martes, 22 de junio de 2021

La familia Grande 27a. entrega

“Lo arrastró hasta la saliente de una columna y
no pudo ver de quién se trataba”. Foto: BAER

Mientras el turno de la noche salía del ascensor, una vez entregado su reporte, el turno de la mañana bajaba a la cochera para tomar sus puestos y esperar a su jefe; las luces de las puertas comenzaron a parpadear indicando los pisos que recorría la caja de metal. La frente del técnico se perló de sudor y su ritmo cardiaco se aceleró de tal manera que parecía que sus latidos se oirían en todo el edificio. Dio otros tres tirones sin lograr zafarse, de pronto, una mano tapó su boca y una voz suave pero con autoridad le indicó que guardara silencio y no se moviera. Un pequeño frasco asomó por su lado derecho y dejó caer un líquido cristalino en la manga atorada que de inmediato se disolvió.

De un jalón, su salvador lo arrastró hasta la saliente de una columna cercana de tal manera que le impidió ver de quién se trataba; aún en voz baja le indicó un camino para que se dirigiera a la caja de conexiones sin ser visto por los guardias de seguridad que en ese momento salían del elevador. Caminó unos pasos y volteó para agradecer, pero ya nadie estaba a su espalda; extrañado pero presuroso llegó a donde debía realizar la conexión o al menos simularla; una vez abierta la puertecilla, marcó un número, dio la clave para indicar que todo estaba listo y sintió cómo alguien se paraba justo detrás de él.

Se quedó quieto hasta que escuchó la pregunta de uno de los escoltas: “¿Ya listo?” Nervioso y un poco titubeante, contestó afirmativamente; sin esperar más, el guardia habló al departamento para saber si ya se había restablecido el servicio y, como así fue, sólo volteó a ver al técnico y se señaló una sien a modo de saludo. El pobre hombre, aún asustado, asintió con la cabeza, recogió las herramientas que supuestamente había usado y salió de inmediato del edificio. Nunca el aire de la mañana le había parecido más fresco ni el parque más hermoso. Mientras, los pequeños caminos comenzaban a poblarse de corredores con sus mascotas.

En su puesto, José respiró aliviado y de inmediato dio el aviso para que los demás se alistaran; si no surgía un imprevisto, el joven Corcuera se dirigiría al hipódromo de las Américas a realizar sus tradicionales apuestas de media semana y, por supuesto, a lograr la conquista del día. Ruth y Lina habían pasado la noche juntas en el mismo hotel cercano al hipódromo para no tener que invertir demasiado tiempo en el traslado, por su parte José ya se había presentado en el restaurante perfectamente uniformado de capitán de meseros. Al final se decidió por ello para que tuviera un mayor radio de acción, el problema fue neutralizar al verdadero en tan poco tiempo. Continuará. Salud.

Beto

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