martes, 29 de octubre de 2024

Las lecturas complementarias

Hay compañías que exigen más compañías.
Foto: BAER

Irapuato, Gto. La manera más sencilla de realizar esta categorización sería una especie de campo cartesiano donde pondríamos en el eje de las equis a los medios de difusión y en el de las yes, los géneros a considerar; la fama o la crítica positiva pueden darnos un buen parámetro, sin embargo, el gusto personal es el que debe predominar para encontrar las líneas directrices por tema, por características de los personajes, de la ubicación geográfica o cualquier otro tópico que nos pareciera interesante. Tomando en cuenta que no sólo estamos hablando de libros, los medios electrónicos jugarán un papel importante para tener una visión global de cualquier fenómeno; eso es importante porque la inspiración hay que informarla. El tiempo invertido en cada medio a considerar, aportará cierta lógica para saber qué cantidad y calidad de información va a obtenerse de cada uno de ellos, ya sea por la confiabilidad o por la extensión de sus textos.

Es relativamente sencillo ahora, con la llegada y democratización de la red, el poder hacernos de los servicios de un «combo» de información, pues la inmediatez en la que ha venido funcionando permite un esfuerzo menor que el que se hacía décadas atrás; si somos asiduos consumidores de textos en pantalla, videos o audios (y la vista aún lo permite) bien podemos localizar diarios en línea, resúmenes noticiosos en servidores como You Tube o los llamados pod casts, con los cuales estar al día con lo acontecido en nuestra localidad y el mundo, pero lo más interesante es que lo mismo podemos hacer con otros temas de interés; en el caso de la literatura es factible, además de libros, podríamos averiguar sobre reseñas de los mismos, cómo es que se fabrican, pistas para convertirnos en escritores, artículos para hacer de la experiencia algo más placentero, con el fin de tener todo un sistema global sobre el tema.

En investigación, la imagen de la lectura complementaria queda clara, para una práctica literaria, pareciera raro el tratar de enlazar y complementar historias entre sí porque se supone que son independientes, pero como ya lo dijeron en su momento Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, los escritores latinoamericanos están realizando una sola gran historia, así que tratarlas como complementos no suena tan descabellado. En algunas obras, los enlaces se darán de manera natural, en otras tantas se requerirá el uso alternativo de la imaginación, lo que significa que la responsabilidad de la interpretación es totalmente del lector lo cual no es malo, por el contrario, significa la libertad total para recrear las historias en función de sí mismas y entre ellas, lo que nos convierte a los lectores en escritores en potencia con todas las ventajas que esto significa ya que, de alguna manera, todos tenemos algo que decir.

Sería interesante averiguar si hay alguna conexión entre La región más transparente y Los trabajos de la ballena, Las batallas en el desierto y Persona normal o Pedro Páramo y Arráncame la vida; la tarea no es fácil pero sí lo suficientemente interesante como para poner a prueba nuestras capacidades de análisis y deducción; es posible entender que la atención que se debe aplicar es un poco más específica que la que aplicamos en la lectura lúdica aunque hay algo de ludicidad policiaca cuando se intenta atar cabos sueltos. Si en el universo físico algunos cuerpos estelares coinciden en sus órbitas, con más razón en el universo literario donde las impresiones y el conocimiento conforman sabidurías semejantes que, tarde o temprano, colisionarán dando por resultado una nueva narrativa. En la intimidad, en el espacio dedicado a la lectura, un libro nos lleva de la mano hacia una historia y hacia otro libro. Salud.

Beto

martes, 22 de octubre de 2024

Las características esenciales

Las coincidencias pueden no ser atractivas
hasta que se prueba lo contrario. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Hay rasgos en personas y objetos que son imprescindibles para poder describirlos con la precisión debida, un escrito carente de una descripción puntual de ellos así como de los lugares donde van a desarrollarse las acciones, presentará huecos que al lector le será difícil de llenar por lo cual, la comprensión del relato quedará trunca. Por muchas similitudes que tengan entre sí los bosques, los océanos o los desiertos, hay la necesidad de encontrar detalles que los saque de la posible monotonía que los haría perder lectores, así que lo mejor es hablar de los espacios que mejor se conocen, lo mismo aplica para las personas (de una manera peculiar) y las cosas, pues aunque los refrigeradores estén hechos en serie, lo que los distingue es lo que contienen en su interior y cómo está acomodado; la comida y la basura dicen mucho del carácter y el comportamiento de una persona.

En los comportamientos encontramos cicatrices como en la piel de un veterano de guerra o un campesino que se ha expuesto al sol toda su vida lidiando con maquinaria pesada y animales de arrastre, cada actitud o reacción ante lo que sucede en la vida cotidiana, es un pequeño resumen de cómo hemos percibido la existencia desde nuestro primigenio uso de conciencia; la concordancia entre palabra y gesto nos da pista de qué tan conforme está un individuo con su realidad y si eso lo trasladamos a un personaje que estemos perfilando, seguramente tendremos un buen marco de referencia para que el resultado sea interesante, con matices que lo acerquen a una circunstancia creíble. Incluso en los relatos fantásticos hay rasgos de realidad, ya que se apuesta a los valores identificables por casi toda la población, aquellos que exaltan esas características que nos hacen únicos o que solemos presumir a la menor provocación ante propios y extraños.

En la observación de los seres vivos es casi automático el tratar de distinguir entre sí a los miembros de un grupo, así se trate de cebras; tamaños, formas de los ojos, colores en los pelajes, abundancia de los mismos, etc., todo aquello que nos permita dramatizar nuestros relatos, ya sea enfatizando con ellos el carácter, los valores o los ideales que podemos transformar en arrojo, prudencia o cualquier actitud que nos lleve a la solución de cualquier problema por parte del protagonista de nuestra historia. Hagamos un ejercicio mental, imaginen a dos personas una masculina y la otra femenina, la primera mide 1.52 m, es regordeta y viste generalmente de traje, se peina de raya en medio y su cabello negro brilla por la buena cantidad de vaselina que usa, un incipiente bigote divide su redonda cara en dos acentuando su lánguida mirada que contrasta con la eterna sonrisa con la que suele saludar a todos.

La mujer, por su parte, mantiene una expresión de arrobamiento como si se encontrara en un eterno modo de contemplación su larga cabellera lacia le da un marco misterioso a su 1.75 m y esa especie de coquetería indiferente con la que mantiene a raya a su marido, sin mencionar el largo y entallado vestido negro que siempre porta. ¿Ya los ubicaron? Si es así, les doy diez segundos para que reconsideren su respuesta; listo, si pensaron en Homero y Morticia Adams, les diré que no, en realidad se trata de Natasha y Boris Malosnov, personajes de la serie animada Rocky y Bullwinkle, el parecido puede ser extraño sólo si pensamos que toda creación de personajes es original, lo cual no es del todo cierto, cada creador se toma licencias que seguramente coincidirán con las que se toman otros ya que la mayoría está expuesto a la misma información y si sirve de consuelo, hay un patrón en la literatura de rasgos que definen a los personajes. Salud.

Beto

martes, 15 de octubre de 2024

La expresión rige el comportamiento

Lenguajes limitados exigen
mayor esfuerzo expresivo. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Si alguna vez escucharon que la palabra crea compromiso, se habrán dado cuenta que eso aplica desde cualquier campo del conocimiento y no se trata sólo de las «deudas de honor» ni de las promesas cumplidas o no, sino de la manera en que usamos las palabras porque el conocerlas nos obliga a utilizarlas; pero el fenómeno se da al contrario en este país, parece que no buscamos la simplificación de la expresión (que es lo deseable) sino el abaratamiento de la misma. Desde que decidimos que era plausible el usar un solo verbo para todo, hemos ido deteriorando por la baja frecuencia de su uso, palabras clave para ampliar nuestro conocimiento, porque aunque parezca poco creíble, el poder nombrar a un sujeto o a una acción de diferentes formas, nos permite ser más específicos con nuestras intenciones sin menoscabo de la significación, por lo que cuando escucho que algún término es tratado de «arcaísmo», lo primero que me pregunto es ¿por qué dejo de usarse?

La respuesta rápida es la ignorancia, pero la responsabilidad es de quien concientemente deja de usarlas por la razón que sea, la primera que se me viene a la cabeza es el cambio temporal de contenido social, lo que tiene que ver con materiales, crecimiento urbano, tecnologización, cambios en la moda y todo aquello que requiera ser bautizado o renombrado y así como la vida cotidiana apunta a la simplificación, también los esfuerzos al tratar de cumplir con las tareas y una parte del origen está en los lenguajes que usamos; si las palabras dirigen el aprendizaje por la amplitud del conocimiento que proporcionan, por supuesto que se manifestarán en el comportamiento que manifestamos a diario en cualquier lugar, algunas veces el argumentar que por a«utenticidad» nos comportamos de la misma manera en todos lados, sólo es un intento por ocultar una capacidad limitada de identificar los espacios.

Esa identificación puede ser adecuada en la medida en que conocemos las palabras y los significados de las mismas que los califican; las palabras se arraigan en la mente como garrapatas en la piel, una vez que nombramos algo, nada hay que haga que lo llamemos de otra manera. Argumentarán que cuando aprendemos un nuevo idioma es justo lo que hacemos, sin embargo, lo que realizamos es encontrar equivalencias a lo que ya conocemos pero hay un caso hipotético que ayudaría a entender el arraigo al que hago referencia. Imaginen que nacieron con un defecto visual que les hace ver dos de los colores del espectro al revés, es decir, que vieran el rojo como verde y el verde como rojo, no que cambien sólo los nombres, ven los colores como los vemos todos, pero reciben la refracción de la luz al contrario de los demás, ¿creen que tendrían algún problema?

Ni siquiera podríamos pensar en un progreso visual pues lo que vemos, tiene un grado de acto de fe, ¿cómo sabemos que los colores que percibimos, los demás los ven de la misma manera? Coincidimos es que uno es azul, que otro es amarillo y aquel es magenta pero, ¿realmente los vemos igual? Digamos que sí para no meternos en líos ya que no contamos con los aparatos que comprobarían esas dudas; pasa algo semejante, aunque más manejable porque no lidiamos con espectros, sino con entonaciones (en el caso de la expresión oral) y gramática (en la expresión escrita) que para nuestros sentidos resultan más tangibles. En un último esfuerzo mental (por hoy), me tomaré la libertad de preguntarles, ¿quiénes creen que tengan más dificultad para socializar, los ciegos o los sordo-mudos? Piensen en quiénes son más expresivos con sus rostros y eso nos dará pista sobre el esfuerzo que deben hacer para comunicarse. Salud.

Beto

martes, 8 de octubre de 2024

El discurso literario

Quien promueve la lectura es porque ya
ha transitado por esos caminos. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Si están pensando que son palabras llenas de florituras y mensajes muy elevados, están lejos de la realidad, no es que no existan, los hay a pasto pero creo que un escrito simple también puede tener una importante carga literaria, es más, aquel escrito cuya simpleza no sea obstáculo para poder sentir lo plasmado en la hoja, tiene mucho más valor literario que aquel que esté muy rebuscado. Pos supuesto no implico que todos los escritos deben ser simples, ya que hay obras maestras que retan nuestro conocimiento, pero se trata de no esconder la falta de talento. Aunque no soy muy afecto a los poemas, puedo distinguir entre uno bueno y otro que tenga posibilidades de serlo; no creo que haya malos poemas pues quienes se avientan a escribirlos, tienen una imaginación muy activa y preparada para resumir al máximo lo que a los prosistas nos tomaría más de una cuartilla describir y proponer.

Y hablando de cuartillas, viene a mi mente el recuerdo de cuando estaba en la universidad, las tareas de un maestro ya mencionado en estos espacios; éstas consistían en leer un libro y hacer un comentario de él a manera de examen mensual, el único requisito era que debíamos realizarlo en una cuartilla, ni más ni menos. Al principio nos pareció una misión imposible pues, ¿cómo íbamos a «meter» todo lo que nos sugiriera la obra entera? Debía estar loco, si quería nuestro trabajo, tenía que darnos más espacio para trabajar, al menos dos. La protesta pudo trascender si no es porque nos dimos cuenta que al pedirnos el trabajo, sí teníamos que leer todo el libro, pero sólo escribir sobre un aspecto específico que nos hubiera llamado la atención y, honradamente, qué bueno que era así pues en lo que a mí respecta, significó un ejercicio de humildad ya que fue la primera vez que descubrí «la hoja en blanco» pues poco y nada se me ocurría.

Escribir historias es algo muy cercano a la creación divina, las vidas de los personajes están en manos de una voluntad que puede mostrarse de acuerdo a las restricciones que ella misma se imponga, quizá disemine entre ellos sus miedos, sus fortalezas, sus ambiciones y, muy probablemente, todo aquello de lo que no se sienta capaz de hacer, sublime o perverso, con la ventaja de que el daño o beneficio que pudiera hacer, sería indirecto; encender pasiones es el oficio del escritor literario y del dramaturgo, pero el primero promete una intimidad más centrada en el individuo, que apela a la complicidad del lector para recrear todo, el número de veces que sea necesario en cada cabeza, algunas se quedarán ahí en su totalidad, otras sólo en partes, las demás se olvidarán como una invitación a una nueva lectura en la que el descubrimiento sea la moneda de cambio.

El discurso literario es, en resumen, la herramienta que permite a dos personas hablar entre sí mediante el diálogo entre personajes, en lugares creados y recreados por dos visiones distintas con valores semejantes aunque no necesariamente en el mismo orden, lo que permite encontrar mayor riqueza en cada lectura; el acto de leer un texto cargado de fantasía, misterio, horror o cualquier otro género literario apuesta a la libertad de interpretación y a la atención voluntaria de las tramas, muy distinta a la tergiversación de contenidos por la cual podríamos calificar erróneamente una obra y dejarla de lado por algún prejuicio. Siendo la lectura, posiblemente, el único vicio que tiene una afectación positiva, promoverla debería ser una obligación moral y los promotores ser vistos con alguna deferencia, por ejemplo Benito Taibo, Francisco Martín Moreno, Juan Miguel Zunzunegui y muchos otros. Salud.

Beto

martes, 1 de octubre de 2024

Invención de las palabras

Es como devanarse los sesos en buscar nombre
para que terminen diciéndose «wey». Foto: BAER

Irapuato, Gto. Como juego infantil puede pasar; puede ser una poderosa herramienta para la comicidad, sin embargo, en el devenir diario suele ser sólo ruido. La invención de palabras sucede a veces involuntariamente, cuando no encontramos el término correcto para definir, calificar o nombrar un objeto o situación lo que nos llevaría a equivocarnos y decir algo disparatado; muchos de los términos que usamos en la actualidad nos vienen del extranjero, principalmente de la tecnología, curiosamente no hemos sido capaces de traducirlas así que terminajos en inglés pululan en nuestros lenguajes como si nada. Tal vez sea porque aún suponemos que soltar anglicismos a destajo nos hace ver bien o por simple flojera de hallar el equivalente en español; no creo que sea una moda como lo suponíamos antaño, es algo más arraigado con lo que los lingüistas trabajarán diciendo que los idiomas son dinámicos y cambian todo el tiempo, pero...

Al igual que la población de habla inglesa, los que vivimos en el marco de una lengua española hemos supuesto que el contraer palabras es un avance, sin embargo, creo que el usar apócopes o aféresis no enriquece realmente al idioma, sólo nos hace creer que somos cariñosos con personas específicas, así usamos «má» o «pá» por mamá y papá; ¿qué decir de los anglicismos, que parecieran ponernos en un nivel superior cuando en realidad muestran un marcado desconocimiento del español y en cada caso, no hubo una revisión académica para su uso o preferir su equivalencia como vestimenta en lugar de outfit, incluso tenemos términos más exactos como «ropa de calle» para saber a cuál ropa externa (contraria a la ropa interior) nos referimos; la vida cotidiana se ve inundada de ocurrencias que nos parecen simpáticas pero que nada aportan a la riqueza del idioma, pues no se nota un cambio significativo que facilite la comprensión.

Por supuesto es gracioso escuchar a Teo González decir que «mariguanicen la legaliguana» en una de sus rutinas pero que los de a pie intentemos hacerlo por parecer graciosos con todas las palabras que se nos atraviesan, no es muy loable que digamos; en los deportes hemos escuchado términos que, como nos tocó el tiempo en que los implementaron, los escuchamos como algo natural, por ejemplo ¿de dónde viene la palabra «trallazo»? Quizá se escriba trayazo, no estoy seguro, pero por su sonido es posible que se trate de una fusión de dos palabras como trazo y rayo con el aumentativo al final o que a algún comentarista se le trabó la lengua y dijo una barbaridad que a los demás se les hizo curiosa y la usaron sin mayor revisión sobre su pertinencia, así que se quedó. Pero no cualquier ocurrencia tiene buen destino, aunque sigan usándose, pues sólo denotan una falta de conocimiento como el vocablo «óilo» que usaba Capulina en sus películas.

Ahora bien, no estoy en contra de la adopción de palabras o de su invención por cualquier medio, pero no creo en el hacerlo sin cuestionarnos el origen o el porqué de adaptarlas; las que ya estaban antes de que naciéramos no son del todo nuestra responsabilidad el erradicarlas, pero sí saber la razón de su existencia, sin embargo, a partir de que tenemos conciencia de nuestros lenguajes, sí es nuestra obligación el proteger nuestras formas de expresión, sin el afán de ser puristas, tan sólo por poder explicar la razón por la cual usamos o no ciertas palabras, el que la mayoría ignorante deje de usarlas y por ello pasen a las filas de los anacronismos, no significa que se hayan vuelto inútiles, lo único que necesitan es que se les dé la oportunidad de volver y adquirir nueva significación de acuerdo a las circunstancias actuales y así dejar de integrar anglicismos (u otros) sin ton ni son. Salud.

Beto

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...