martes, 3 de febrero de 2026

La práctica epistolar

Para contarnos lo que nos pasa,
no hay como la escritura. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. La pluma de verdad. Desde el tintero y la pluma de ganso han pasado varias etapas en las que la tecnología, como en todo, ha facilitado el accionar cotidiano; el punto más alto entre comodidad y portabilidad se alcanzó con el bolígrafo, pero ha estado acompañado por otro tipo de instrumentos donde la estilográfica es la reina; cuando la comunicación habitual se hacía por carta, el tener la mejor pluma posible era una legítima aspiración, dado que era una de las tarjetas de presentación de todo individuo que se preciara de serlo. Junto con la calidad de la pluma iba la calidad de la escritura o, eso era lo deseable porque sacar del bolsillo una Mont Blanc y garabatear rayas sin estética alguna, dejaba mucho que desear; lo contrario tampoco era bueno, pero ésa sería la condición normal de todos, tener una Waterman no era fácil.

2. Todo está en la mano. Una pluma chapada en oro, un repuesto Parker y un papel lacrado no compensan una mala caligrafía, tampoco el papel y la tinta escolares embellecerán más el dibujo redondeado de una letra bien hecha, pero no le hará mella. Una mano educada realizará el mismo trabajo en cualquier superficie y con cualquier instrumento, lo mejor del caso es que no es imperioso aprender desde pequeños, el entrenamiento caligráfico puede realizarse a cualquier edad, con resultados satisfactorios si se tiene paciencia. No tenemos una cultura caligráfica como la que desarrollaron los pueblos prehispánicos o como la que aún conservan en el lejano oriente, pero sin duda apreciamos en el fondo, una buena letra y con mayor razón, si ésta va dirigida a nosotros en una misiva o en una invitación.

3. Retomar el formato. La tecnología pareciera impedirnos el voltear atrás y revalorar a los instrumentos de escritura a mano, lo mismo pasa entre la mensajería tradicional y la electrónica, pero es que aún no hemos descubierto el nicho de oportunidad que el correo analógico (si se me permite llamarlo así) nos presenta hoy en día; ya varias voces se han levantado a opinar y a difundir sobre los beneficios a nivel sináptico que obtenemos empuñando una pluma, algo de razón de haber debido a que la mecanización de movimientos se reduce al dibujo de letras, pero no trasciende a la manera en que vamos a plasmar el pensamiento. Por otro lado, el contacto con el papel, tanto de la pluma como de la mano, nos brinda sensaciones en dos sentidos de valoración, herramienta y ser.

4. Regreso a la personalización. El estilo de escritura necesita ciertos apoyos que faciliten la identificación del autor epistolar, para empezar están el papel y los sobres, nada identifica más rápida y efectivamente que un color o una forma que digan algo sobre su personalidad; junto a esos vehículos de tinta, podríamos aplicar una manera específica de doblar el papel, para aumentar un poco la emoción de descubrir el contenido. No está prohibido el uso de etiquetas o sellos, pero teniendo la precaución de no interferir con los del servicio postal si va a hacerse uso de él; en última instancia están la pluma y la tinta, lo que va más allá de la compra de bolígrafos en una papelería cualquiera, pero por algo hay que empezar, lo más importante será el adquirir el gusto por los colores y las texturas. Salud.

Beto

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