martes, 30 de noviembre de 2021

La familia Grande 50a. entrega

“Salió como de ultratumba, la voz del Gato”.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Las escasas monedas sonaron en el bolsillo derecho del pantalón y ese octubre no parecía muy benigno ni en lo referente al clima. ¿Cómo demonios no tomó la chamarra que había dejado en la silla en la bodega? El frío comenzó a calar fuerte y lo único que se le ocurrió, fue buscar un teléfono público para localizar a Efraín o a Saúl; deambuló por calles semi solitarias tratando de evitar las que estaban en penumbra, pues el rumbo no le era del todo familiar y, más importante que su integridad física, debía encontrar la manera de que nada entorpeciera la búsqueda de Isabel. Por fin dio con un aparato que parecía en buenas condiciones, de inmediato saco un veinte y lo colocó en la ranura, esperó el tono de marcar y su dedo hizo girar el disco.

El repiqueteo inundó toda la estancia en donde el Gato llevaba dos noches esperando noticias de su amigo, éste levantó el auricular antes de que otro miembro de su familia fuera a contestar. La voz de Luis denotó la angustia que le provocaba su situación, que se acentuó conforme se dio cuenta de que no podía escuchar la respuesta de Efraín, puesto que la parte superior del auricular estaba rota; confiando en que del otro lado sí lo escucharían, dio su ubicación para que fueran a encontrarlo lo más rápido posible. Consciente de la situación, el Gato se apresuró a llamara a Saúl para que consiguiera un transporte y se encontraran en la esquina, por fortuna, él se encontraba en la misma vigilia y salió rápido a conseguir un taxi.

La espera y la incertidumbre acentuaban la angustia de Luis, el frío aumentaba y ya no podía controlar los temblores que esto le producía. Pasaron varios carros, algunos verdaderamente amenazantes que hacían volar su imaginación, ¿qué tal si eran policías o soldados de incógnito, de ésos que el gobierno se empeñaba en negar su existencia? Los lejanos aires de las ocupaciones nazis de los que había oído hablar en sus clases de historia, tomaban forma en todo lo acontecido en los meses anteriores; por supuesto, confiaba en que el movimiento sirviera para que nunca se repitiera, ya que la idea del futuro apuntaba a que el pueblo tomara conciencia y no permitiera que ningún gobernante hiciera del país su feudo personal para cumplir sus caprichos.

Dos faros lo iluminaron, medio se abrió una de las puertas traseras y salió como de ultratumba la voz del Gato que lo apuraba a subir a la unidad; “Toma, mi madre te mandó este suéter”; “Lo sabía, ella debe ser adivina”. Intentaron sonreír pero el frío en el cuerpo de Luis y la preocupación que había provocado en sus amigos sólo les permitió emitir un gruñido que el conductor interpretó como una orden para iniciar el camino de regreso. “¿Vamos otra vez a su casa, joven?”; “Sí, por favor” Durante un buen tramo, permanecieron callados, quizá pensando en qué le dirían a sus respectivos padres por la salida a tan altas horas de la noche. El único que tenía claro que no se encontraría en esa circunstancia de inmediato era el mismo Luis, su prioridad seguía vigente. Continuará. Salud.

Beto

martes, 23 de noviembre de 2021

La familia Grande 49a. entrega

“¿Por dónde empezar a buscarla?” Foto: BAER

Irapuato, Gto.- “Creo que no sabes lo que dices; la cosa está muy fea allá afuera”; “lo he visto y lo he palpado de cerca. Además, debo ir a advertirles a mis amigos. ¿Usted no haría lo mismo si estuviera en mi situación?”. La súplica de Luis salía de lo más hondo de sus entrañas y notó que había calado en lo más hondo del ánimo del viejo. “Así  perdí a mi hija, joven. Sé que la desaparecieron y no han querido darme razón de su paradero”; “Perdón, no sabía siquiera que tuviera una hija, pero eso me da la razón. Tengo que salir”. Ambos hombres quedaron en silencio por unos instantes, hasta que por fin, Eustaquio atinó a decir “es posible que me arrepienta. Ojalá nada malo le pase”. Se apartó unos pasos haciendo una seña con su mano izquierda como dejándole el camino libre.

Aún no creyendo del todo en su suerte, corrió hacia la puerta de salida; el aire nocturno de la ciudad de México le golpeó las mejillas, el ruido de los autos dio un toque dramático a su búsqueda de transporte. Por fin, un taxi se detuvo y abordó presuroso casi golpeando con sus palabras los oídos del conductor, al que tuvo que repetir la dirección pues la primera vez no la pronunció de manera inteligible; la prisa por llegar a casa de Isabel no le dio tiempo de contar el dinero que don Eustaquio le puso en las manos antes de medio despedirse y asegurarle que no tendría inconveniente en inventarse una historia para que el patrón no lo maltratara mucho. Luis le juró que lo compensaría de alguna manera.

El auto se estacionó frente a una puerta medio desvencijada porque no había sido reparada desde el accidente donde un camión materialista había dejado caer, por descuido, unos ladrillos destinados a la obra de la acera de enfrente. El ingeniero encargado les había asegurado que la repondrían, pero ya habían pasado tres meses de aquello, por lo pronto, la sostenían desde adentro con una viga que la misma obra les proporcionó. Pagó Luis con la misma premura que le atormentó todo el viaje, quedándole tan sólo unos cuantos centavos y de un saltó se plantó ante el rectángulo de metal y tocó frenéticamente, una y otra vez, hasta que una voz llena de fastidio, le contestó desde el interior sin mucho ánimo de abrirle.

“¿¡Quién!?”; “Soy yo señor, Luis. Disculpe que lo moleste a esta hora, pero necesito hablar con Isabel”; “Ella no está, se quedó en casa de una amiga, que’sque para llegar temprano a donde van mañana”; “¿Sabe qué amiga es ésa?”; “No la conozco, debe ser una de las nuevas con las que se junta últimamente. ¡Donde vayan a andar en malos pasos..!”; “No se preocupe por eso, señor, pero sí tengo que encontrarla pronto”; “Pues creo que esa chamaca vive por los rumbos de Mixcoac, más de eso, no sé”; “Se lo agradezco de todos modos, procuraré encontrarla”; “Anda, pero váyanse con cuidado”; “No se preocupe”. Una especie de desorientación lo invadió, conocía a algunas de sus amigas, pero, ¿por dónde empezar a buscarla? Continuará. Salud.

Beto

martes, 16 de noviembre de 2021

La familia Grande 48a. entrega

“¿Quiere que le traiga otra cosa antes
de irme a acostar?” Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Salieron pausadamente tratando de no llamar la atención de los acompañantes de Luis, que se mantuvo en el baño hasta que su hermano y su amigo se fueron. ´-estos tomaron rumbo de regreso a casa del Gato, al llegar, Mónica les dijo que Luis no se había comunicado lo que les hizo temer que se hubiera metido en algún problema, lo que no estaba muy alejado de la realidad. Su padre había encontrado un paquete de volantes que invitaba a asistir ese 2 de octubre a la Plaza de las Tres Culturas al mitin convocado por el Consejo Nacional de Huelga, por lo que éste castigó al muchacho encerrándolo en una galera que les servía de bodega para algunos artículos de importación, sin más contacto con el exterior que un trabajador de confianza del negocio.

La idea era tenerlo allí hasta que pasara todo el borlote y fuera seguro salir a las calles nuevamente; su estancia no sería incómoda puesto que el lugar contaba con todos los servicios ya que servía de alojamiento temporal a los nuevos empleados que llegaban de provincia y no contaban de inmediato con un lugar para vivir, lo que privaba al muchacho era el aislamiento que  no le permitía saber de Isabel ni de sus amigos; sus pensamientos se concentraron en salir, no importaba la manera. La voz de don Eustaquio, el velador, lo sacó de sus cavilaciones, “Coma un poco, joven. A su edad debe estar fuerte para soportar problemas como estos”. En primera instancia no entendió si se refería a lo del movimiento o al encierro, pero, ¿ese viejo qué iba a saber de problemas sociales?

Probó un poco del sandwich de jamón con queso que el anciano le dejó sobre la mesita que estaba sirviéndole de escritorio, ya que tampoco podía darse el lujo de desatender sus deberes escolares, menos con la imagen que se había formado su padre en las últimas horas. “¿Quiere que le traiga otra cosa antes de irme a acostar?” “No, gracias don Taquio, con esto tengo suficiente, además creo que el cafesito me va a tener despierto toda la noche”. “No debería ocuparse de tanto, hay cosas que nada más les interesa a los adultos”. “No creo que sepa exactamente de lo que se trata, don Taquio. Nada más fíjese en cómo estoy, soy el vivo retrato de lo que estamos padeciendo en el país. Una generación que cree que lo sabe todo y oprime a la otra”. “Será como dice, joven, pero...”.

Luis se quedó callado, ya se veía tratando de instruir sobre movimientos sociales a un hombre que lo único que le urgía era saber si tendría algo que llevarse a la boca al día siguiente; ¿¡qué estaba pensando!? Ése era el objeto de estar en el movimiento, sacar a la gente que, como Eustaquio, se encontraba en un marasmo que los hacía víctimas de un montón de abusos por parte de autoritarios enfocados nada más en explotarlos, aunque en ese esquema encajara también su padre. “Don Eustaquio, debería dejarme salir”. “¿Qué dices muchacho? Tu padre me mataría si hago eso”. “No tiene que enterarse del cómo sucedieron las cosas Le puede decir que lo sorprendí y de un empujón lo tiré al suelo. Sería entendible y yo podría ir a pelear por lo que nos han quitado”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 9 de noviembre de 2021

La familia Grande 47a. entrega

“Por favor, por lo que más quieran,
no vayan el miércoles”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- La entrega de Ciudad Universitaria por parte del ejército aquel 30 de septiembre parecía ser la señal de que todo regresaría a la normalidad; el Gato y Saúl esperaban la llamada de Luis para saber en dónde se verían para hacer los preparativos y participar en el mitin del miércoles en la Plaza de las Tres Culturas, debían aguardar pacientemente pues los martes, el papá del muchacho lo tenía ocupado hasta entrada la tarde con el fin de acortar el tiempo que invertía con Isabel, algo que resultaba completamente vano, ya que eso sólo provocaba que su vástago se las ingeniara para escaparse en cuanto podía, pero justo ese día se quedó a cumplir con sus tareas. Parecía estar en otro mundo y el ánimo con el que siempre se presentaba, en esa ocasión brillaba por su ausencia.

Había escuchado de uno de los trabajadores que algo gordo se estaba cocinando y que después del mitin ya nada sería igual, que por lo pronto él iba a prohibirle a su hijo asistir y que lo encerraría con llave si fuera necesario; por eso no había salido del trabajo, tampoco encontraba la manera de avisarles a sus compañeros sin que su padre se diera cuenta de que usaría el teléfono de su oficina. Por fin, ellos decidieron ir a la nevería que habían adoptado como “cuartel” dejándole el encargo a Mónica que le dijera que fuera hacia allá en cuanto pudiera. Caminaron unas cuantas cuadras hasta el lugar que siempre lucía lleno de jóvenes, más en esos días en que el ir a clases se supeditaba al capricho del ejército.

Los hermanos mayores del Gato, Juan, Mariano y Jacinto no habían tomado acciones tan abiertas como lo había hecho él, por lo que éste respiraba tranquilo de saber que no estarían en gran riesgo, aunque sí les pedía su opinión acerca de las tareas que les encomendaban a los del primer año de la universidad, por otro lado, tanto Teresa como Maura se encargaban de argumentar en contra de todo, pues consideraban que después de sus padres, ellas eran las encargadas de velar por la seguridad de todos sus hermanos. Una vez en la cafetería, Saúl advirtió que había un grupo de muchachos ajenos a la cotidianidad del lugar; el Gato, sin mostrar demasiada sorpresa, distinguió una cara conocida y apenas con una pequeña inclinación de cabeza, saludó a Sergio que estaba en el grupo.

“¿Es..?”; “Sí”. Dijo Efraín con su habitual tono casi neutro. Sergio se levantó pretextando ir al baño y al pasar, fingió reconocerlos, por lo que se detuvo un instante y después de los saludos de rigor advirtió a los muchachos que anduvieran con cuidado porque el día del mitin habría un operativo para terminar de una vez por todas con el movimiento. Después les explicó que el grupo con el que estaba, era un pequeño comando emplazado en esos rumbos con el fin de ubicar a algunos cabecillas y tenían entendido que esa cafetería podría ser su centro de reuniones. “Me voy, dije que sólo iba al baño. Por favor, por lo que más quieran, no vayan el miércoles”. Se retiró, los dos muchachos lo siguieron con la mirada, se quedaron un rato más y pidieron la cuenta. Continuará. Salud.

Beto

martes, 2 de noviembre de 2021

La familia Grande 46a. entrega

“Don Efraín empezó a ver al movimiento
con otros ojos”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- A la mañana siguiente, las notas de los periódicos sólo dieron parte de lo que llamaron la “manifestación silenciosa”, sin dejar de develar eventos violentos como el de dos estudiantes heridos en la madrugada de lo que el MURO (Movimiento Universitario de Renovadora Orientación, calificado como reaccionario) responsabilizaba a los “comunistas”, todo porque según ellos, habían externado su interés de que se reanudaran las clases el siguiente Martes; por otro lado, una escueta nota en Excélsior daba a conocer que cinco empleados de la Universidad de Puebla habían sido linchados la noche anterior en San Miguel Canoa, con la aclaración “los creyeron estudiantes”. Luis lamentó que todo estuviera tergiversándose de forma que empezaba a verse a través de una nebulosa.

Aun con las noticias, la sonrisa no se le borraba de la cara; la tarde con Isabel había sido mejor de lo que había pensado y la promesa de seguir viéndose en clases como fuera de ellas, le hizo despertar esperanzas de tener una relación duradera, muy a pesar de lo que su padre opinaba. “Una muchachita que se meta en eso que llaman ‘movimiento’, no puede, de ninguna manera, tener buenas intenciones”, la repetía cada vez que había oportunidad. Cuando sucedía eso, Luis prefería ir a casa de los Grande a refugiarse pues, conociéndose, sabía que si se quedaba, la discusión con su progenitor duraría horas sin que lograra convencerlo de que Isabel hacía que él mismo fuera mejor persona y, que si le diera una oportunidad... No, eso no sucedería.

Los días siguientes transcurrieron entre declaraciones poco agraciadas del secretario de Gobernación acerca de la ocupación de Ciudad Universitaria ese 18 de septiembre y los llamados del rector a la cordura, además de la denuncia en seis puntos que publicaron varios intelectuales, encabezando una lista de doscientos los escritores Inés Arredondo, Emmanuel Carballo, Jorge Carreón y Carlos Monsiváis junto con el director de teatro Héctor Mendoza. Y mientras las autoridades universitarias apelaban a la autonomía, el gobierno de la República defendía su postura de asegurar la celebración de los Juegos Olímpicos. Cuando don Efraín, como ya llamaban al padre del Gato, descubrió que en esa lista publicada por el diario El Día aparecía José Chávez Morado, empezó a ver al movimiento con otros ojos.

Bajo la sentencia de que el ejército no permitiría más desorden emitida por el secretario de la Defensa, Marcelino García Barragán, siguieron detenciones como las del maestro Elí de Gortari y el ingeniero Heriberto Castillo, sin darse a conocer claramente las razones de ello; María Luisa “La China” Mendoza, en su escrito del 21 de septiembre, trataba de explicar la incertidumbre que vivía la población en cuanto a las acciones llevadas a cabo por las autoridades y las formas establecidas por el periodismo para narrar los hechos, sugiriendo con ello que el resultado era una atroz desinformación. Por esas fechas, la efervescencia se había extendido a otras latitudes como en la manifestación en la ciudad de Puebla, realizada por seis mil estudiantes y grupos de obreros y campesinos. Continuará. Salud.

Beto

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...