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| Mejores que los nobiliarios, los títulos de los libros nos revisten de nobleza. Foto: BAER |
Los primeros temblores que acompañan a las primeras caricias de las tapas de un buen libro, son signos inequívocos de una muy grata adicción, es imposible resistirse a la textura, los colores, el olor a papel y tinta nuevos esperando a ser explorados. Un libro es un instrumento que envejecerá con nosotros, será una compañía permanente porque trascenderá las páginas hacia nuestra mente y nos susurrará al oído esos datos que necesitaremos en algún momento. Los libros no se almacenan, son quienes le dan la bienvenida a los visitantes exponiendo los pormenores de los dueños del lugar, algo así como una tarjeta de presentación con datos más interesantes que el mostrar nada más una dirección y un teléfono. Mediante los títulos en esos lomos, podemos ver el perfil de la persona con la que vamos a tratar.
La verdad, no conozco a muchas personas que en su vida cotidiana hablen sobre los contenidos de los libros, a menos que se encuentren en circunstancias especiales como en una conferencia, un programa de televisión o de radio o en una clase; sin embargo, los hay (contados) que su mundo, enriquecido por las historias narradas por otros ofrecen una apertura más allá de las páginas que ya hayan leído y entienden muy bien que su papel no es hacernos un resumen de esas novelas o cuentos sino que saben que es más valiosa su experiencia de lectura porque, leer eso que ellos ya leyeron, podemos hacerlo perfectamente por nuestra cuenta. Es ese respeto el que hace a un adicto a las letras, atractivo para tenerlo cerca en las ocasiones en las que necesitamos compañía.
Los lectores tienen fama de introvertidos y lo achacamos a que todo el tiempo están pensando en las cosas que se encontraron en las múltiples páginas que prefirieron leer en lugar de salir con amigos y, aunque esta versión es lógica, no es la correcta, lo que realmente hacen las lecturas es conectar los pensamientos actuales con las referencias que sacan a la luz y con ello crear nuevos conocimientos; esto que afirmo de manera tan simple no es difícil pero requiere de cierto entrenamiento que se hace racionalmente preguntándonos «¿esto qué me recuerda?», las demás cuestiones saldrán de cada uno y de las circunstancias en las que creamos estar. Encontrar la propia fórmula nos garantiza mantener la atención en la siguiente lectura... y la que sigue. Salud.
Beto

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