martes, 12 de julio de 2022

La familia Grande 80a. entrega

“Evangelina fue muy clara con todos ellos”.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Los trataron de “amantes de judíos”, les congelaron sus cuentas bancarias y los acusaron de conspirar contra el régimen, algo que el pangermanismo hubiera condenado abiertamente, pero que en el cierre de la primara mitad del siglo veinte, se había distorsionado desde una perspectiva doctrinaria. La decisión de que Evangelina se hiciera cargo del negocio se dio de manera natural, viuda y sin hijos, podía dedicarse a él de tiempo completo porque tampoco hizo mucho por hacerse de una nueva pareja y no fue porque no tuviera oportunidades -algunas de las cuales aprovechó en su momento- sino porque varias de ellas pretendían llevársela a otros lares y los que más, atarla a una vida hogareña que francamente no le atraía en lo más mínimo.

Evangelina pudo decidir sobre los destinos de la casa como de su propia vida, allí había visto desfilar un sin fín de pretendientes de todo tipo, algunos adecuados para las ínfulas aristocráticas de sus parientes y otros no tanto. A ninguno hizo caso más allá de sus muy particulares gustos, pero siempre fue honesta con todos ellos; sólo uno se le puso “flamenco” alegando derechos de sangre azul, alcurnia o vaya usted a saber qué más, las lógicas de cada uno no concordaron en absoluto y el hombre osó entonces sustraerla de su casa a la fuerza, atrevimiento que pagó con creces durante un buen tiempo. Lo bueno de ello es que una organización sin fines de lucro que daba asistencia a personas de la tercera edad se vio beneficiada.

Pero la insistencia no quedó ahí, las peticiones, los ruegos y los reclamos amorosos se multiplicaban y aderezaban con escenas de celos dignas de las incipientes telenovelas que comenzaban a pulular, principalmente en hispanoamérica; la rebelión juvenil de los cincuenta y sesenta les pasó de largo pues no coincidió con su adolescencia, así que ni pensar en modas exóticas del amor libre en exclusividad y abiertamente, ella prefirió siempre el encanto de la discreción y el acuerdo temporal, que resultó más revolucionario que las ondas hippies. Lo importante, como ella misma sostenía, era mantenerse en una elegante distancia que mantuviera la curiosidad pero sin tentar a las pasiones abrasadoras que a nada conducían, menos para una mujer “sola”.

Los relatos que a veces confiaba a sus comensales, le ponían los pelos de punta a Saúl, que rezaba por que “su” güerita no fuera a tomarlo de la misma manera, aunque la década de los ochenta también tenía lo suyo en rebuscamientos sociales, cuyo reflejo parecía darse en lo estrambótico de la ropa y los peinados. Evangelina lo calmó diciéndole que las generaciones habían cambiado porque la suya había visto el riesgo y la educación que brindaba seguía el derrotero de la disciplina, con lo que ella no contaba es que la respuesta generacional voltearía precisamente a los devaneos de la suya, como decían las abuelas, los ochenta “abuelearon” y se volvieron consentidores, que algo de ello sabía muy bien el grupo al que pertenecía Saúl. Continuará.

Beto

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