martes, 31 de agosto de 2021

La familia Grande 37a. entrega

“Era hora de enfrentarlo y saber la verdad”.
Foto: BAER

No puede ser cierto lo que dices, el miedo te obliga a decir cualquier cosa con tal de quedar libre”, dijo el Gato rematando su oración con un golpe de puño en su palma izquierda” ¿Acaso me ves como alguien que tiene miedo?”. Lo único que temo es que mi padre aproveche esta ausencia para hurgar en mis cosas y encontrar algo que pueda utilizar para incriminarme y librarse por fin de mí”. El tono en la voz de Estévan se apagó de pronto, evidenciaba una franca tristeza vista por muy pocos en su vida. Nuevamente hizo gala de autocontrol y asumió la expresión amenazante que solía utilizar en cualquier tipo de negociación, porque consideró que eso se esperaba de él bajo las circunstancias en que lo mantenían, de ser otra la intención, ya lo habrían matado.

El Gato, sin decir más, dio media vuelta y salió del cuarto apagando antes la luz, dejando al joven en la oscuridad total. ¿Por qué el muchacho habría mencionado que su padre querría incriminarlo? ¿Incriminarlo en qué? ¿Acaso no era culpable? Se dirigió al salón donde estaban aún reunidos Lina, Ruth, José y Saúl, Luis había tenido que ausentarse por una de esas ocasiones especiales. “¿Cómo lo ves?”, preguntó Ruth con cierto desdén. “Hablará, no tiene opción”, contestó Efraín sabiéndose dueño de la situación aunque algo intrigado por lo dicho por Estévan. “Escuchamos lo que te dijo, ¿crees que haya algo que no nos dijeron?, preguntó Saúl francamente preocupado. “Ya ves que con esa gente nunca se sabe por dónde van a ir, mienten por costumbre”.

El Gato asomó una leve sonrisa, “Algo que no debería sorprendernos debido a lo que nos dedicamos”. “No es lo mismo”. Interrumpió Ruth, “lo nuestro es para que las cosas queden en su lugar”. “Pero no deja de ser una mentira”, terminó Efraín sin dar margen a otra argumentación por parte de sus asociados. “Saldré un momento, sólo cuiden que Corcuera no vaya a hacerse daño”. La puerta se cerró dejándolos algo pensativos, pero entendiendo que el Gato se abriría sólo cuando éste se sintiera confiado. A unas cuantas cuadras de allí, Jacinto esperaba en su coche con una cámara fotográfica y un teléfono móvil, Efraín le había indicado que aguardara en ese lugar para que le diera los últimos informes sobre su vigilancia a Luis.

Después de un saludo afectuoso pero parco, Jacinto le dio los pormenores de la jornada junto con las fotografías y el vídeo que habían tomado los encargados de cada turno, exceptuando el tiempo en que Luis se encargó de una parte de la logística del caso Corcuera. Las situaciones se repetían, Luis en compañía de una joven en una tienda, un restaurante, un cine y una de las facultades del IPN, pero algo no encajaba del todo, la familiaridad que mostraban no parecía tan cercana, como si se tratara de una relación comercial o de negocios. ¿Sería posible que a estas alturas Luis penara en abandonar al grupo y estuviera reclutando gente? Al menos, algo así había ocurrido en el pasado. Era hora de enfrentarlo y saber la verdad. Continuará. Salud.

Beto

martes, 24 de agosto de 2021

La familia Grande 36a. entrega

“Te topaste con pared, porque
yo no robé a la empresa”. Foto: BAER

La incomodidad de la silla a la que lo habían atado, hizo que despertara con algunos dolores en la espalda y en las piernas; la oscuridad del cuarto se recortaba con el haz de luz proveniente de una lámpara que apuntaba directamente a su rostro, una voz apenas audible daba instrucciones sobre lo que debían hacer algunos otros con unos bultos o algo así. El contraluz provocado por la figura masculina entre Estévan y la lámpara, acentuaba lo negro de la sombra por lo que no podía distinguir el rostro de quien empezaba a hacerle preguntas que al principio escuchaba como balbuceos, pero que fueron aclarándose conforme pasaron los minutos; una vez que pudo distinguir los rasgos del que lo cuestionaba con una retahíla de preguntas, tomó confianza y se envalentonó.

“¿Acaso crees que vas a asustarme con amenazas? Yo voy a decirte lo que en verdad puede amenazar tu vida, al grado de no poder dormir cuatro de siete noches”. Los ojos del Gato se clavaron en sus pupilas, acostumbrado a escuchar argumentos tan dispares, que las palabras de Estévan le parecían sólo desvaríos de alguien que aún no se daba cuenta de su situación. El joven Corcuera no daba crédito, algo que nunca hubiera considerado que le sucediera. “Es hora de que me digas qué hiciste con el dinero que sustrajiste de la cuenta común de la empresa”, Estévan no pudo disimular su extrañeza al oír esas palabras; algo en su interior se hizo añicos pero de inmediato recobró la entereza y amenazó con llamar a sus guardias en cuanto tuviera una mano libre.

“¿Te refieres a esos tres que están allí?” Una luz dirigida iluminó a los hombres que debían estar todo el tiempo alertas y que en ese momento lucían como tres fardos inertes en el piso. “En estos días es difícil encontrar personal confiable”, dijo el Gato sin mostrar emoción alguna. “¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Dinero? Te topaste con pared porque yo no robé a la empresa”. “Eso dicen todos los culpables cuando se sienten acorralados”. “¡Mírame bien! ¿De verdad crees que tendría el valor de mentir en el estado en el que me encuentro?”. “Sí supieras la razón por la que estás aquí, probablemente”. “Sólo pregúntate el porqué no he cuestionado quién me denunció”. “Imagino que lo sabes o al menos, lo supones, pero la razón podría resultarte deprimente.

La discusión paró en seco cuando Estévan le explicó al Gato que entendía perfectamente lo que se seguro su padre le habría pedido, pero que definitivamente se trataba de una cortina de humo. “Si es como te lo estoy diciendo, mi padre te envió a detenerme porque descubrió que estaba investigando precisamente ese robo y estaba a punto de descubrir los turbios manejos que se han gestado desde que murió mi tío, el fundador y principal accionista de las empresas que ahora presidimos”. “Las pruebas que me mostró son muy convincentes y todas apuntan hacia ti”, dijo Efraín incrédulo de la situación que se le presentaba. La duda estaba sembrada, aunque su germinación debía pasar por algunos tamices más. Continuará. Salud.

Beto

martes, 17 de agosto de 2021

La familia Grande 35a. entrega

“Ay José, lo lastimas. Se te pasó la mano.”.
Foto: BAER
El tono de su voz había cambiado sutilmente no tanto como para parecer amenazante, pero sí para encender una pequeña alarma en los oídos del Gato; ”Estén preparados por si tenemos que intervenir con anticipación”,  dijo con su autoridad y pendiente de los cuadros de su pantalla. En el interior del cubículo, los tres apostadores repitieron la rutina por otras tres carreras donde la suerte parecía no terminar; pero en un instante, el semblante del joven Corcuera cambió, la sonrisa se transformó en una mueca de escepticismo, tensó la mandíbula para después ordenar a sus escoltas que se quedaran con la “viuda”, mientras él sacaba al pasillo a Lina, tomándola del brazo y dando un firme tirón hacia la puerta de acceso.

“Me lastima”, dijo la muchacha mientras sentía que su cuerpo casi iba en vilo. “Y más haré si en este momento no me dices qué es lo que está pasando”, contestó el hombre casi iracundo. Fingiendo sorpresa, Lina casi balbuceando contestó, “No sé a qué se refiere”. “No intentes colmar mi paciencia, que tengo muy poca; ¿acaso pensaron que no me daría cuenta? No están tratando con un idiota”. “Le repito que no tengo idea de qué me está hablando”. “Ya deja de fingir. Comprobé mi sospecha en la segunda carrera; de verdad fue un manejo muy torpe el usar el nombre de uno de mis caballos para intentar engañarme. además no sé cómo lo lograron, pero debes decirle a quien te haya hecho los videos, que tiene varios saltos de imagen en ellos.

Un par de piernas se movilizó por el pasillo de acceso, el zumbido de un inductor de sueño fue el aviso para que Ruth diera cuenta de los dos escoltas que la custodiaban, gracias a su experiencia en las artes marciales aprendidas en el ejército israelí, no tuvo resistencia alguna, mientras el Gato acomodaba al que había reducido en la entrada en una silla, atándolo fuertemente a ella, Ruth asomó por la puerta con una interrogación dibujada en la mirada; “Búscala, no deben estar lejos”, ordenó Efraín sin dar mayor detalle, Después de unos segundos, logró encontrar a la pareja forcejeando. “Déjela en paz”. “¿O qué?” contestó Estévan, “¿Quién va a detenerme, usted?”. “No, yo lo haré”. Como salido de la nada, José se plantó detrás del apostador y le aplicó la dosis del inductor.

Después de unos espasmos, Estévan cayó inerte al piso, Lina no pudo contener una expresión mezcla de indignación y sorpresa. “Ay José, lo lastimas, se te pasó la mano”. “Qué va, si apenas lo toqué, pero estas cosas son una chulada”. “Cualquiera diría que te interesa este sujeto”. increpó Ruth. Titubeante, Lina apenas pudo negar con un gesto de desaprobación. “Mejor apurémonos, porque el efecto del inductor se le puede pasar rápido”. “No hay problema, sólo le aplico lo mismo que a sus guardias y ya”. “Voy, ¿a poco muy efectiva?”, dijo José con cierta sorna. “Cuando quieras puedo darte una muestra”. “No gracias, lo creo”. Rieron los tres pero interrumpieron su efusividad al llegar el Gato. “¡Ya están los ‘paquetes’? Alístense que nos vamos en cinco”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 10 de agosto de 2021

La familia Grande 34a. entrega

“Que sea entonces el número catorce...”.
Foto: BAER

El joven se quedó callado, pues estaba seguro de haber visto un ligero parpadeo en la pantalla; Tanto Ruth como Lina soplaron aliviadas pero a partir de ese momento, pusieron más atención a las reacciones de cada uno de los hombres para tratar de minimizar los errores. “¿A cuál le apostará señor Corcuera?”, preguntó Ruth con un aire de suficiencia como si supiera mucho de carreras. “No tentaré demasiado a mi suerte”, dijo sin quitar los ojos de los de Lina, “repetiré el número ganador”. Ambos se desearon la mejor de las fortunas, pero había que picar el orgullo del caballero poco acostumbrado a perder, así que indicó que ella apostaría al número nueve, por razones familiares que nadie atendió pues había comenzado la carrera.

Los fotogramas comenzaron a pasar vertiginosamente a treinta y dos cuadros por segundo, manipulados por las expertas manos de Saúl que aporreaba materialmente el teclado de su laptop, al tiempo en que Luis procuraba mantener la dirección de la señal remota hacia el cubículo de apuestas, gracias a lo cual, el caballo número siete, viniendo desde atrás y seguido por el nueve, cruzó la meta con más de un cuerpo de ventaja sobre el grupo que los seguía. Estévan dejó escapar un grito eufórico y de inmediato abrazó a Lina que no se resistió al gesto del hombre, Ruth se unió a la pareja fingiendo cierto entrometimiento para que el joven no fuera a sobrepasarse con “su hija”.

Una vez pasado el momento, sin lograrlo del todo, Estévan trató de recuperar la ecuanimidad pero la sonrisa no se le borraba del rostro; “Nunca en la vida había ganado dos carreras seguidas” dijo como tratando de contagiar a sus acompañantes de la felicidad que lo embargaba. Tanto las mujeres como los guardias se hicieron eco de su estado de ánimo y le sugirieron que siguiera apostando, el muchacho vio fijamente el recuadro donde aparecía el monto de lo ganado hasta ese momento, después el listado de los siguientes corredores en el orden de posibilidades de ganar y la cantidad a pagar según esos momios; sus ojos se detuvieron en el número catorce, tercero en el orden y de nombre “Cinnamon”, bastante grande para seguir corriendo.

“Algo me dice que ese caballo va a dar su mejor actuación hoy”, dijo Estévan con tal seguridad que se diría que también había participado en la elaboración del plan para secuestrarlo, pero eso no impidió que la maquinaria se pusiera a funcionar de nueva cuenta. En esa ocasión, el muchacho se mostró menos eufórico, sin dejar de “animar” a su caballo; repetidamente volteaba  a ver a Ruth y a Lina quienes, al darse cuenta de que eran observadas, se limitaron a regresarle la mirada con unas sonrisas que ocultaban medianamente su nerviosismo. “Esta vez apostaré al que usted elija, señor, ya veo que tiene buen ojo para los caballos también”. “Que sea entonces el número catorce, con eso sabré qué tan afortunado vengo”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 3 de agosto de 2021

La familia Grande 33a. entrega

“Saltó eufórico bajo la mirada divertida
de sus acompañantes...”. Foto: BAER

Saltó eufórico bajo la mirada divertida de sus acompañantes que de pronto se unieron al festejo; en la cocina, el Gato comenzó a preparar los videos que insertarían en el módulo de apuestas que simularían competencias en otros lugares, mientras Luis se encargaba de que la conexión se hiciera independiente, aunque el encargado de manipular las imágenes sería Saúl. La coordinación del trabajo correría a cargo de José, por tener la oportunidad, como capitán de meseros, de observar las reacciones de su objetivo y poder así, ofrecerle la mejor de las experiencias, por supuesto, con la sugerencia de que apostara en “hipódromos extranjeros”, los que le ofrecerían mejores ganancias con la ventaja de que no tendría que ir hasta la caseta a realizar sus apuestas.

Envalentonado por el primer triunfo en mucho tiempo, Estévan no objetó el cambio pues ya se veía codeándose con apostadores profesionales de todo el mundo; la maquinaria se había echado a andar, de pronto la pantalla mostró el listado de recintos abiertos en el orbe. Después de un rápido vistazo, el joven Corcuera eligió Singapur, pues recordó haber estado alguna vez allí, mencionando que recordaba un cambio de color en la puerta del tercer carril que servía de señal a los espectadores para saber en cuales colocarían a los caballos favoritos, algo que sólo se hacía en ese lugar. Un detalle que puso en alerta a todo el equipo pues no habían considerado algo así, de inmediato se pusieron a averiguar cuál era la forma de la señal.

Como el truco de una falla técnica pondría en riesgo la operación, Lina puso en juego todos sus encantos para sacarle a Estévan la información, esto debía ser lo más pronto posible puesto que no debían manipular demasiado las imágenes, pues corrían el riesgo de que aparecieran en ellas “fantasmas” de color que evidenciarían el fotomontaje. Juan tomó el “ratón” de la máquina que operaba el Gato por ser la que tenía a la mano, con el programa de diseño, trazó unas líneas mientras escuchaba por el auricular la descripción de la mancha de pintura que hacía Estévan a una Lina que se esforzaba por mantener una expresión de interés que estaba lejos de sentir y Ruth hacía plática con los escoltas que parecía iban a adivinar al plan en cualquier momento.

Pasados unos minutos, el emplaste quedó perfecto, con un pequeño detalle, Juan lo había puesto en la puerta dos y nadie lo hubiera notado de no ser porque el escolta más joven, aburrido porque nadie atendía su plática, se fijó en la pantalla, “jefe, ¿qué no había dicho que la marca estaba en la puerta del carril tres?” Más intrigado por la osadía de que la hablara cuando estaba ocupado que por verificar el error, Estévan volteó a ver qué era lo que sucedía con su empleado, segundo que aprovechó Juan para cambiar de lugar el señalamiento. “¿Qué dices insensato? Yo la veo donde dije que estaba”. Después de unas cuantas burlas de su patrón y su compañero, todos se dispusieron a ver la carrera. Continuará. Salud.

Beto

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...