martes, 11 de marzo de 2025

¿Hay límites en la erudición?

Quizás así me veía cuando
me dejaban trabajos. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Al igual que una de mis sobrinas, alguna vez llegué a pensar que un maestro debía saberlo todo acerca de la materia que impartía, imagen que conservé hasta mi ingreso a la universidad, pues ya dentro de ese ambiente, pude percatarme de que los maestros también son seres humanos que pueden tener la humildad de aceptar que no todo lo saben, pero que ésa es la mayor bendición que pueden tener como profesionales de la enseñanza. La aceptación de la propia ignorancia, permite evitar el ridículo de tener que aparentar sabiduría donde no la hay y, junto con ello, que es la ignorancia precisamente, la que nos permite disfrutar de cualquier averiguación llegando por ende, a interesarnos por la investigación. Ahora bien, esos mismos maestros tenían la característica de saber mucho de muchas cosas, principalmente tres de ellos.

El primero que me impresionó fue Raymundo Sánchez, tanto por su apariencia como por la forma de dirigirse a nosotros; tengo que confesar que la verlo llegar enfundado en una camisa de franela a cuadros, pantalón de mezclilla y botas de trabajo, lo primero que imaginé es que se trataba de un sacerdote, quizá influido también porque apenas en los exámenes de admisión me había enterado de que la Ibero era de jesuitas, pero no, resultó ser laico, doctor en ciencias sociales y originario de Silao. Tremendo personaje, siempre hizo gala de un conocimiento profundo sobre varios temas e idiomas, lo que le permitió un manejo puntual de conceptos que usaba diestramente para explicarnos la información que debíamos manejar para entender nuestras teorías. Supusimos que alguien como él no debía saber de superficialidades como el fútbol, craso error, ¡hasta árbitro había sido!

El segundo personaje con el cual tuve la oportunidad de aprender, fue el doctor Ernesto Scheffler Vogel quien viajó cada tercer día de Guanajuato a León a darnos clases; aparte del cúmulo de conocimientos que cargaba consigo, parte de lo extraordinario (que hace cuarenta años lo era) es que su edad era de ochenta y como cereza en el pastel, cuando en la dirección le propusieron seguir con su clase al siguiente semestre, se negó diciendo que necesitaba un periodo de retroalimentación para tener qué enseñarnos ¿¡él!? Un hombre que con su sola experiencia tendría información para llenar varios cursos en la carrera ¿¡necesitaba estudiar!? Pues sí, él creía firmemente en que para dar una clase había que prepararse el mismo tiempo que lo que durara el curso y si eso, en este mundo absurdamente materialista no es humildad, no sé qué sea.

En el tercer puesto he declarado un empate dadas las condiciones de juventud y cercanía que lograban ambos con su trato, me refiero al licenciado Sergio Padilla Jiménez y al doctor Héctor Gómez Vargas con los cuales me precié de haber llevado una buena amistad, más con el primero que con el segundo, pero sólo por la frecuencia pues por la profundidad diría que fueron iguales; con Sergio llegamos a compartir el pan y la sal, intercambiamos impresiones sobre temas importantes y de la vida cotidiana; con Héctor, sólo eventualidades fuera de la escuela, como cuando lo encontré varado en pleno «bordo» y lo empujé hasta su casa con mi poderosísima máquina de ingeniería alemana, mi vocho pues, sin contar con que le confié la revisión de mi tesis; de los demás, sólo me queda ofrecerles una disculpa, pero sépanse que de todos me acuerdo con cariño. Salud.

Beto

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