martes, 17 de mayo de 2022

La familia Grande 72a. entrega

“Unas palabras un poco rasposas lo sacaron
de su concentración”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Sí, eso haría, ¿qué podía pasar? ¿Acaso no le habían dicho que le ayudarían en lo que fuera? Claro que estaba lo del dinero, pero para cuando lo tuviera ya tendría un itinerario acorde a su austeridad. Por lo pronto Viena tendría que paliar sus ansias contenidas ya que tampoco se trataba de desperdiciar el viaje. Era el tercer día, la víspera del regreso a las actividades normales y la capital debía ser recorrida con una minuciosidad casi arqueológica pues, a pesar de vivir en ella, el programa de estudios les dejaba poco tiempo para recorridos turísticos. Su caminar los llevó justo frente al edificio del Parlamento, pensando que desde ese punto podrían decidir mejor hacia dónde dirigirse con mayor efectividad, algo en que los tres estuvieron totalmente de acuerdo.

Podían estar compartiendo estudios y cuarto pero sus gustos distaban de ser los mismos; mientras Rafael estaba interesado en el jazz, Gustavo prefería los museos. Saúl sólo escuchaba los argumentos de uno y otro mientras fantaseaba sobre encontrarse por casualidad a la rubia cantante. Dado que ese día el Parlamento permanecería cerrado, decidieron caminar cada uno por su lado e informar después a los otros lo que había visto, así no perderían tiempo y abarcarían un mayor espacio, en alguna otra ocasión, esa información les serviría para asistir a lo más llamativo que hubieran encontrado. Saúl decidió ir hacia el sur por la avenida Burgring y al dar la vuelta hacia la derecha se encontró el café Bellaria del cual había oído hablar.

La fachada blanca con filos de un dorado suave invitaba a sentarse en una de las mesitas tubulares rematadas cada una por dos sillitas de colores vivos que daban a la porción de la calle Bellariastraße que ocupaban, un aspecto minimalista; el interior tenía un ambiente clásico como de los cuarenta, quizá herencia del tiempo de la postguerra, las ventanas casi del tamaño del muro, terminaban en un arco de medio punto dejando pasar la luz suficiente para darle al lugar un tono apacible. Sin pensarlo mucho, entró al lugar, algunos meseros afanados en colocar los cubiertos para el desayuno, se pusieron de acuerdo para atenderlo, uno de ellos se aproximó amablemente: “Womit kann ich lhnen behilflich sein?”

En un segundó recordó el porqué no debía separarse de Rafael, los ojos casi se le salen de la cuenca y sólo pudo balbucear “disculpe, no hablo alemán”. “Warden Sie bitte einen moment”, respondió el muchacho y sin más se retiró. Un poco avergonzado, tomó la carta que le dejó en la mesa, pero tuvo que conformarse con ver las ilustraciones pues nada entendía de lo que estaba escrito. Si los pastelillos que aparecían en esas hojas estaban la mitad de buenos de lo que aparentaban en las fotos, seguramente sabrían a gloria. Tan ensimismado estaba en la revisión de menú que no se dio cuenta en qué momento una grácil figura se había posicionado a su lado, hasta que unas palabras un poco rasposas lo sacaron de su concentración. Continuará.

Beto

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