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| “Ni los paisajes vieneses lo distrajeron de sus pensamientos”. Foto: BAER |
La razón de ello era simple, debido a la naturaleza de sus pasajes, no podían darse el lujo de perder una corrida, ya que el tren no abría esas plazas sino cada semana, lo que significaba que no habría manera de sobrevivir siete días en una ciudad distinta a la que habitaban. Saúl sintió que un hueco se abría en su interior; estaba seguro de que había encontrado la razón de su existencia y se prometió que, en la primera oportunidad que le diera el precario presupuesto de su beca, iría a buscarla. Su determinación conmovió a sus compañeros que le prometieron ayudarlo en lo posible pero que, por lo pronto, se durmiera porque saldrían muy temprano a Ottenschlag donde transbordarían a Salzburgo, ambas paradas por corto tiempo.
El destino seguía siendo Viena, aunque la aventura del recorrido fuera en un círculo en lugar de una recta; debido a que ambos poblados eran relativamente pequeños, pudieron visitar los sitios de interés en poco tiempo. Lo que más les llamó la atención del primero fue lo apacible de su ambiente, sólo tomaron un refrigerio en lo que parecía un hostal y abordaron el tren nuevamente. Salzburgo fue otra cosa; el recorrido entre la Fortaleza de Hohensalzburgo y el Palacio de Mirabell estuvo cargado de grandes sorpresas en las que contaron la casa donde nació Mozart, el Palacio de Hellbrunn, la Catedral, el Zoológico y la calle de Getreidegasse. Especularon sobre quién habitaría la residencia de la familia Mozart.
Ni el lujo de los vagones ni los paisajes en la periferia vienesa distrajeron a Saúl de sus pensamientos, sólo tenía cabeza para imaginar un reencuentro con la rubia deidad que había quedado atrás, no consideraba en esos momentos la situación en la que ella pudiera encontrarse, lo que le importaba era saciar su curiosidad, bueno, tampoco reparó en las posibles dificultades en casa que ninguno de los dos tuviera la manera de comunicarse con el otro, principalmente él, que sólo había utilizado un guten morgen de vez en cuando. Pero no lo detendrían pequeñeces como ésa, si fuera preciso, le pediría a Gustavo que fungiera como traductor ya que él parecía masticar bien el idioma teutón, así que usaría su mente en preparar un encuentro de ensueño. Continuará.
Beto

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