martes, 29 de junio de 2021

La familia Grande 28a. entrega

“Comprobaron que sus atuendos fueran
lo suficientemente llamativos”. Foto: BAER

El automóvil tomó la calle y de inmediato se mezcló con el tráfico matutino; Estévan, ya recuperado el talante después del contratiempo del cable, llamó a su oficina para dar algunas indicaciones sobre la atención a unos inversionistas y otras cuentas que había dejado pendientes el día anterior. Colgó y con el tono juguetón que usaba con quienes consideraba sus cómplices, dio la orden de dirigirse a “su otra oficina”. Los escoltas sonrieron y uno se atrevió a decirle: “entonces qué jefe, ¿ahora sí nos va a dejar apostar?” Sobrado en efusividad Estévan contestó en seguida: “De ninguna manera permitiría que se echaran a perder con esas cosas del demonio”.

Hizo una segunda llamada y su extrañeza fue evidente hasta para el conductor; “¿Alguno de ustedes sabe por qué no está Landín en la ciudad?”, inquirió suponiendo la respuesta que contó con un levantamiento de hombros y bajar las comisuras de los labios por parte de sus escoltas. “Es posible que su padre le haya dado vacaciones” contestó el de mayor edad, sabiendo que la probabilidad de ello eera remota dado el mes que corría. “Luego le pregunto, lo importante ahora es recuperar lo que perdí la semana pasada”, afirmó acentuando el tono juguetón dando a entender lo poco que le importaba algo que no fuera su inmediata satisfacción.

Por su parte Ruth y Lina ingresaban al recinto comprobando que sus atuendos fueran lo suficientemente llamativos como para anular cualquier competencia; a cada paso que daban se les sumaban miradas, unas de curiosidad y otras de franco deseo por abordarlas; sabedora de la psicología masculina, Ruth se condujo indiferente hasta la mesa que había reservado para la ocasión, marcando a Lina el tono en el que debía conducirse, pues además de la aventura, la misión significaba un entrenamiento para la joven, quien debía aprender en el camino todo lo posible para moverse en el mundo de apariencias que el grupo se había fabricado.

La llegada de un pez gordo siempre causaba expectación y eso provocaba Estévan Corcuera cada vez que visitaba el hipódromo; los empleados aceleraban los servicios para tener la oportunidad de atenderlo aunque fuera una ocasión, sabedores de lo generoso que era con las propinas. Éste se paró a medio lobby, recorrió el lugar con la mirada y de inmediato un “conciergerie” lo condujo hacia el restaurante donde ya lo esperaba José en su caracterización de capitán de meseros; lo condujo hasta la parte de barra que daba a la pista pero al notar que Estévan se quedaba parado, tuvo que rectificar, “¿no es de su agrado, señor”? Uno de los escoltas le indicó que no se dirigiera directamente a él. Continuará. Salud.

Beto

martes, 22 de junio de 2021

La familia Grande 27a. entrega

“Lo arrastró hasta la saliente de una columna y
no pudo ver de quién se trataba”. Foto: BAER

Mientras el turno de la noche salía del ascensor, una vez entregado su reporte, el turno de la mañana bajaba a la cochera para tomar sus puestos y esperar a su jefe; las luces de las puertas comenzaron a parpadear indicando los pisos que recorría la caja de metal. La frente del técnico se perló de sudor y su ritmo cardiaco se aceleró de tal manera que parecía que sus latidos se oirían en todo el edificio. Dio otros tres tirones sin lograr zafarse, de pronto, una mano tapó su boca y una voz suave pero con autoridad le indicó que guardara silencio y no se moviera. Un pequeño frasco asomó por su lado derecho y dejó caer un líquido cristalino en la manga atorada que de inmediato se disolvió.

De un jalón, su salvador lo arrastró hasta la saliente de una columna cercana de tal manera que le impidió ver de quién se trataba; aún en voz baja le indicó un camino para que se dirigiera a la caja de conexiones sin ser visto por los guardias de seguridad que en ese momento salían del elevador. Caminó unos pasos y volteó para agradecer, pero ya nadie estaba a su espalda; extrañado pero presuroso llegó a donde debía realizar la conexión o al menos simularla; una vez abierta la puertecilla, marcó un número, dio la clave para indicar que todo estaba listo y sintió cómo alguien se paraba justo detrás de él.

Se quedó quieto hasta que escuchó la pregunta de uno de los escoltas: “¿Ya listo?” Nervioso y un poco titubeante, contestó afirmativamente; sin esperar más, el guardia habló al departamento para saber si ya se había restablecido el servicio y, como así fue, sólo volteó a ver al técnico y se señaló una sien a modo de saludo. El pobre hombre, aún asustado, asintió con la cabeza, recogió las herramientas que supuestamente había usado y salió de inmediato del edificio. Nunca el aire de la mañana le había parecido más fresco ni el parque más hermoso. Mientras, los pequeños caminos comenzaban a poblarse de corredores con sus mascotas.

En su puesto, José respiró aliviado y de inmediato dio el aviso para que los demás se alistaran; si no surgía un imprevisto, el joven Corcuera se dirigiría al hipódromo de las Américas a realizar sus tradicionales apuestas de media semana y, por supuesto, a lograr la conquista del día. Ruth y Lina habían pasado la noche juntas en el mismo hotel cercano al hipódromo para no tener que invertir demasiado tiempo en el traslado, por su parte José ya se había presentado en el restaurante perfectamente uniformado de capitán de meseros. Al final se decidió por ello para que tuviera un mayor radio de acción, el problema fue neutralizar al verdadero en tan poco tiempo. Continuará. Salud.

Beto

martes, 15 de junio de 2021

La familia Grande 26a. entrega

“Quedaban dos minutos” Foto: BAER

La camioneta con grandes letras de la compañía satelital de televisión se estacionó a un lado de el “Carolo”, sobre la avenida Juan salvador Agraz; las Lomas de Santa Fe llevaban tiempo de haber tomado por asalto lo que alguna vez fueron terrenos baldíos, haciendo un contraste muy marcado con los cinturones de miseria alguna vez olvidados. El conductor lo hizo de esa manera para aprovechar la oportunidad de atravesar el parque “La Mexicana” y así llegar a los edificios que recortaban el horizonte con sus grandes ventanales y sus caprichosas formas geométricas. No tuvo que hablar con el portero pues éste le abrió el portón automáticamente desde su puesto, tan sólo intercambiaron un saludo.

Debía apurarse pues no tardaban en bajar los escoltas de Estévan Corcuera; al turno de la noche no le tomaba más de cinco minutos hacer el cambio con el turno de la mañana y ése era el único momento en que el vigía no tenía los ojos puestos en el automóvil, por lo que preferentemente, no debía dejarse ver por él a su entrada y así dejara su puesto confiado en la rutina diaria. Esperó a que los dos escoltas subieran por el ascensor para inmediatamente poner manos a la obra. El dispositivo, del tamaño de una huella dactilar y tan delgado como una hoja de papel, debía colocarse en la parte más alta de la salpicadera delantera derecha, con el cuidado de no activar la alarma térmica.

Ésta había sido colocada en los Estados Unidos en una agencia privada que proveía a la CIA de insumos para el espionaje, gracias a un contacto que había logrado don Emilio Corcuera por su colaboración en la captura de un narcotraficante a gran escala. Las circunstancias de tal colaboración siempre se manejaron con la mayor discreción, por lo que ni el gobierno norteamericano ni el mexicano hicieron cuestionamientos al respecto. Para la cámara de vigilancia, colocó la impresión fotográfica del auto frente al lente con el mismo ángulo, para lo cual, aprovechó el parpadeo de un segundo que tenía el sistema por defecto de fabricación, sólo debía esperar el turno que correspondía a ésa en especial.

Un leve pitido en su detector de impulsos electromagnéticos le indicó el lapso de tres segundos para la falla, colocó la foto y de inmediato se puso a un lado de la llanta, se calzó una manga de aislamiento, quitó la película que cubría el adhesivo del microgenerador y con una leve presión logró fijarlo en la salpicadera. Cuando trató de sacar el brazo, la manga se atoró en una saliente que servía de soporte a la parte trasera del faro impidiendo la acción; forcejeó unos segundos sin lograr zafarse, no podía meter la otra mano, pues el cambio de temperatura activaría la alarma de inmediato, ni podía forzar la pieza pues podría deformarla o romperla con el mismo resultado. Le quedaban dos minutos. Continuará. Salud.

Beto

martes, 8 de junio de 2021

La familia Grande 25a. entrega

“¿Qué hay que hacer para que cumplas
con tu trabajo?” Foto: BAER

Ése era un trabajo que José podía hacer sin problema, pero no debía ser visto de ninguna manera, por lo cual, se optó por cobrar un favor a uno de los trabajadores del Servicio Satelital de Televisión de Paga, que era de los pocos ajenos al edificio que tenía acceso irrestricto a las instalaciones. Lo que debía hacer, era colocar un pequeño dispositivo generador de microondas  semejante al usado por Rosa en el Teléfono de la esposa del ingeniero Landín; pare el técnico con más de diez años de experiencia, no  le fue difícil cortar el servicio de varios de los inquilinos para que se solicitara su presencia de manera urgente, pero era necesario en la hora de la mañana más adecuada.

Antes de todo eso, debieron asegurarse de la reubicación temporal de los Landín con el fin de que no hubiera represalias en su contra, para ello acondicionaron una de las varias casas que tenían al rededor de la república. No hubo reclamos en contra del ingeniero, comprendieron que la presión lo orilló a tomar acciones, pero le advirtieron que no volviera a hacerlo porque no volverían a hacerse cargo de ellos en caso de que estuvieran en peligro. Acataron cuanto se les dijo y de inmediato, una vez reunidos, enfilaron hacia su destino provisional, el encargado de llevarlos fue uno de los empleados de Jacinto, que entendía el protocolo a seguir en esos casos en que el tiempo apremiaba.

A las siete y media de la mañana, Esteban Corcuera tenía por costumbre, antes de bañarse y después de su sesión de ejercicios, encender el televisor que tenía instalado en la pared frontal de su cuarto cuya pantalla la cubría casi por completo; el “gis” de la superficie de plasma llenó de luz la habitación sin ofrecer imagen alguna. Estaba acostumbrado a que todo funcionara como lo deseaba así que un detalle, nimio para algunos, pero superlativo para él pues obstruía su rutina diaria de enterarse de lo acontecido en la bolsa en el noticiero matutino, hacía que mostrara su frustración de muchas maneras, generalmente vociferando en contra de los subalternos que suponía responsables de los inconvenientes.

El teléfono de la caseta de vigilancia no paraba de sonar y la voz monótona del portero era insuficiente para calmar la molestia de los inquilinos afectados; cuando llegó el turno de Esteban, mal levantó el auricular cuando su voz estentórea tronó el tímpano del empleado: “¿Acaso se te paga para que derroches inutilidad? ¿Qué hay que hacer para que cumplas con tu trabajo? El portero tragó grueso y conteniendo su molestia, contestó lo más amablemente que le fue posible: “Imagino que se trata de la falla de la señal, señor. Ya estoy en eso”. “Pues apúrate que no tengo tu tiempo”. Colgó y de inmediato marcó el número que tenía indicado en una pequeña agenda. Sin expresión alguna, dio instrucciones para que el técnico entrara por el portón de la cochera. Continuará. Salud.

Beto

martes, 1 de junio de 2021

La familia Grande 24a. entrega

“Robarlo era impensable, con todo
el sistema de geolocalización...”. Foto: BAER

Como la información podía ser captada en ambos sentidos, Saúl no tuvo problema en enterarse que la policía había sido advertida pero, por desgracias, no atinó a descifrar el contenido del mensaje, así que una vez que recibió los esquemas de instalación de las alarmas, envió una alerta a todos los integrantes del equipo; ante la premura, Rosa debió acelerar los tiempos de retención de Isabel, así que inventó un imprevisto a su amiga. La esposa del ingeniero Landín no disimuló la frustración que le generaba el dejar a medias la película que veían, así como la plática que ya había amarrado con sus nuevas amigas, pero no tuvo opción ni pudo negarse a la expresión suplicante de Rosa, que le urgía salir de allí.

Por su parte, sin prisas pero sin dilación, Saúl cerraba las ventanas que tenía abiertas en el ordenador de la biblioteca y con pasos normales enfiló hacia la puerta de salida, donde se mezcló con otras personas y algunos estudiantes que habían terminado su consulta; cruzó con Sergio y éste no advirtió su presencia, así que el disfraz cumplió con su cometido. Lo mismo pasó con José en el café internet en el que se encontraba, tuvo incluso un pequeño tropezón con los agentes que llegaron a toda prisa después de recibir la alerta. Como ninguno de los dos fue identificado y la policía debía hacer su trabajo de la escena del crimen, pudieron ambos dirigirse a sus destinos sin mayor contratiempo.

La mirada del Gato se clavó en las pupilas de Ruth; ésta entendió de inmediato que debía alistarse antes de lo pensado. Lina recibió el mensaje explicándole las circunstancias por las que debía adelantar el proceso un día, lo que implicaba tener que faltar a clases en una fecha imprevista. Jacinto había tenido vigilado al objetivo en los últimos tres días, así que ya contaba con un esquema de desplazamiento para suplir al servicio de transporte que éste usaba  cuando no contaba con su automóvil. Por supuesto, el caso requería de un toque de elegancia, así que rentó una limusina que contaba con los suficientes medios de entretenimiento.

Ya con los disfraces listos, los aparatos a punto aunque algo forzados pero con las líneas aprendidas, sólo faltaba sacar de la ecuación al Audi A8 de trescientos caballos de fuerza color Azul Luz de Luna que guardaba celosamente en la pensión privada en la zona de Santa Fe donde también tenía su departamento. Robarlo era impensable, con todo el sistema de geolocalización y los dispositivos de seguridad del edificio, cualquier intento de escape se dificultaba en gran medida, así que la opción era hackear la computadora para que el dueño tuviera que optar por mandarlo al servicio; el problema era que quien lo hiciera, debía estar al menos a tres metros de distancia del auto. Continuará. Salud.

Beto

Escritor, ¿luchador social?

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