martes, 25 de enero de 2022

La familia Grande 56a. entrega

“Su interés por el periodismo se debía
a Elena Poniatowska”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- La amplia oficina del general García Barragán quedó en silencio, varios oficiales de alto rango se quedaron esperando instrucciones; no solía abandonar la rígida postura que lo hacía diferenciarse aunque estuviera rodeado de todo el ejército, pero en esa ocasión se permitió el codo sobre el escritorio lleno de papeles que esperaban ser signados de su puño y letra. Con pequeños círculos de su pulgar en la sien derecha, trató de ordenar sus ideas antes de dar las primeras órdenes del día. En lo más profundo de su ser, sabía que enfrentaría serias acusaciones, por un lado, la opinión pública lo señalaría como el principal responsable de los hechos de la tarde anterior, dentro del gabinete con el secretario de Gobernación, Echeverría, que seguramente ya lo habría reportado todo a Díaz Ordaz.

Pero el “pecado” mayor habría sido el haber ayudado a un civil, por encima de las instrucciones explícitas de no dejar cabos sueltos; en su fuero interno, sólo podía alegar que se trataba del hijo de uno de los principales colaboradores del presidente en materia de los que ellos llamaban “importaciones y exportaciones”, si no lo sacaba del atolladero, varias de las rutas del “negocio” se hubieran visto afectadas. Ya se escuchaban rumores de que había una agrupación que buscaba una redistribución de las áreas de influencia, plan que al suegro del secretario de Gobernación para nada complacían. Por fin levantó la mirada, “¿Terminaron de hacer la limpieza?” “Sí señor, personalmente me encargué de dar las órdenes pertinentes”. “Bien, ahora los del chisme”.

Los periodistas se arremolinaron en torno a la figura del general, su guardia personal se vio en dificultades para contener la avalancha de micrófonos y libretas que buscaban captar las primeras palabras que salieran de su boca. Una mano blanca como la nieve, sostenía con dificultad una grabadora portátil, una novedad que pocos medios se habían dado el lujo de adquirir, atrás quedarían las de carrete. Para Teresa Grande, ésa era una oportunidad de oro para ingresar en las filas del periodismo político de Excélsior  y justificar, de una vez por todas, el no haber cumplido con el esquema familiar del matrimonio estable y el hogar con hijos. A pesar de contar en ese momento con veintiún años, la presión social se dejaba sentir en forma de susurros y preguntas incómodas.

Estaba en la última etapa de la carrera de periodismo en la que debía presentar su anteproyecto de tesis, la que trataba sobre el movimiento estudiantil, aunque fuera un tema muy sensible para la UNAM; se había entrevistado en varias ocasiones con el rector Barros Sierra, con los dirigentes estudiantiles y ahora seguía los pasos del general Marcelino, lo que significó entablar amistad con un elemento del ejército para que no le impidieran el paso a las conferencias por no tener una acreditación oficial. Pero eso debía cambiar una vez que consiguiera el trabajo en el periódico. Parte de su interés por ese mundo del periodismo, se debía a la obra de una joven escritora franco-mexicana llamada Elena Poniatowska. Continuará. Salud.

Beto

martes, 18 de enero de 2022

La familia Grande 55a. entrega

“El padre de Luis los esperaba
en la puerta principal”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Tenía aún un desorden en la cabeza, no comprendía cómo era que habían salido ilesos -o al menos con vida- de esa vorágine provocada por la intolerancia; creía estar escuchando todavía, las arengas a las que se unían todas las voces congregadas en Tlatelolco. Un leve resoplo le hizo voltear hacia donde estaba sentada Isabel. Tenía los ojos abiertos con la mirada perdida y sin expresión alguna, sin reparar en sus propios dolores, se acercó a ella con la intención de hacerla reaccionar; limpió un hilillo de sangre que le cruzaba la frente, con su mano derecha sacudía al mismo tiempo el hombro de la joven que mostraba señales de haber recibido más castigo que el cachazo que él recordaba, lo que le provocó una rabia que pocas veces se permitía sentir.

Antes de que pudiera darse cuenta de la condición en la que estaba la muchacha, un automóvil se estacionó junto a la banqueta en la que se encontraban; a esa hora, la ciudad comenzaba a despertar y antes de que los primeros transeúntes se detuvieran a observar la escena, dos desconocidos los subieron al asiento trasero, acomodándolos con sumo cuidado, tapándolos con una manta; ese jueves había comenzado particularmente frío, como lamentando los acontecimientos del día anterior. Sólo unas horas más tarde, la nación se enteraría de inconsistencias en la información; la versión oficial minimizando los hechos y acusando de alarmistas y sediciosos a los que no concordaban y éstos, de ser víctimas como nación, de un gobierno asesino.

Quizá por sentirse seguro y otro tanto por los golpes recibidos, Luis se abandonó a la somnolencia que lo invadió de pronto; el vaivén del carro provocó que no pudiera mantenerse despierto por un buen rato, por lo que no se percató del tiempo ni del trayecto hacia un destino por él conocido pero al que no asistía desde que era un niño. En casa de los Grande la agitación no mermaba, con Sergio en los comandos especiales y Efraín en el bando contrario, la familia tomaba partido según la vehemencia de los argumentos de quienes tomaban turnos en una mesa que se había transformado en sala de debates, sin embargo, la sentencia final estaba siempre en boca de don Efraín: “Ustedes de verdad no entienden, ¿acaso quieren acabar con todos?”

Un gran portón de una casa en Valle de Bravo se abrió de par en par; un pequeño contingente formado por dos camilleros, dos enfermeras y un médico recibió a los tripulantes del auto que apenas unas horas había salido de la ciudad de México. El padre de Luis los esperaba en la puerta principal con la expresión más dura que cualquiera hubiera visto hasta ese día. Vigiló los movimientos para introducir a su hijo y a su acompañante y, una vez seguro de que no habría problema, se dirigió a su despacho con cierta premura. Tomó el auricular del teléfono que se encontraba en su escritorio, giró el disco marcando firmemente un número que seguramente había utilizado varias veces. “General, sí ya están aquí. Muchas gracias”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 11 de enero de 2022

La familia Grande 54a. entrega

“Por ningún motivo menciones
que me conoces”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- “¡Un momento, no! A ése déjenlo junto a la vieja”. La orden llegó justo antes de que apilaran a Luis cual fardo encima de los cuerpos que ocupaban la plancha del camión de redilas; lo aventaron a un lado sin percatarse ni importarles si se golpearía en la maniobra, lo que les apuraba era deshacerse de los cadáveres lo más pronto posible, como se les había ordenado, La frustración de uno de los soldados se evidenció en el momento en que dio vuelta para seguir en el trajín; no disponían de mucho tiempo, la plaza debía quedar limpia antes del alba. El parte del operativo se dio por radio, sólo palabras escuetas que indicaban el inicio y el final de las maniobras, sin detalles como si se hubiera tratado de algún trabajo de albañilería para retirar escombros.

Luis entreabrió los ojos, respiraba con dificultad pero pudo percibir el olor a sangre que manaba de varios cuerpos a su lado; si acaso llegaba a escuchar algún quejido, éste era callado de inmediato con un golpe como el que él había recibido momentos antes, pero si el ruido persistía, lo siguiente era un balazo con un arma que contaba con silenciador, acción que ejecutaban los “civiles” de guante blanco. No lograba entender cómo es que el ejército les rendía obediencia a unos tipos sin uniforme y, peor aún, que les permitieran hacer lo que les viniera en gana. De pronto recordó el porqué estaba en ese lugar y el alivio lo inundó al ver a Isabel, aún inconsciente pero con vida; no parecía tener golpes de cuidado, sin embargo, no sabía en qué condiciones estaba.

“Tome un carro y lléveselos. Que lo acompañe López”. Escuchó a uno de los que estaban dirigiendo las maniobras, de pronto sintió cómo lo levantaban en vilo junto con Isabel y los condujeron hacia la calle. Una vez allí, los metieron en el asiento trasero de un Ford negro, ya sin tanta violencia pero con el desprecio de un clasismo acumulado por siglos. “Sólo esto me faltaba, que me agarraran de taxi”. Gruño uno de los de guante blanco, mientras el otro se limitaba a asegurarse que el encargo estuviera bien acomodado. “Ya déjalos, pareces su pilmama, ¿a qué lugar dijeron que debíamos llevarlos?” “A la calle de Madero”. “Bien, tú manejas, esta nochecita ha estado de locos; me despiertas cuando lleguemos”. Sólo asintió con una inclinación de cabeza y se puso al volante.

Los primeros rayos del sol dieron de lleno en el rostro de quien iba conduciendo, por lo que Luis pudo distinguir a Sergio pero al momento en que estuvo a punto de abrir la boca para hablarle, éste levantó el índice derecho para indicarle que se callara y en una voz casi audible le dijo: “No nos conocemos”. Y con el mismo dedo señaló a López. Llegaron a uno de los vetustos edificios del centro de la ciudad, estacionó frente a la puerta y con mucho cuidado se apresuró a bajar a Isabel que permaneció sin sentido, después fue por Luis indicándole que sus instrucciones eran dejarlos en ese lugar para que alguien los recogiera más tarde, que nada comentara de lo sucedido y que por ningún motivo mencionara que lo conocía si llegaran a preguntarle. Dio media vuelta, subió al coche y se alejó. Continuará. Salud.

Beto

martes, 4 de enero de 2022

La familia Grande 53a. entrega

“Échalo con los demás, de todos modos
no sale de ésta”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Aguantó el dolor pero cuando un soldado los interceptó apenas saliendo del edificio, por poco se le sale un grito de pavor. “No hay paso. regresen a su casa”. la maleta casi cae de la mano de Efraín que, por un momento consideró enfrentar a golpes al miembro del ejército, pero de pronto, la voz de un superior le disuadió. “Deja a esos viejos, vente por aquí que se escapan unos”. “Lárguense, que no los vea por aquí”. Sin poder creer la suerte que habían corrido, mantuvieron su actuación por algunas cuadras hasta que el movimiento de militares había quedado atrás. Después corrieron despavoridos hasta que sus fuerzas lo permitieron. La aparente calma de la calle semidesierta y por donde habían pasado los tanques apenas hacía unos instantes, los envolvió.

Sólo la voz de un anciano los volvió en sí. “Nunca entenderán que andar de revoltosos les traerá problemas, ¡y ahora hasta de mamarrachos se visten!” Se observaron uno al otros dándose cuenta de que, por las prisas, no se habían quitado las ropas ni se deshicieron de la maleta. Rieron de nervios y de alivio al haber escapado de la masacre, que al otro día los medios minimizaron reportando tan sólo veintinueve muertos entre estudiantes y militares y ahora, lo que quedaba era esperar a que Luis e Isabel hubieran corrido con la misma suerte. El regaño que les propinó don Efraín fue monumental en cuanto pusieron un pie en la casa, la angustia y desesperación que imprimió en cada palabra dejó sin argumentos al par de jóvenes.

“Y además, ¿cómo piensan regresar esa maleta? Ni siquiera van a poder asomar las narices por un buen tiempo”. Cada vocablo parecía haber viajado por las calles de la ciudad hasta dar con los oídos de Luis que en ese mismo instante habría los ojos descubriéndose en un salón húmedo y maloliente, atado de manos en el piso donde retumbaban las botas de los soldados que se mostraban inquietos ante la presencia del que, se intuía, era su superior. Pero algo no andaba bien; una vez que se acostumbró a la poca luz y los quejidos de los que estaban a su lado le permitieron concentrarse, distinguió al que daba las órdenes y éste no llevaba uniforme, tan sólo portaba en la mano izquierda un pañuelo blanco que blandía frente a la cara del soldado que lo veía estupefacto.

Cuando terminó de aclarar sus pensamientos, de inmediato buscó a Isabel que, al parecer, era el motivo de la discusión entre los militares, porque no había duda de que el que estaba vestido de civil lo era. Las palabras altisonantes salían de todos lados y se replicaban en una especie de acto coral donde el público y los protagonistas eran los mismos. No fue sino hasta que cuatro manos lo levantaron en vilo que pudo distinguir la figura de su compañera, sentada en una silla colocada den un rincón de lo que, en ese momento se daba cuenta, era la estancia del edificio Nuevo León y de donde los militares empezaban a llenar unos camiones con los cuerpos tirados en el piso. “Éste todavía respira, sargento”. “Échalo con los demás, de todos modos, no sale es ésta”. Continuará. Salud.

Beto

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...