![]() |
| Si seguimos tan permisivos, ¿cómo estarán hablando las nuevas generaciones? Foto: Ana Vargas. |
Dicen que nada daña más cualquier relación que las verdades a medias; más que un engaño, más que el ataque directo a algún aspecto de nuestra persona, las verdades a medias tienen el tino de crear duda inmediata, de sembrar la semilla de la desconfianza, de tenernos en completa zozobra ante las personas que se supone nunca nos harían daño.
También son la fuente principal de lo que llamamos malos entendidos; desde cierto punto de vista, las oraciones incompletas son lo mismo que las verdades a medias. Dejan demasiado espacio a nuestro cerebro para completarlas con lo que nos dé la gana y el peligro no está en la variedad de opciones, sino en que los complementos no son otra cosa que lugares comunes.
Digan una frase que otro deba completar y seguramente no resistirá la tentación de hacer referencia a alguna situación de corte sexual, quizá el más decente lo pensará solamente. Reaccionamos ya en automático y eso crea una burbuja que limita nuestra expresión por lo magro en el número de palabras que no tienen connotación hacia los genitales.
Y no es que no existan, sino que cada vez usamos menos palabras y las que usamos, están fuera de su contexto normal; lo peor del caso es que los criterios para que ese tipo de expresiones se integren a la lista de palabras aprobadas por la RAE, es el simple uso por un número relativamente grande de personas, sin mayor averiguación del porqué las usan.
Porque pensémoslo de esta manera: ya que la mayoría es la que impone si se hace una cosa o no, lo que en derecho se llama consuetudo legis (creo) entonces si tuviéramos diez invitados a comer y de pronto notamos que seis de ellos comen con la boca abierta, no por ello los otros cuatro tendríamos que hacerlo los demás. Algo así estamos haciendo con nuestro idioma. Salud.
Beto

No hay comentarios:
Publicar un comentario