martes, 29 de diciembre de 2020

La familia Grande 2a entrega

Encontrar un sobrenombre no es
cosa fácil. Foto: BAER

Ambas, aún niñas, aprovechaban cada instante para tratar de enterarse de todo lo que fuera posible, hasta que la voz de su madre imponía orden y para eso doña Carlotita se destacaba desde muy joven. Decían sus allegados que con una sola mirada era capaz de movilizar legiones, sin importar que sus palabras sonaran dulces a los oídos menos entrenados, sus órdenes eran ley. Por ello, tanto Sofi como Laura, entendían que había límites y sobrepasarlos detonaría toda la furia que el diminuto cuerpo de Carlotita era capaz de almacenar y ya que no necesitaba de aspavientos, nadie se enteraría en el momento en que el castigo fuera impuesto, sino ya que éste se cumpliera, así que no había defensa para ello.

Bueno, hasta don Efraín su marido, había tenido que sufrir las consecuencias de alguna falta de su parte, nunca se supo la naturaleza de los castigos porque eso era asunto privado, pero se notaba en la cara del señor que nada bien la había pasado cuando le tocaba. Tampoco se quejó pues decía que ante todo, un caballero debía aceptar con estoicismo sus errores y él lo era, por supuesto. Más que un matrimonio, Efraín y Carlota tenían un contubernio en el que ambos compartían lo compartible y mantenían ciertos espacios para sí mismos como pareja y como individuos. De esa manera los habían criado, desde la mayor hasta el menor, con la única distinción que a las mujeres debía concedérseles.

El matriarcado se hizo extensivo a las jóvenes que formaban el ramillete de bellezas que todos los caballeros de la colonia deseaban conquistar, lo que les trajo a los hombres de la casa no menos de un pleito por cabeza. Él mismo había tenido que sacar a flote sus dotes boxísticas porque el honor familiar así lo exigía, además de portar el mismo nombre de su padre, algo en lo que su progenitor no estuvo de acuerdo, pero la voluntad de Carlotita no consideraba oposiciones, quizá le encantaba decir dos veces “Efraín”. A su hermana mayor le causaba gracia que era al único al que no se le había encontrado un diminutivo que le quedara bien y que ayudara a facilitar su identidad con sus conocidos.

Porque, ¡ah, qué lata era el tener que aclarar de cuál Efraín hablaba su mamá! Entonces tuvieron que recurrir al apodo; buscaron en sus características físicas, en sus comportamientos, en sus gustos, en fin, en todo lo visible, con lo que se dieron cuenta de que lo conocían muy poco, ya que su discreción le permitió pasad inadvertido la mayor parte del tiempo. Teresa, la mayor, hasta organizó una junta para proponer y votar por alguno que fuera adecuado al fantasmal hermano que les había tocado. Después de los manoteos, gritos como de feria, risotadas, optaron por el menos complicado que hiciera alusión a lo callado y enigmático de su proceder, así fue rebautizado como “el Gato”. Salud.

Beto

martes, 22 de diciembre de 2020

La familia Grande 1a entrega

La colilla entre sus dedos quemó un poco
de piel. Foto: BAER

Una bocanada extraída de lo más profundo del cigarrillo casi extinto, formó un aro irregular similar a los que antaño divertían a su sobrina en las tardes en que solía visitar a su único hermano vivo. Después de haber formado parte de una familia muy numerosa, el que ya sólo sobrevivieran ellos dos resultaba extraño, principalmente en las festividades en las que solían reunirse todos. En esas fechas, la mesa, la mesa hecha por su padre, rebosaba de chiquillos risueños que se desbordaban en cuanto su madre, arriesgando el físico, colocaba alguna cazuela o el canasto de tortillas que le habían tomado media mañana hacer, pues no confiaba en los círculos de masa casi cruda que vendía Chole en la tortillería de la esquina.

Lejos habían quedado los gritos de su padre para levantar a las seis y media de la mañana, a toda “la tropa” como llamaba a todos sus hijos “de riego y de temporal”, broma que a su mujer no le hacía mucha gracia pues, de los seis que fueron de sangre, se sumaban tres primos hijos de una hermana que falleció en circunstancias extrañas, a decir de las autoridades, dos de un trabajador de la obra en la que había trabajado de capataz y otros dos de un compadre que salió del país huyendo por haber matado a su esposa. Eso sí, todos adoptados según la ley, favorecidos por la ayuda de un conocido bien posicionado en la política nacional que los inscribió a todos en un programa gubernamental de asistencia.

La colilla entre sus dedos quemó un poco de piel obligándolo a dar un manotazo para deshacerse del dolor; levantó las cobijas dispuesto ya a levantarse pensando en el regaño que le hubiera dado su madre de haberlo encontrado otra vez con ese mal hábito de fumar en la cama. Parecía oírla: “mal amaneciendo Dios, ya estás con esa porquería”; terminó por levantarse no muy convencido de lo que iba a hacer. Aún mantenía la sensación de esperar turno para bañarse, a pesar de haber vivido solo los últimos cinco años, pues su vida de casado (en tres ocasiones) sólo fue un continuo de la vorágine en que cada día despertaba en la casa paterna, una edificación tan grande como vetusta.

Debió ser que su primer matrimonio lo pasó allí, al menos una buena parte, lo que le dejó varias marcas en el alma; bien dicen que no hay amor que soporte extremas carencias y la principal, dado que para ese entonces ya contaba con empleo y un sueldo decente, era la privacidad. Sin luna de miel, tuvo que compartir desde el primer día la recámara de sus hermanas menores, pues era la que más se prestaba para dividirla con un lazo y una colcha atravesados de pared a pared, pero como era imposible meter otra cama, Sofi tuvo que cederles la suya y compartir con Laura, aprovechando que ambas eran de corta estatura, aunque juntas no eran dechados de discreción ni de confiabilidad. Continuará. Salud.

Beto

martes, 15 de diciembre de 2020

Las clases de civilidad

Nos ofendemos más con las formas que con
lo que tienen de fondo. Foto: BAER
Un gran pecado de la sociedad actual es el dar las cosas por hechas; los sobreentendidos han minado las relaciones sociales en un nivel que la indolencia se ha convertido en el comportamiento común, el bienestar social es una quimera y lo virtuoso es aprovecharse de los demás. La oposición a las reglas es una constante, ya sin un marco conceptual que le dé validez, se ejecuta por moda o por vanidad, quizá por no encontrar una forma lógica de sobresalir. La satisfacción sólo es material y quien ose afirmar lo contrario, será puesto en la plataforma de los perdedores. Lo anterior es debido a que aprendemos que los demás no existen sino para atacarnos, por lo tanto, es nuestro derecho divino defendernos.

Defenderse está bien y es eventual, lo malo es estar permanentemente a la defensiva; es un estado enfermizo de rasgos paranoides que impide pensar positivamente de cualquier situación. Es además, un estado mental histórico que está enfocado al regodeo del sentimiento derrotista grabado en nuestra piel con el hierro candente del mito del país conquistado: “Este complejo está determinado por nuestra visión de la historia que nos identifica como descendientes de aztecas conquistados”. (Zunzunegui, 2020) y no sólo eso, el determinismo resultante que intenta explicar nuestra postura de eternas víctimas de todos los países, otorga un buen pretexto para justificar el miedo al triunfo.

La civilidad nacional tiene como pilar a la pobreza como virtud; ser pobre pero honrado ha sido una tarjeta de presentación explotadas en la historias de consumo en el cine y la televisión -y últimamente por el gobierno federal- pero esa uniformidad supuestamente deseable por ciertas divinidades fuera de sustentar la conformidad, provoca que la mayor parte del tiempo nos quejemos por no tener dinero y obliga a algunos a dedicarse a la delincuencia. Las contradicciones acentúan las desesperanzas añejadas en barricas de mal entendida estoicidad y resignación punzante que se encaja en las rodillas de un pueblo penitente que finge fortaleza en un caparazón de simulación.

La convivencia está condenada a una ficción políticamente correcta, sin convicción ni ganas de volver a un esquema de honorabilidad guardada para las películas de los hermanos Soler; ya no se puede levantar la voz porque un grupo se espanta, la crítica es siempre un ataque a la sensibilidad de otro, el señalamiento es censura y la piel de los habitantes de este país es cada vez más delgada. Lo que parecía una fábula o novela de marcianos, se ha vuelto realidad; las verdaderas ofensas como la pobreza extrema, la discriminación irracional, la falta de condiciones para la libre empresa o cualquier otra lindura con la que nos han gobernado, amenazan con posicionarse para siempre. Salud.

Beto

Para saber más:

Zunzunegui, Juan Miguel. (2020). Los mitos que nos dieron traumas. México, De Bolsillo.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

La textura de la tinta

No te muevas, no te va a doler. Foto: BAER

La metamorfosis tiene sonido en el papel, las manchas dejadas por la punta del bolígrafo cambian su textura con cada surco convertido en signos, signos transformados en imágenes que a su vez conforman historias. La suavidad de la hoja en blanco da paso a un tacto apergaminado que cruje sin armonía aparente, pues el ritmo está marcado exclusivamente por la lectura. Crestas y valles en miniatura enamoran a las pupilas, éstas se extasían con los irregulares trazos de un pulso que se vuelve un poco más errático cada día, pero que nada le resta a la intención de llegar a consciencias ajenas; un contacto visual antes de la virtualidad en que nos conducimos en estos días.

Los retratos y paisajes resultantes de los trazos en las líneas guía, tienen el cometido de replicar sus rasgos en cada masa encefálica que acepta el reto de mimetizarse por unos momentos con realidades alternas visualizadas desde diversos aprendizajes; algunos informarán, otros acusarán, los más servirán de distracción de las labores impuestas por la fuerza de la costumbre. Algunos derramarán la tinta, otros la colocarán cuidadosamente en el albo de la superficie sacada de las entrañas de los añosos árboles que encuentran así, una versión alterna de la eternidad, ésta compartida mediante un acuerdo en el que se entregaron resignados a ser mutilados por sierras carentes de todo pudor.

Surco a surco las páginas se llenan de recuerdos o ficciones, crean mundos enteros en complicidad con aquellos dispuestos a dejarse llevar figurativamente por la fantasía; pero también la contundente realidad tiene cabida y se cuela sin importar el color del pigmento que se use, el efecto de semi rigidez no reconoce cromaticidad pero sí se alivia un poco con el peso de las páginas. La mano hiere y rasga, la hoja recibe el estímulo sin protesta, pero exigiendo la formalidad total de las convenciones caligráficas ya que en sí misma, si se carece del mínimo cuidado, se transformará su intención inicial en perenne reclamo, en denuncia infinita de lo irrespetuoso de nuestro proceder.

Al llegar al último renglón, se tiene la oportunidad de cambiar de hoja o de concluir la idea, sin embargo, si lo que se termina es la tinta, todo afán termina con ella, no puede separarse de donde fue colocada, no pueden cambiarse las formas dibujadas, nunca volverá a ser potencial insumo, ya se transformó en producto, ya cumplió un cometido. Cambió su líquida esencia en un sinfín de rayas cuya coherencia queda a consideración de personas ajenas al proceso inicial pero que amenazan con convertirse en parte integrante de una nueva dinámica que resulta auto renovable con cada nueva vista, conformando así, una complicidad que espera ser heredada. Salud.

Beto

martes, 1 de diciembre de 2020

Exlibris

Cada rasgo en cada imagen sirve para identificar
a un ente especial. Foto: BAER

Al igual que con cualquier mercancía, el problema no está en crearlas, sino en posicionarlas en al gusto de los diversos públicos que existan para ellas; las ideas pueden ser muy buenas y hasta presentarse como propuestas para solucionar problemas arraigados, sin embargo, dependen del entorno en el que se quiera aplicarlas. Muy buena parte en el logro de posicionamiento tiene que ver con la identificación de la marce; señalamos y señalamos con signos lo que es de nuestra propiedad o a lo que le transferimos nuestra identidad. Lo apartamos del montón, le damos una categoría y lo exponemos a la vista de los demás para que también ellos tengan el conocimiento de la ascendencia que ejercemos.

Las firmas o mejor dicho, las rúbricas y los logotipos aún presentan una utilidad generalizada; documentos, peliculas, programas de televisión, automóviles, en fin, la cantidad de objetos susceptibles de propiedad individual o corporativa se identifican con algún signo que, de alguna manera, resume la identidad de su fabricante o su dueño. En el caso de los libros, el signo de propiedad individual de mayor elegancia es el exlibris; de diseño único, su dibujo puede estar impreso mediante un sello o sobre una cartulina adherible, generalmente puesto en la página inicial de una obra que se quiere mostrar que pertenece a alguien en particular, ya sea porque se adquirió mediante un pago o por regalo.

Por mucho tempo fueron motivo de cierto barroquismo por parte de sus creadores, al grado de ser una explosión visual de colores y formas que, si bien resultaban atractivas, dificultaban la distinción de sus componentes. Éstos podían variar según el gusto del portador y contener aves, plantas, animales mitológicos o lugares de interés que hicieran referencia a una zona geográfica, a la nobleza del identificado o a alguna parte de un escudo de armas. Las dimensiones también cambiaban según fuera el formato de los libros a “sellar”, pero sus proporciones debían corresponder armónicamente con la hoja que ocuparán, para no tener que aumentar la imagen o rellenarla.

Aunque en la actualidad sólo algunos interesados hacen uso de él, la imagen del exlibris mantiene esa imagen de distinción por la creación de figuras más elaboradas que hacen referencia a personas especiales interesadas en la conservación de sus archivos bibliográficos. Además, la creación de un exlibris es un ejercicio mental que obliga a plasmar en una imagen la manera en la que nos gustaría que nos percibieran todos aquellos que se dieran el tiempo de asomarse a nuestra biblioteca. Si acaso pensáramos que no es un trabajo en el que nos fuera bien porque dibujar no está entre nuestras fortalezas, para eso nos serviría contratar los servicios de un diseñador gráfico y así de paso, nos enteramos que realmente son útiles. Salud.

Beto

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...