martes, 5 de julio de 2022

La familia Grande 79a. entrega

“Soñaba con las cortes vienesas caminando
en esos pasillos”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Les contó su día y lo que había sucedido, incluso el incidente con su amiga y el vestido prestado, lamentó haber faltado a la cita con ellos pero confiaba en que pudieran comprender la situación; se alegraron de que todo le hubiera salido muy bien, lo que se imponía en ese momento era festejar con un buen pastel austriaco y un café de Jalapa. Saúl tuvo miedo de preguntar cómo fue que un kilo de café había pasado las aduanas europeas, puesto que conseguirlo legalmente por allá en esos años resultaba carísimo. La aromática infusión inundó de inmediato la estancia, que no debió significarle demasiado esfuerzo puesto que el piso que ocupaban era muy pequeño, aunque habían tenido la suerte de encontrar uno que no compartía el baño con los demás departamentos del vetusto edificio.

La casera, una mujer entrada en años pero muy lúcida, contaba que ésa era una casa de veraneo de unos parientes muy pudientes en el tiempo de Bismark cuya desgracia acaeció en el momento en que decidieron seguir ideas contrarias  al régimen que estuviera vigente, el golpe fatal lo recibieron cuando espías alemanes los sorprendieron ayudando a varios judíos que huían del nazismo; habían perdido su fortuna y, por supuesto, la casa. Después de mucho tiempo, con la apertura que los gobiernos austriacos implementaron en el país, los sobrevivientes hicieron gestiones para recuperarla, lo que les exigió una gran inversión de tiempo y dinero, pero con una idea magistral, lograron hacerse del inmueble que milagrosamente se había conservado.

La idea era ceder a las autoridades un ala de la construcción para fines culturales, dada la historia que se observaba en esos muros y los usos que había tenido durante todo ese tiempo, el Instituto de Cultura no tuvo empacho en aceptar la oferta, a cambio de permitir que la familia pudiera habitar la parte cuyo interés fuera mínimo; por supuesto no iban a meterse todos en esas paredes, menos cuando todos ya gozaban de una posición, así que decidieron convertir esa parte en un hostal a cargo de Evangelina, la dama en cuestión, teniendo a los demás como socios del negocio. No se había recuperado del todo la construcción, pero de alguna forma habían garantizado que la memoria familiar no se perdiera e, incluso, se difundiera.

Por el tiempo en que, de niña, Evangelina escuchaba las historias de lo sucedido en esa construcción, soñaba con las cortes vienesas y la aristocracia deambulando por esos pasillos iluminados en toda su extensión, con muebles que mostraban más la opulencia que la utilidad y los ventanales que le gritaban al mundo que en esa casa era factible vivir un cuento de hadas, mucho antes de darse cuenta de que todo en la vida tenía un precio y el que su familia tuvo que pagar había sido muy alto. Hasta esa fecha no comprendía cómo es que una creencia podía marcar a un ser humano para ser objeto del odio de otro, tomando en cuenta que ninguno de sus antepasados se había aprovechado de nadie, ni siquiera de aquellos a los que había ayudado. Continuará.

Beto

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