martes, 28 de febrero de 2023

La familia Grande 113a. entrega

“Eso que escuchó, fueron mis hombres reduciendo
a los suyos”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- “La tendrá, por lo pronto, espera a que llegue mi emisario, seguramente se llevará una sorpresa”. El sonido de corte de llamada dio por concluida la conversación, sólo quedaba saber por cuánto tiempo lo mantendrían así. No muy convencido, decidió esperar a que todo siguiera su curso y tomar decisiones en cuanto concluyera; unos minutos después, regresó el escolta que había enviado a seguir al repartidor. “Lo siento señor, lo perdí. Una camioneta estaba esperándolo en la esquina y no pude ver la matrícula”, dijo agitado. “No importa ya, ahora debemos enfocarnos en cómo me van a librar de esta maldita silla”, sus palabras se acentuaron por el apretón de mandíbula que dio al pronunciarlas. Las horas pasaron muy lentamente y esa oficina en el fondo del pasillo, parecía haber sido aislada.

Se dieron las cinco de la tarde y el edificio entero quedó en silencio, tanto que se podían escuchar los ruidos de la calle colándose por las ventanas, las voces de transeúntes, silbatos de agentes de tránsito, rugidos de motores hicieron del recinto su nuevo espacio para mezclarse en una sinfonía de notas citadinas que no parecían querer desaparecer con la luz vespertina. De pronto, una figura menuda se hizo presente en el marco de la puerta, tanto los escoltas como el magnate se pusieron alertas y la tensión no cejó hasta que el silencio fue roto por las palabras que ese personaje emitió a manera de sugerencia que ninguno podía rechazar. “Supongo que esperaba una entrada más espectacular; lamento que esto sea lo único que tenga para usted”.

“Se equivoca, ya suponía que se trataba de usted, sólo me preguntaba qué habrían hecho con mi encargo”. “Es curioso que no haya dicho ‘mi hijo’, lo que me alegra puesto que eso confirma mis sospechas”. “¿Cuáles? ¿Que sé y que siempre he sabido que no lo es? Era muy sencillo adivinarlo, matemáticas simples”. “Ya veo; si de algo sirve, le diré que ‘su encargo’ goza de excelente salud y el tiempo que hemos compartido, lo aprovechamos para conocernos bien”. El diálogo entre los dos hombres distaba de ser lo tranquilo que aparentaba, detrás de cada oración, estaba la intención de medir las fuerzas de cada uno. “No se moleste en hacerles señales a estos caballeros, vengo desarmado y, por supuesto, no traigo conmigo el detonador de la bomba en su silla”.

“Entonces, si no cumplió con el trabajo y no trae el detonador consigo, ¿a qué demonios vino?” “No creo que sea algo que quiera discutir delante de los señores, permítame sugerirle que les pida que salgan, así podremos discutir los términos de su rendición sin que esto le cause más vergüenza”. Corcuera miró fijamente a Efraín por unos segundos para después, levantando la mano derecha, ordenarle a sus hombres que salieran; tuvo que reiterar la señal al ver que éstos titubeaban. “Bien, ya estamos solos, ahora termine de una vez esta charada”. Un sonido seco se escuchó en el pasillo, Corcuera no pudo evitar un gesto de extrañeza. “No se alarme, eso que escuchó, fueron mis hombres reduciendo a los suyos. Debía tomar precauciones”. Continuará.

Beto

martes, 21 de febrero de 2023

La familia Grande 112a. entrega

“Creo que lo menos que merezco, es una explicación”.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Cerró los ojos y respiró fuerte, como queriendo sacar algo que estuviera incrustado en su pecho, por su mente pasaron varios escenarios posibles y los culpables supuestos de que estuviera en tan estúpida situación. Estaba claro que lo que menos querían era jugar, pues si se habían tomado tantas molestias para llegar hasta él, entonces se trataba de alguien con los recursos suficientes como para no ser detectado tan fácilmente; le bastó repasar lo que había hecho en las últimas semanas para darse cuenta de que había sido víctima de sus propios planes. Ninguno de sus adversarios tenía los medios ni la imaginación para llevara a cabo un plan tan elaborado, si ellos hubieran querido deshacerse de él, lo hubieran mandado matar y ya, sin tomarse la molestia de dramatizar la situación, justo como él mismo lo hubiera hecho.

“Señor, un mensajero desea verlo”, advirtió la voz de su secretaria por el altavoz. Su regordeta mano golpeó con desesperación el botón de enlace y conteniendo un grito con los dientes apretados, le indicó que lo dejara pasar; sus guardias se hicieron a un lado haciendo una especie de corredor para el muchacho que tímidamente caminó hasta el escritorio portando una caja de una conocida pizzería. Sin decir palabra, la colocó frente al magnate y de inmediato dio media vuelta y salió de prisa; Corcuera hizo una señal a uno de sus escoltas para que lo siguiera, orden que éste no dudó en cumplir. Mientras tanto, otro de ellos se adelantó a inspeccionar el paquete por si contenía algún elemento o artefacto que fuera riesgoso para los presentes, cuando concluyó, se dispuso a abrir la tapa para ver el interior.

El olor de la masa horneada con peperoni y queso inundó de inmediato la oficina, lentamente fue descubriéndose el contenido bajo las miradas expectantes de los hombres. Justo en el medio, un teléfono móvil comenzó a sonar, el primer impulso de los guardias fue guarecerse detrás de los sillones, pero se contuvieron al ver la mirada de desaprobación de su jefe. Quien se mantuvo en su lugar, tocó el botón de respuesta y lo puso en altavoz. “Es bueno saber que puede seguir instrucciones; desde este momento, las cosas serán más fáciles”, le dijo la voz ya conocida. “Me parece que no ha comprendido con quién se está metiendo. En cuanto salga de aquí...”. “¿Quién le dijo que saldrá? ¿Acaso yo he dado esa instrucción? No se engañe. Lo tengo en mis manos”.

El empresario no daba crédito a lo que estaba escuchando, nadie en toda su vida se había atrevido siquiera a sostenerle la mirada y ahora ese imbécil lo tenía materialmente maniatado, aunque desconocido a medias. Era cierto que no se había tomado la molestia de saber de él de propia boca, pues todas sus investigaciones le habían dado la clave para tratar con sujetos así; la situación era ni más ni menos, su sello característico. “¿Puedo saber desde cuándo decidió dejar de trabajar para mí?” “Mantengámonos claros, señor Corcuera. Yo no trabajo para usted, sólo firmamos un contrato de prestación de un servicio”. “Como quiera llamarlo, pero a todas vistas, debió cumplirlo según lo estipulado en él y, según veo, ha hecho lo contrario. Creo que lo menos que merezco es una explicación”. Continuará.

Beto

martes, 14 de febrero de 2023

La familia Grande 111a. entrega

“Se quedó inmóvil, con las manos entrelazadas”.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Una pequeña luz roja parpadeaba sobre un cubo metálico al que envolvían varios cables de colores, el guarda se aflojó nervioso la corbata negra, recorrió a gatas el espacio libre entre la silla y el librero que don Emilio Corcuera tenía a sus espaldas y se incorporó en seguida. “Lo siento señor, me es imposible desconectarla sin provocar el estallido. Es un trabajo a nivel militar”, dijo una vez que se había asegurado de lo que vio en el asiento. “Pero si los contraté precisamente porque ustedes tienen el entrenamiento, no me salgas ahora con que no saben de bombas”. “Precisamente porque lo sé, le digo que es imposible desconectarla con lo que tenemos a la mano”. “Pues consigue lo que sea necesario pero ya, quítame de aquí”. “Tendríamos que solicitar herramientas al alto mando de la zona...”

El titubeo de su guardia terminó por exasperarlo, cerró ambos puños y golpeó el escritorio lanzando un aullido de rabia; recordó cómo un mes antes había puesto en ridículo al subsecretario de la Defensa en una cena ofrecida a altos funcionarios en Palacio en la que, dentro de una discusión sobre los acontecimientos de Ayotzinapa el año anterior donde al parecer el coronel José Rodríguez perdió el control de la zona y tuvo que cortar de raíz un brote de inconformidad ordenando matar a seis de los cuarenta y tres normalistas desaparecidos; “En mis tiempos, los hubiera matado a todos y santo remedio”, sus palabras entonces se tomaron como una afrenta a la autoridad de la mano derecha del general Salvador Cienfuegos Zepeda, quien seguramente, también la tomó a título personal.

Ésa era una pequeña muestra de los problemas en los que podría meterse por tratar a los demás con la punta del zapato, el guardia se quedó quieto esperando instrucciones pero nada salía de la boca del empresario que rumiaba su coraje con un gesto de impotencia; antes de que dijera alguna cosa, la bocina volvió a sonar y una vez más, la voz se dirigió a él para indicarle lo que debería hacer en los siguientes minutos. “Espero que se sienta cómodo, no deseo que lo esté pasando peor de lo que es mi intención”, dijo con un toque de sarcasmo. “Sólo espero que valga la pena lo que está haciendo. Ahora dígame, qué quiere y quien es”, respondió don Emilio francamente molesto. “No nos apresuremos, sabrá eso cuando sea tiempo. Espero también que haya tomado sus precauciones y no necesite ir al baño en el corto tiempo”, continuó la voz casi riendo.

“En unos minutos llegará hasta usted uno de mis representantes, ojalá le extienda todas las cortesías posibles”, terminó la voz en el parlante. La rabia contenida en el rostro de Emilio Corcuera amenazaba por salírsele por cada poro de su piel; volvió a gritar, dio órdenes y ya que se cansó, cayó de bruces sobre el escritorio maldiciendo su suerte en un idioma extraño para sus guardias; otra vez en calma, se quedó mirando fijo en dirección de la entrada; la puerta labrada a mano con motivos neoclásicos parecía caérsele encima. Se quedó inmóvil, con las manos entrelazadas y recargadas en sus viejos muslos; parecía estar repasando una lección que debía exponer en clase al otro día. Sus guardias sólo atinaban a mirarlo atentos por si debía obedecer a otra orden de su patrón quien no movía músculo alguno. Continuará.

Beto

martes, 7 de febrero de 2023

La familia Grande 110a. entrega

“El semblante de don Emilio se ensombreció
más de lo habitual”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Sin siquiera mirar en el entorno, el empresario fue directo hacia su escritorio, colocó su gabardina en el perchero que estaba a la izquierda y se sentó en la mullida silla importada de Alemania, la única que había encontrado con un buen soporte lumbar que además era lo suficientemente elegante como para satisfacer sus exigentes gustos; un ruido metálico se percibió en cuanto se posó en su asiento, algo no estaba en su lugar en el escritorio, revisó con la mirada todo el espacio y trató de ponerse de pie para asegurarse de que no estaba en un error. “Yo no haría eso si fuera usted”, sonó una voz en la pequeña bocina del intercomunicador que lo conectaba con su secretaria. “El sonido que escuchó, es un detonador de presión que activa una bomba si decide levantarse, así que le recomiendo que no lo haga”.

Emilio hizo una seña a su escolta y éste salió de inmediato a revisar la estancia exterior. “No me creerá tan descuidado como para hablarle desde el escritorio de Fabiolita”, afirmó la misma voz. “El mismo detonador activó la cámara de video con la que puedo ver la cara de sorpresa que tiene en este momento y si se pregunta en dónde está la figura ecuestre de Napoleón que tenía en su escritorio, la tengo en mi poder, para asegurarme de que cree que lo que voy a decirle es en serio”. En el departamento de Estévan, éste y sus “nuevos escoltas” sonreían con las imágenes que les arrojaba el monitor complementadas con la profunda voz de Christopher Smith, actor de doblaje, locutor y voz oficial de Cinecanal, quien se veía sumamente divertido participando de esa charada.

“¿Cómo lograron que viniera?”, preguntó Estévan incrédulo de compartir el espacio con quien prometía convertirse en una leyenda semejante a la de su padre Kenneth. “Hemos compartido varios trabajos con él, algunos bastante entretenidos, además su voz le da cierta distinción a lo que hacemos”, contestó Saúl con algo de presunción. “Manténgase quieto, no intente llamar a la policía, nos tomamos la libertad de desconectar sus líneas incluso las de sus móviles. Si de alguna manera percibimos que intenta comunicarse con el exterior, haremos que la bomba explote”, siguió dando instrucciones el comunicador. “Espere, más tarde nos enlazaremos a su oficina vía imagen”, concluyó. El semblante de don Emilio se ensombreció más de lo habitual y comenzó a vociferar instrucciones.

“¡No te quedes allí parado, ve por los otros para que me saquen de aquí!”, el guardia dio media vuelta apurando el paso, Emilio pasó del enojo a la desesperación y de ahí, a los nervios; a su edad no debían pasarle esas cosas. No era posible que, con toda la seguridad que le rodeaba, fuera a sufrir un atentado de esas características, ¡por eso había optado por establecerse en un edificio oficial! Descolgó el auricular para comprobar que, en efecto, su teléfono estaba muerto, la pantalla de su celular indicaba lo mismo y como nunca fue partidario de las redes sociales ni de los servicios de mensajería instantánea, estaba prácticamente incomunicado. Los cinco miembros de su escolta entraron atropellándose unos a otros, uno de ellos se apresuró a revisar el asiento para saber qué tipo de artefacto amenazaba a su jefe. Continuará.

Beto

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...