martes, 3 de mayo de 2022

La familia Grande 70a. entrega

“La muchacha sacó un micrófono
de quién sabe dónde”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Era curioso saber que existían sujetos que, a pesar de toda su inteligencia, sólo les importaba pasarla bien; los dos amigos en cuestión se caracterizaban por hacer todo juntos desde el momento en que se conocieron; se decía que confiaban demasiado en su suerte puesto que nunca se había sabido que no consiguieran algo que se proponían; hasta la decisión del bachillerato estuvo marcada por la irresponsabilidad de un volado, pero tenían claro que lo importante era terminar la preparatoria, lo que seguiría podrían abordarlo desde un punto más serio. Gustavo y Rafael eran sus nombres y nunca respondieron al arquetipo del niño genio, no al menos en su vida académica, siguieron los procesos como cualquier estudiante normal.

En buena parte ellos fueron los causantes de que Saúl gozara de buena fama entre quienes lo conocían, debido a la buena dirección que daba a todo lo que este dúo le proveía, pues a decir del Gato, entre genios se entendían. La estancia en Europa de esos tres peculiares personajes transcurrió siempre bajo la sospecha de que no era del todo legal, pero ni las autoridades austriacas ni las mexicanas pudieron probar nada, menos con la intervención de los “invitados” que pusieron manos a la obra para mantener el fraude sin mácula que les pudiera echar a perder la beca. Eso sí, la aprovecharon al máximo, pues tanto Gustavo como a Rafael se entusiasmaron con la idea de participar como staff en la agencia que recién formaba Saúl con Luis y el Gato.

De los recuerdos más gratos, resultado de su convivencia en el viejo continente, fue que en alguna ocasión aprovechando un fin de semana de asueto por ser fiesta nacional, decidieron recorrer en tren algunos de los poblados cercanos a la ciudad de Viena, rumbo al norte. Su primera parada fue en Stockerau donde casualmente había un concierto al aire libre de una orquesta de cámara; allí, cobijados por un conjunto de edificios del s. XVI, los músicos parecían dar serenata a una rubia de ojos tan azules como el cielo de esa tarde de octubre; sus cabellos danzaban sobre sus hombros al ritmo que el viento que empezaba a anunciar la proximidad de nubes de lluvia, les marcaba. Saúl no pudo evitar sentir que el tiempo se detenía a su alrededor.

Dio unos pasos en dirección de esa maravillosa aparición que le había quitado el aliento y, a punto de abordarla, la muchacha sacó un micrófono de quién sabe dónde y comenzó a cantar una melodía que los oídos de Saúl nunca habían percibido, debió tratarse de alguna canción tradicional austriaca pues, después de un momento, las personas congregadas la acompañaron en un coro polifónico de inicio a fin. Por un instante, la turbación de Saúl se hizo evidente hasta que los “mellizos” como los había bautizado semanas antes, lo arrastraron casi en vilo hasta uno de los extremos de la plaza. Lo único que atinó a preguntar fue si la mujer se había dado cuenta de toda la escena, a lo que Gustavo contestó que era posible que ni siquiera se hubiera percatado de su existencia. Continuará.

Beto

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...