas que ponemos para realizarlas y la diferencia queda.

Recuerdo algunos detalles en los que mi familia tuvo que ver, que cambiaron un poco la tradición como aquella en la que se comen doce uvas como símbolo de que nada nos faltará en el siguiente año, al menos el sustento pero al rededor de 1972, con la llegada de mi hermano Pepe, las compras no pudieron hacerse tan puntuales como habían sido los años anteriores, así que no había uvas para la cena, pero estando en la capital mundial de las fresas, ¿cuál era el sustituto natural? Lo adivinaron, los higos... ¡no es cierto! Creo que el ritual nos salió sui géneris porque tratar de tragar fresas lo más rápido posible, no es muy recomendable que digamos, varios estábamos atragantándonos, creo que las semillitas incrustadas en la piel de la frutilla era un buen aviso de que no debimos hacerlos, pero lo hicimos y la tentativa ce competencia por ver quién las terminaba primero se realizó en cámara lenta.

Sin importar la fruta, el simbolismo no cambia, cada «mes» que se engulle lleva consigo la promesa de que será bueno y que nada habrá que nos preocupe; mi ejercicio mental inició el pasado noviembre, recorriendo lo hecho desde enero, lo cual resultó fácil ya que un blog (para mí, una columna virtual) funciona casi como un diario. traté de hacer una comparativa a manera de proyección, algo así como si en marzo del año pasado hice... ¿qué haré en el próximo? Lo mismo con todos los demás, sólo espero no haber dejado la vara muy alta en algunos de ellos para poder superarlos; he pensado incluso iniciar una tradición personal, si llego a cumplir o superar una de las tareas que me haya propuesto cada mes, tocaré la pequeña campana que perteneció a mi abuela y luego a mi tía, teniendo como testigo a la licenciada Rodríguez para que dé fe del hecho.

No creo que haya problema si inicio inmediatamente mañana, aunque me levante tarde, ya que he tenido a bien publicar en cada inicio de año, sólo tendré que ubicar en qué día cayó el 1° de enero. Sólo espero que a todos nos vaya mejor y que nada se interponga entre lo que nos proponemos y nosotros; a ustedes, mis diez lectores, que encuentren solución a todos los problemas que se les presenten y si no los tienen, ¡pasen la receta, no sean ingratos! Desde está humilde pero aguerrida trinchera, espero que el siguiente año nos lleve por caminos parejitos, sin contratiempos y con todo lo necesario para llegar a buen término, dando cuenta de aquello que hayamos emprendido; tengan buena salud, ánimos para trabajar y el mejor entendimiento de todo lo que vaya sucediendo en el entorno que, de mi parte, será lo mejor que nos pueda pasar. Reciban un gran abrazo. Salud.

Beto

martes, 24 de diciembre de 2024

¿Y para el cierre?

Escribir es como andar en bicicleta. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Les habrá ocurrido que están haciendo algo en su casa, como una reparación, de pronto se dan cuenta que les falta una herramienta y no pueden salir rápido a la ferretería porque es domingo y está cerrado y ni cómo ir a una tienda de autoservicio porque si se separan de la obra, corren el riesgo de que la reparación provisional no aguante, lo peor del caso es que se trate de una simple llave de tuercas que uno de sus parientes les pidió prestada por una semana que se cumple al día siguiente pero lo malo, es que ese pariente no vive en la ciudad, por lo que la alternativa es dejar todo como está, hecho un desastre, vigilándolo para que no se haga más grande. ¿Mandar a alguien con los vecinos a pedir prestada una? ¡Ni pensarlo! ¿Para que todo el mundo se entere de que no somos capaces de encontrar una solución adecuada? Además, ni tu mujer sabe de herramientas como para pedir una, ni tus hijos podrían porque están muy chiquitos.

¿A quién recurrir entonces? El manual del macho mexicano (si existiera), dice que hombre que se precie de serlo, saldrá por sí mismo de cualquier problema que se le presente, con los mejores resultados posibles; las úlceras gástricas son lo de menos, la hipertensión no es más que una simple molestia y los infartos son el pan de cada día, así que una pequeña traba no va a detenernos, por lo que en cuestiones de escritura sólo seremos el cierre y nosotros -nota aclaratoria: también hay machos con faldas-; los días y las noches que estuvimos devanándonos los sesos para encontrar a los personajes idóneos, los lugares adecuados, las situaciones reveladoras y todos los detalles escabrosos, estarían a un paso de volverse nada si no encontramos el final de nuestra historia y no hablo de cualquier término con la palabra fin, sino de la culminación que provocará que los lectores quieran más.

También está la sensación de apego a lo que se produce, la cual resulta muy complicado de desligar de nuestro sistema por lo cual, supongo, se vuelve muy difícil terminar lo que se empezó, una especie de sentimiento de no querer que los hijos crezcan; las separaciones son dolorosas y cuando se trata de cosas salidas de uno mismo, el trabajo mental tiene un poco de luto, sin embargo, dejarlas sin terminar tampoco es digno, así que como si se tratara de ver partir a un hijo, hay que procurar que nuestros escritos salgan a defenderse solos, porque como nos decían en la carrera, cuando un texto es publicado, ya no le pertenece al autor sino a cada lector que se toma el tiempo de echarle un vistazo. Lo anterior es lógico porque no va a estar el escritor explicando a cada uno lo que éste no entendió de la obra, ni siquiera se puede pensar en una conferencia masiva, las preguntas serían muchas.

Cerrar es concluir de todos modos, en un instante, de un jalón con aquello que iniciamos con cierta ilusión, no importa si el escrito es corto o largo, la micro despedida funciona igual en cualquier época del año, el desapego sirve por temporadas pero la necesidad de sentir que un escrito nos pertenece, vuelve con una cadencia como si se tratara del primer bailable de un hijo en el kinder y eso de que el texto, una vez que es publicado, debe defenderse solo, debe ayudar a forjar nuestra templanza como creadores. Lo mejor es tratar de ubicar que la idea de lo que escribimos se queda con nosotros aunque el texto se vaya por diferentes rumbos y, aunque los motivos para escribir sean muchos, debe ser sólo uno el que nos lleve a terminas cada texto y es el tener la oportunidad de iniciar otro. Porque la razón de ser escritor es escribir, no acumular escritos. Salud.

Beto

martes, 17 de diciembre de 2024

Un minuto antes

¿Y después? Foto: BAER

Irapuato, Gto. La idea ha cruzado varias veces por nuestra cabeza y estamos frente al cuaderno, la máquina de escribir, el ordenador, la tableta, el teléfono, la pluma o lo que sea que usemos para escribir, la idea que había dado vueltas en nuestras mentes se sostiene como un paracaidista antes de saltar del avión con la salvedad de que el salto que vamos a presenciar, deben estrellarse en una hoja de papel o en una pantalla sin desparramamientos inconexos; los dedos parecen briosos corceles lanzando coces en el arrancadero y algo parecido a la ansiedad se agolpa en nuestro pecho, tanto que ya quisiéramos que todo estuviera escrito, pero no, el proceso exige paciencia para que las palabras puedan salir en orden y una por una. La antesala comienza a subir la temperatura y hasta hay tiempo para preguntarnos si lo que estamos a punto de redactar será bueno o sólo un montón de oraciones que todos verían como algo ya hecho en todas las etapas de la humanidad.

Sin embargo, hay un asidero al que podemos aferrarnos y es que, a pesar de que todos los temas ya hayan sido abordados en algún momento, nadie en el mundo los ha visto de la misma manera ni desde la misma perspectiva que nosotros; habrá coincidencias, por supuesto, por cuestiones culturales pero las diferencias se establecen por la educación que recibimos y las maneras en que hayamos entendido las teorías en la escuela o en la calle; podemos empezar en cómo entendemos la existencia en general, nada para hacer un tratado sobre ello, todo con razonamientos simples. De la misma manera, cómo entendemos nuestra existencia personal y ya encarrerados, si eso que pensamos lo vemos reflejado en alguien más que no necesariamente sea pariente... o real. Alguien con ese esquema de vida ¿qué tipo de aventuras puede pasar? Ahí estaremos perfilando a un personaje.

Quizá todavía no sea del todo publicable, pero será un muy buen paso para volverlo así o para perfilar otros que lo sean; conforme pase el tiempo y la tenacidad se mantenga, las historias mejorarán al punto de que se volverá una necesidad el ser leído, además de sentir que todo será bajo las propias reglas ¡el opio del escritor! Como sea, los segundos previos a plasmar palabras en una hoja en blanco hacen que nos preguntemos un montón de cosas, a veces inconexas, otras tantas relacionadas con eventos del pasado; las evocaciones pueden ser útiles en tanto no nos expongan sin razón, mucho menos a las personas que nos importan. Parece mentira que tantos pensamientos crucen por nuestra mente en sólo sesenta segundos, posiblemente una muestra de la relatividad del tiempo o quizá el equivalente de escritorio del pánico escénico en un atril.

Los sesenta segundos antes de herir a la hoja con el filo de la pluma sirven también para acomodar los cuadernos, afilar los lápices, ordenar los apuntes y los señaladores y la atención se centra en cómo empezará la primera oración; nada para angustiarse pero sí para ponerse a pensar, una vez terminado el texto, cómo será la rutina al día siguiente. Es posible que lleguemos a angustiarnos un poco por lo que pudiéramos olvidar el próximo mes y no tener tema para escribir; lo que significa el minuto anterior a la escritura, estará impregnado de aquello que queremos que los demás sepan del entorno, de los nuestros o de nosotros, de cómo los vemos y ellos los pueden ver. Ese instante, preludio de la composición literaria podría ser visto como la antesala de una cita encarecidamente esperada, los nervios se manifiestan de la misma manera, pero al escribir se quedan con nosotros. Salud.

Beto

martes, 10 de diciembre de 2024

La belleza en los ojos

Hay gusto que causan disgustos. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Alguna ocasión escuché que la belleza no era algo estático, que se transformaba conforme íbamos creciendo, lo cual me pareció ridículo pues, si nos fijamos bien, las pinturas, las esculturas y las construcciones consideradas bellas no cambiaban ni su estructura, ni su valor, además en ese preciso momento, estaba observando el rostro de alguien sumamente atractiva que, para mi sensibilidad adolescente (sarcasmo), suponía que sería eterna. Lo mismo pasaba cuando descubría un paraje o coincidía con una máquina o veía un espectáculo, pero todos cambiaban, quizá mantenían intacta su esencia, pero lo que en un inicio había llamado mi atención, habría desaparecido después; a lo que tuve que enfrentarme fue a mi tendencia de mantener las cosas inamovibles y era claro que el mundo no estaba interesado en dejar las cosas a mi entero gusto; posiblemente era hora de entender e interiorizar lo que teóricamente había racionalizado.

Por una parte, es cierto lo que afirmé al principio, las obras de arte no cambian, lo que se transforma es la manera de mirarlas o de percibirlas con los demás sentidos; si nos imaginamos una de cada una (según sus gustos muy particulares) quizá descubramos que ha pasado un proceso indirecto por el cual o ya no nos gustan como antes y dejaron de ser nuestros favoritos o adquirieron un valor teórico por lo que tuvimos un resultado semejante. Yo podría pensar en la icónica fotografía del Che Guevara, la que en mis veintes me parecía un logro estético y de diseño que se alejaba de manera abismal de todo lo que hasta ese momento conocía y llevaba poco más o menos siete años de pensar así; mis primeros escarceos con las teorías marxistas y la ideología de izquierda vinieron primero a darle a esa imagen un valor adicional y después, a cuestionar su exagerada comercialización.

Hay que estar preparados para la belleza, esto es, haber aprendido a diferenciarla de aquello que sólo es impresionante, por así decirlo, sería como saber la diferencia (mediante el gusto) entre Odisea del espacio 2001 y la saga completa de Viernes 13; ambas pueden gustarnos, pero sólo una nos dejará algo en qué pensar. El aprender qué es bello nos conduce por varios derroteros que, si me lo permiten, yo ubicaría en tres pasos; el primero tiene que ver con la naturaleza, ya que ésta en la mayoría de sus manifestaciones es tan bella como sorprendente y, a veces, aterradora, así que la producción humana que la imite, tiene un paso ganado para considerarse bella. Un segundo estadio se referirá a la armonía, lo cual significa que sus proporciones están equilibras y un tercer punto sería la evocación o sea, que nos haga sentir algo bueno, pero claro, todo tiene que ver con la percepción personal.

La mayoría de nosotros no somos capaces de ver lo que no tenemos como valioso, esto es quizá un eufemismo para decir que no ponemos atención en lo que no nos importa, lo que es entendible puesto que observamos según nos hayamos educado y las referencias académicas que hayamos cultivado, entendemos la belleza sin dudarlo, pero hay diversas maneras, algunas por conveniencia, otras por afinidad y las otras, por una que otra perversión menor. Otra forma coloquial de decirlo es «en gustos se rompen géneros» y podríamos redundar con más expresiones, pero lo realmente importante es entender que, a pesar de la relativización de la mayor parte de los contenidos, el que a muchos les guste la música actual, el expresionismo, el pollo frito empanizado del Coronel Sanders y las hamburguesas del payaso, no significa que siquiera sean buenos. Salud.

Beto

martes, 3 de diciembre de 2024

Sí hay diferencias

«Pintar los sentimientos» Autor desconocido
incluso en su casa. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Así como acomodamos nuestras escalas de valores (y varios cambiándolas), así también acomodamos nuestros gustos, según la época , las relaciones o el acceso que tengamos los espectáculos después de haber pasado todo un proceso de educación en el arte o eso debería ser en teoría. La práctica es otra cosa, a diario somos bombardeados por información de toda índole, principalmente de noticias (generalmente malas) y de supuesto contenido artístico (algunas veces peores); lo que más vemos y escuchamos se refiere al teatro o la actuación en general y a la música, ésta con una penetración mayor debido a que su naturaleza le permite estar presente en nuestras casas casi todo el tiempo y desde hace mucho, nos parece natural llamar a cualquiera que lance dos notas al aire como «artista», pero las circunstancias que involucran sus trabajos, distan mucho de apegarse a la definición académica de lo que es el arte.

Claro está, no hay una única definición pero la que dice que una obra debe presentar equilibrio entre el fondo y la forma es la que más me hace sentido dado que, como dirían en la antigua Grecia, el equilibrio es la base de la belleza la cual, es el objetivo de todo arte; no haré uso de mi ejemplo favorito aunque me cosquillean las manos, pero Andy Warhol está reservado para ocasiones especiales. Me declararé culpable de no haber buscado otros exponentes, seguidores, copistas de la obra de ese señor, porque la verdad nunca me pareció una expresión digna de una admiración más allá de considerarlos buenos diseños, es decir, la forma era muy llamativa y hasta bonita pero nada hay en la parte del contenido, en otras palabras, no tienen una historia que contar. Lo anterior no es tan malo si consideramos que la principal facultad que necesitamos para apreciar el arte es nuestro sentido del gusto.

Ahora bien, ¿qué nos gusta y sabemos definir el porqué nos gusta? Si se trata de comida, sólo debemos seguir las rutas de los sabores: salado, dulce, picante, amargo, ácido y mientras unos alimentos nos producen placer instantáneo, otros atacan nuestros receptores del dolor, porque eso es lo que produce el chile; ¿acaso somos masoquistas o creemos que con el picor estamos expiando nuestros pecados? Vaya usted a saber, el caso es que cada uno tendrá sus razones a ese nivel, pero sabemos que un platillo está rozando los niveles del arte, cuando la forma en la que es presentado agrada también a nuestra vista y algunos de ellos logran hacernos evocar algo de nuestro pasado lo cual, por mínimo que parezca, añadirá otro nivel de percepción a lo que estamos llevándonos a la boca y, quién sabe, el apreciarlo de esa manera quizá esté arrancándole una sonrisa a alguien que ya partió de este mundo.

El arte en estos tiempos no lo es en sí mismo hasta que alguien con poder decide que lo es; por desgracia, la afirmación anterior se basa en la suposición de que una de dos, ese alguien con poder tiene muy mal gusto o supone que somos nosotros los que no tenemos naciones de apreciación artística, de cualquier forma, el resultado es el mismo, tenemos que fletarnos música estridente con voces deplorables, pinturas que apuntan a la exclusividad supuestamente simbólica pero que sólo son manchas sin sentido evidente, esculturas que parecen sacadas de las pesadillas de Lovecraft, bailes que cada vez se alejan de la danza, películas basadas en historias de diván, edificios que sólo pueden pagar los que tienen dinero y libros que deben pelear un sitio porque supuestamente, nadie lee. Los valores artísticos se han confundido con la comodidad y el ornato de baja producción intelectual. Salud.

Beto

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...