martes, 30 de marzo de 2021

La familia Grande 15a. entrega

“Espero que no tengas problema con ello”.
Foto: BAER

Saúl regresó justo cuando sus compañeros estaban pagando la cuenta; cruzó una mirada interrogante con Luis y éste asintió con la cabeza. Los tres hombres salieron del establecimiento prestos a preparar todo lo que necesitarían para esa semana, que tenían como límite para cumplir con el trabajo. Se dirigieron al mercado de la Portales; entraron a la calle de Balboa para estacionarse en la Víctor Hugo y así caminar unas cuadras a Merlín, la tienda de disfraces que les aseguraba manufacturar lo que desearan hasta el más mínimo detalle. Antes, hicieron una escala en el Anforama de la Reforma por algunos utensilios de cocina, acompañados por las miradas curiosas de las vendedoras.

Cuando llegaron a la tienda de disfraces, ya los esperaba don Plutarco, actor de la vieja escuela muy versado en las caracterizaciones teatrales; estaba asociado con doña Azucena, mujer diestra con agujas e hilos que había prestado sus servicios en las dos grandes televisoras del país hasta antes de la segunda gran pandemia de la cual se salvó, gracias a las conexiones del Gato en el sistema de salud. “Supongo que su siguiente trabajo es muy importante como para que hayan venido los tres juntos”, les dijo Plutarco presumiendo de suspicacia; “ni tanto, sólo aproveché porque debía atender otro negocio por aquí cerca”, respondió Luis desenfadado.

“¿Mantienen sus medidas o habrá que hacer ajustes?” preguntó el viejo actor intuyendo la respuesta; “¿Acaso nos vemos gordos?” inquirió Saúl respondiendo al juego; “sé que Efraín no, pero a ustedes les encantan las garnachas”. Rieron los cuatro divertidos aunque Saúl corrigió un poco pidiendo que su vestimenta la hicieran un poco holgada, por si acaso. Plutarco abrió una pequeña puerta detrás del tercer probador que escapaba de la vista de la clientela general, allí se encontraba doña Azucena, dando los últimos toques a un conjunto sastre que debía tener algunos bolsillos ocultos y pequeños dispositivos como para un acto de magia.

Con la mirada fija en las prendas, el Gato preguntó con voz casi audible” ¿Es para..?”, “Sí, es algo muy especial que desafió nuestra inventiva. La enseñaste muy bien”. Las palabras de Plutarco intentaron ser conciliadoras, pues sabía de los términos en los que habían quedado Efraín y Jessica, miembro del equipo en los noventa que se dejó llevar por la codicia y que, desde su salida, se había dedicado a hacerles una competencia desleal, llevándose con ella a otro integrante y dos prospectos, teniendo como centro de operaciones a la ciudad de Querétaro, sin desligarse de los proveedores. “Espero que no tengas problema con ello, Efraín”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 23 de marzo de 2021

La familia Grande 14a. entrega

“Te va a gustar” le dijo José a la muchacha.
Foto: BAER

“Me arriesgaría a lo que fuera por ti Efraín, te lo debo”. El Gato asintió con la cabeza y sin decir más, salió del auto para dirigirse al bar donde ya lo estarían esperando los miembros de su organización. Como no era muy afecto a los saludos efusivos se limitó a quitarse el sombrero en señal de respeto; pidió al mesero lo que solía consumir a esas horas y tras unos minutos en los que intercambiaron impresiones sobre lo que sucedía en el país, se dispuso a poner al tanto al grupo de lo que sería su nueva misión. Cada par de ojos escudriñaba en su rostro tratando de adivinar lo que les encomendaría en esa ocasión, pero su curiosidad no sería satisfecha hasta después del café.

Luego de varios sorbos, el Gato puso cara de ya haber despertado, recorrió con la mirada los tres pares de rostros que sólo esperaban la orden para ponerse a trabajar; comenzó diciéndoles que era un evento particular, que a Lina le serviría de ensayo lo cual era bueno pues no tenía mucho de haber ingresado al grupo, que como siempre, todo debía llevarse a cabo con el mayor sigilo, en fin, nada que no hubieran escuchado antes. El blanco era el hijo de un prominente empresario, aficionado a los deportes extremos y muy dado a tener  aventuras amorosas que no duraban más de una semana; sospechoso de haber desviado una fuerte cantidad de dinero hacía un mes.

Contaba el joven con dos guardias de seguridad que lo acompañaban incluso al baño. “La paranoia lo domina”, dijo José queriendo aligerar la plática, a lo que Saúl acotó que eso podría ser indicativo de culpabilidad. Rosa preguntó por el origen de la denuncia, a lo que Efraín contestó que había sido el propio padre, pues sólo quería darle una lección sin que eso llegara a las autoridades, además dijo, que había quedado en hablarle para confirmar la aceptación del trabajo. Luis no se mostró muy entusiasta afirmando que no estaban para andar cuidando muchachitos que se salen del redil, pero Ruth replicó que había que tomarlo como afirmó el Gato, como un ensayo para integrar a Lina.

“Te va a gustar” le dijo José a la muchacha, alegrándose en el fondo de ya no ser el novato; antes de que pudiera decir algo, Luis interrumpió su intención diciendo que al menos esperaba que en el futuro tuvieran trabajos más interesantes. Saúl lo tranquilizó afirmando que se iban a divertir, que no había razón para que estuviera tan gruñón. Ya terminados los detalles de esa junta preliminar, acordaron reunirse al día siguiente con los instrumentos que se les había asignado llevar. Uno a uno, los jóvenes fueron retirándose y cuando Luis y el Gato se quedaron solos porque Saúl había ido al baño, el primero soltó la pregunta de siempre: “Lo aceptaste porque es una pista ¿verdad? Continuará. Salud.

Beto

martes, 16 de marzo de 2021

La familia Grande 13a. entrega

“Jacinto le profesaba agradecimiento desde
que lo salvó de ser apuñalado”. Foto: BAER

De pronto Luis no tuvo qué decir, lo inesperado del reclamo y la sorpresa de verse descubierto lo dejaron helado, a merced de la embestida de un furioso Sergio que, si no hubiera sido contenido entre Juan y el Gato, le hubiera propinado un fuerte golpe en pleno rostro. Don Efraín no daba crédito a lo que veía pero eso no le impidió dar un grito que sorprendió hasta a Carlota, de inmediato se levantó, tomó a Luis por un brazo casi pasando por encima de sus otros hijos y lo condujo a su cuarto. Mientras tanto Sofi, Tere y Carmen trataban de consolar a Vicky que después de unos segundos, por fin pudo soltar el llanto.

La prudencia indicó a Carlota que pidiera tanto a Luis como a Saúl se retiraran, ofreciéndoles una disculpa a nombre de toda su familia; El Gato se les unió sin voltear a ver si se le permitía la retirada, se limitó a cerrar la puerta con cuidado para evitar hacer notoria su salida. Una vez en la calle, le preguntó a Luis si se encontraba bien y aunque no externó disculpa alguna, su amigó entendió que su gesto la implicaba. Ambos voltearon a ver a Saúl que miraba insistentemente hacia la puerta de la casa, al percatarse de que era objeto de la atención de sus camaradas, sólo atinó a decir “entonces, ¿ya no va a haber enchiladas?”

La risa de esa tercia de chamacos resonaba en la cabeza del Gato, ya listo para salir a reunirse con sus compañeros para cumplir con el reciente encargo, que sería la llave para encontrar a los asesinos de su familia. Hacía mucho tiempo que había decidido dejar de conducir, así que se hizo de los servicios de un conocido que, debido al despido masivo en una tienda de autoservicio en la que trabajaba, decidió enlistarse en el mundo del traslado de gente por aplicación. Al instante en que abrió la puerta de la calle, Jacinto ya estaba esperándolo con su inefable sonrisa, tatuada en su rostro a fuerza de permanecer ocho horas diarias de pie, atendiendo clientes en el departamento de blancos.

La familiaridad con la que se saludaban no correspondía a la de un servidor con su cliente, debido al agradecimiento que Jacinto le profesaba desde la vez que el Gato lo salvó de ser apuñalado cuando cargaba gasolina allá por Calzada de Tlalpan, con lo que evitó que se convirtiera en una estadística más. “¿A la oficina?”, preguntó el conductor sabiendo de antemano la respuesta; tomaron rumbo al Circuito Interior para llegar a Polanco. Una vez que Jacinto identificó la calle donde siempre lo dejaba, detuvo el carro y como era usual, se negó a recibir el dinero que su amigo le ofrecía. “cuando me dejes llevarte hasta la puerta”. “Bien sabes que no es posible, por tu bien”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 9 de marzo de 2021

La familia Grande 12a. entrega

“Sergio, sin pensarlo mucho, le reclamó
el atrevimiento”. Foto: BAER

Ambos muchachos encajaron en la dinámica de los Grande, al grado de compartir hasta la ropa entre sí, sin mencionar que eran unos entusiastas de la comida de Carlota y de los panes de don Efraín, que conservaba la costumbre de hacerlo, aunque fuera en su casa. Un detalle fraccionó la relación idílica; una mañana Luis llegó muy temprano a sabiendas de que era día de chilaquiles y había sido invitado desde la tarde anterior. Vicky le abrió la puerta, se había levantado unas horas antes junto con Teresa, pues tenían por costumbre ver un programa de ejercicio conducido por la futura gurú de la salud Evelyn Lapuente, en el recién adquirido aparato por su papá.

Los ojos de Luis se abrieron como platos por la sorpresa y no pudo ocultar su turbación, Vicky tuvo que repetirle que pasara, pero las piernas del muchacho no atinaban a obedecerle. “No querrás que te traiga los chilaquiles hasta acá”, dijo con su voz juguetona, “no, claro. Ya voy”, apenas contestó el adolescente tratando de contenerse. No habían dado un paso al interior de la sala cuando se escuchó el rechinido de unas llantas “espérenme”, era Saúl que llegaba después de haber esquivado un automóvil que sonaba la bocina a manera de reclamo por la imprudencia del chamaco. A pesar del mohín de Virginia, los tres entraron riendo por la ocurrencia de Saúl de minimizar el asunto.

Carlota bajó las escaleras un tanto cuanto alterada por el ruido y al enterarse de lo que había pasado, dio a Saúl un regaño como si se tratara de otro de sus hijos, detrás de ella, don Efraín también se unió a la llamada de atención, pero debió desistir al momento en que iba a hacer alusión a sus propias hazañas de joven allá en Dr. Mora, dado que la mirada inquisidora de Carlota lo detuvo en seco “¿hay algo de lo que deba enterarme?”, dijo la mujer en el tono que usaba para sus interrogatorios, “no, ya sabes que a veces me gusta andar de hablador”. Aparentando ya no hacer caso, Carlota se dirigió a la cocina a preparar todo para el desayuno.

Después de unas diestras maniobras entre cazuelas y sartenes por parte de Teresa y su madre, todos pasaron a la mesa a disfrutar del aromático platillo acompañado de leche y jugo de naranja, donde no podía faltar el pan dulce de don Efraín; mientras los platos y las tazas pasaban de un lado a otro, Luis no podía dejar de mirar a Vicky, incluso contestaba en automático a las preguntas de Pedro sobre los futuros Juegos Olímpicos en México, gesto que no pasó inadvertido a Sergio, quien sin pensarlo mucho, le reclamó el atrevimiento como quien se ve amenazado en lo más preciado, “¿qué, acaso te gusta mi hermana?”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 2 de marzo de 2021

La familia Grande 11a. entrega

“... no tardó en mostrar entendimiento y lealtad
con esos dos tipos...”. Foto: BAER

Sólo dime que nada tuviste que ver y lo creeré”, le dijo Sergio tratando de disimular su perturbación al descubrir que varias pistas señalaban al Gato como responsable del incidente del desaparecido; “nada más tienes que preguntarle a él si yo fui quien lo puso así” contestó con su característica inexpresividad sabiendo que con ello, su hermano desistiría de seguir cuestionándolo. A regañadientes, Sergio se apartó de su hermano, dio algunas órdenes a un subalterno y se dirigió a su escritorio, desde allí, en voz alta, le indicó al Gato que podía retirarse. Éste, con cierto tono de condescendencia le dijo “le dices a mamá que iré a verla mañana” y dando media vuelta, salió sin esperar respuesta.

El policía se quedó rumiando sus pensamientos; encargó a otro agente el reporte a pesar de saber que se replicaría lo de los casos anteriores donde las pistas brillaban por su ausencia, pero al saber que había la posibilidad de que su hermano estuviera involucrado, lo llenaba de congoja imaginar que debía arrestarlo. El Gato esbozó una sonrisa, mezcla de gusto y melancolía que por poco lo traiciona en el momento en que Saúl contestó su llamada; aunque era el número tres en su escalafón, su cercanía era suficiente como para tenerse una confianza especial, una que no compartía con Luis, a pesar de la relación que mantenían desde niños y que habían sabido madurar.

“Ya sabes que conmigo no hay problema Gato; me contarás cuando creas conveniente. Ahora dime, ¿qué trabajo me tienes?” Efraín le contó escuetamente sobre la llamada que había recibido instantes previos, pero que los detalles los aclararían cuando estuvieran todos juntos en la tarde. La instrucción dejó claro a Saúl que el “trabajo” era importante; conociendo a su “jefe”, sabía que debía tener el equipo alistado a tiempo, pues no quería otro episodio como el del anterior “José”. Repasó su lista confiando en que a Luis le avisaría el mismo Gato, así que se dispuso a localizar a José, Rosa, Ruth y Lina, los cuales no eran sus verdaderos nombres, sino sus claves de filiación.

La razón era simple, con nombres cortos era fácil memorizar a quién se le había encomendado qué tarea, así como los perfiles de los que habían sido reclutados, por lo que cada agente nuevo adquiría el nombre de la vacante. Los únicos que se habían mantenido todo el tiempo, habían sido el Gato, Luis y Saúl, los viejos y los únicos que usaban sus propios nombres para realizar y repartirse las tareas. a pesar de que Saúl se había unido a ellos en la secundaria, no tardo en mostrar entendimiento y lealtad a esos dos tipos que en nada se les parecía, pues mientras ellos hacían alarde de hazañas atléticas, Saúl era un ratón de biblioteca. Continuará. Salud.

Beto

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...