martes, 25 de marzo de 2025

La industriosa revolución

Diría Manolito que aquí hay libertad
de cultos. Foto: BAER

Irapuato, Gto. En espera de una nueva racha de inspiración, me encuentro admirando un trozo de este mundo que pareciera querer rebelarse en contra de lo que hemos venido haciéndole desde hace ya más de un siglo; los documentos fílmicos de finales del siglo XIX nos muestran un ambiente de novedad irresponsable por ignorancia, causada ésta por la ilusoria abundancia que estaba obteniéndose con la recién descubierta producción en serie. Lejos estaban los residentes del Reino Unido, Estados Unidos, Alemania y todo el bloque que conocemos como el primer mundo, de saber todo el daño que estaban causando al agua, al aire, a la flora y a la fauna silvestre con toda la contaminación producida por las fábricas con las que transformaban materias primas en productos, dejando la solución del problema para cuando se hiciera urgente, algo que no llegaron a ver.

El mundo tuvo que acoplarse al ritmo que impusieron esos países que iniciaron el cambio en las concepciones del planeta, lo que no significó alcanzar la igualdad, sino una nueva forma de dominación; cambiaron asimismo conceptos como comodidad, clase, calidad, modernidad y los trabajos pasaron a industrializarse, apareció la clase obrera mientras la patronal diversificó sus modos de entradas de dinero que al fin y al cabo, es a lo que se reduce todo el capitalismo. Pero no sólo las monedas se volvieron capital de cambio, también la escolarización se adhirió a la idea de la riqueza contable por medio de títulos y certificados, aunque pocas veces se cumple el adagio de que «los estudios dan un buen trabajo» y, por ende, un buen sueldo. Historias de éxito comenzaron a aparecer pero los protagonistas de ellas difícilmente eran reconocidos en su comunidad.

El detalle estaba ahí, sólo unos cuantos podían acceder a buenos empleos pero no era por su esfuerzo y trabajo arduo como pregona el individualismo, sino por las relaciones que podían hacer, por pertenecer a una familia adinerada de origen o por mero accidente como el hacer «un favor» a un rico o sacarse la lotería, materias primas éstas de películas que nada más refuerzan la fantasía de volverse millonario sin mayor esfuerzo. Es posible que, si bien es cierto que por ley de probabilidades sugiere que pueda suceder, también lo es que la inmensa mayoría no está ni cerca de tener en las manos un billete, mucho menos un flujo de efectivo que siquiera le permita holgura en su vida cotidiana, a pesar de lo que percibimos, seguimos creyendo en esos golpes de suerte debido a que no terminamos los ciclos propuestos por el materialismo histórico.

Lo peor del caso es que esas historias de fortuna imprevista se quedan en ese momento, pero no sabemos qué sucede después, si de verdad ese trabajador que ni la primaria pudo terminar, administró esos millones y por ello fue feliz para siempre, si abrió fuentes de empleo para las personas que apreció o para explotar a otros como él fue explotado o de plano, encontró «la felicidad» despilfarrándolo todo en vino, mujeres y canto. La sabiduría popular apuntaría a esto último ya que «el que nunca tuvo y de pronto llega a tener, loco se quiere volver»; este repaso por algunas de las formas de pensar que tenemos, debería servirnos para imaginar situaciones ficticias que nos llevarán a una escritura introspectiva sobre lo que suponemos de la propia naturaleza. Salud.

Beto

martes, 18 de marzo de 2025

Oro en vía de extinción

Y de pronto, ¡zaz! que aparece
el petróleo. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Para la literatura, el petróleo no ha tenido un impacto sonado como pudieron tenerlo otros recursos como la electricidad, la tierra o el mar; el «oro negro» quizá por su color, viscosidad o la manera no muy limpia de su extracción, pareciera no inspirar mucho a pesar de sus múltiples utilidades y subproductos; a lo mucho, el plástico fue un referente para calificar algunos comportamientos superfluos o documentales para ilustrar los avances tecnológicos desde el siglo pasado, pero novelas o cuentos basados en temas relacionados, no creo que haya muchos. Cualquier tópico cae en la expropiación, cuya literatura se avoca a los personajes políticos o al hecho mismo, pero no al producto o a los beneficios que su explotación traería al pueblo ¿será quizá porque se trata de una industria secuestrada por los gobiernos de la revolución? El caso es que, por costumbre, la vida de un petrolero no llama la atención.

En la cotidianidad, la convivencia con los hidrocarburos, aunque normalizada, también es dañina en cuanto a la calidad de vida que suponemos tener, dado que con la comodidad en los traslados vienen aparejadas las afecciones respiratorias, la conjuntivitis y los padecimientos gastrointestinales por la cantidad de desechos sólidos y humo que flotan en el aire y que respiramos a diario; el panorama así no pinta muy bien, eso sin contar con que la industria farmacéutica sigue produciendo medicamentos para males específicos pero que tienden a descomponer otros órganos en el proceso, por ejemplo, generalmente los medicamentos dirigidos a calmar los síntomas de la gripe, suelen lastimar la flora intestinal, más cuando se toman sin vigilancia médica y por consejo de un bienintencionado compadre.

Creen en que la crisis se acabará por vías del petróleo es como confiar en que la Revolución de verdad fue un movimiento popular para reivindicar a las clases menesterosas; nada de lo que se ha emprendido como país ha visto por los más necesitados, cuando mucho, son tomados en cuenta en los periodos electorales o como carne de cañón para los conflictos entre sectores partidistas. En este sentido, la expropiación del hidrocarburo no ha servido (aparte de enriquecer a unos cuantos) para crear una lógica demagógica que para nada ha ayudado en lo referente a traer bienestar ala población, por el contrario, por sobre el robo a despoblado que significa mantener a la petrolera monopólica Pemex, tenemos que soportar el huachicol, presumiblemente perpetrado desde las entrañas mismas de la paraestatal con la mayor de las impunidades.

Hace algunos lustros se vaticinaba que para estas fechas, el petróleo del subsuelo mexicano ya se habría agotado, por lo que tímidamente se empezó a trabajar en la implementación de energías limpias y renovables, pero a tan sólo unos meses de aparecida la noticia, salió otra afirmando que se habían encontrado nuevos mantos y que tendríamos hidrocarburo para unas décadas más; la paranoia y el sospechosismo se imponen pues resulta curioso que cuando afirmamos sobre buscar alternativas que nos pusieran a la vanguardia de la producción de energía, de pronto no se terminara el petróleo y lo eólico, la energía solar y el agua dejaron de ser atractivos nuevamente, así como cuando el anterior mandatario calificó de feas a las torres eólicas. Salud.

Beto

martes, 11 de marzo de 2025

¿Hay límites en la erudición?

Quizás así me veía cuando
me dejaban trabajos. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Al igual que una de mis sobrinas, alguna vez llegué a pensar que un maestro debía saberlo todo acerca de la materia que impartía, imagen que conservé hasta mi ingreso a la universidad, pues ya dentro de ese ambiente, pude percatarme de que los maestros también son seres humanos que pueden tener la humildad de aceptar que no todo lo saben, pero que ésa es la mayor bendición que pueden tener como profesionales de la enseñanza. La aceptación de la propia ignorancia, permite evitar el ridículo de tener que aparentar sabiduría donde no la hay y, junto con ello, que es la ignorancia precisamente, la que nos permite disfrutar de cualquier averiguación llegando por ende, a interesarnos por la investigación. Ahora bien, esos mismos maestros tenían la característica de saber mucho de muchas cosas, principalmente tres de ellos.

El primero que me impresionó fue Raymundo Sánchez, tanto por su apariencia como por la forma de dirigirse a nosotros; tengo que confesar que la verlo llegar enfundado en una camisa de franela a cuadros, pantalón de mezclilla y botas de trabajo, lo primero que imaginé es que se trataba de un sacerdote, quizá influido también porque apenas en los exámenes de admisión me había enterado de que la Ibero era de jesuitas, pero no, resultó ser laico, doctor en ciencias sociales y originario de Silao. Tremendo personaje, siempre hizo gala de un conocimiento profundo sobre varios temas e idiomas, lo que le permitió un manejo puntual de conceptos que usaba diestramente para explicarnos la información que debíamos manejar para entender nuestras teorías. Supusimos que alguien como él no debía saber de superficialidades como el fútbol, craso error, ¡hasta árbitro había sido!

El segundo personaje con el cual tuve la oportunidad de aprender, fue el doctor Ernesto Scheffler Vogel quien viajó cada tercer día de Guanajuato a León a darnos clases; aparte del cúmulo de conocimientos que cargaba consigo, parte de lo extraordinario (que hace cuarenta años lo era) es que su edad era de ochenta y como cereza en el pastel, cuando en la dirección le propusieron seguir con su clase al siguiente semestre, se negó diciendo que necesitaba un periodo de retroalimentación para tener qué enseñarnos ¿¡él!? Un hombre que con su sola experiencia tendría información para llenar varios cursos en la carrera ¿¡necesitaba estudiar!? Pues sí, él creía firmemente en que para dar una clase había que prepararse el mismo tiempo que lo que durara el curso y si eso, en este mundo absurdamente materialista no es humildad, no sé qué sea.

En el tercer puesto he declarado un empate dadas las condiciones de juventud y cercanía que lograban ambos con su trato, me refiero al licenciado Sergio Padilla Jiménez y al doctor Héctor Gómez Vargas con los cuales me precié de haber llevado una buena amistad, más con el primero que con el segundo, pero sólo por la frecuencia pues por la profundidad diría que fueron iguales; con Sergio llegamos a compartir el pan y la sal, intercambiamos impresiones sobre temas importantes y de la vida cotidiana; con Héctor, sólo eventualidades fuera de la escuela, como cuando lo encontré varado en pleno «bordo» y lo empujé hasta su casa con mi poderosísima máquina de ingeniería alemana, mi vocho pues, sin contar con que le confié la revisión de mi tesis; de los demás, sólo me queda ofrecerles una disculpa, pero sépanse que de todos me acuerdo con cariño. Salud.

Beto

martes, 4 de marzo de 2025

El outsider en mí

Solemos burlarnos del diferente, sin saber
qué es lo que lo motiva. Foto: BAER

Irapuato, Gto. No sólo el salmón o el koi nadan a contracorriente, algunos humanos tienen el coraje para oponerse a las tendencias y así encontrar propósito a sus acciones, ver lo que los demás no ven y proponer cosas antes no tomadas en cuenta; dicho así, pareciera que estar en contra de toda tendencia es bueno, lo que tampoco es consistente con la realidad porque, si nos imaginamos que nada más apareciera una tendencia nos pondríamos en contra, también estaríamos marcando tendencia. Por así decirlo, cada moda fabrica su contraparte puesto que no a todo el mundo le queda o le interesa alinearse para seguir aquello que a otros les gusta hacer; algunas personas que conozco suelen mantenerse apartadas de las tendencias por diversas razones que responden a las circunstancias particulares de cada evento o personas involucradas.

Sentirse ajeno es cuestión de trabajo mental basado en los valores inculcados desde casa, el exterior influye en la medida en que lo permitimos, de otra manera sólo por amenazas; para los extranjeros perpetuos (los que nos la pasamos un buen tiempo cambiando de domicilio y ciudad), la sobrevivencia mediante la adaptación se vuelve un estilo de vida que así como puede set una ventaja para desarrollarnos donde sea, también puede ser una contra para comprometernos abiertamente por no sentirnos parte de la comunidad. Hay algunos trucos que podemos utilizar para encajar, dependiendo de la dinámica que se lleve a cabo cotidianamente; una buena idea cuando el grupo es dado a externar sus ideas hablando, es quedarse callado al principio para comprender lo mejor posible los tópicos que tratan y así poder definir en qué tema podemos participar.

Obviamente, sólo hay que participar en cuanto se nos solicite hasta tener ganado un espacio propio y poder dirigir las pláticas, si eso es lo que buscamos; no creo que haya grupos silentes excepto algunos monjes con votos así, pero por la naturaleza de sus trabajos pudieran serlo y aquí, por muy contradictorio que pareciera, no vamos a convertirnos en el parlanchín bajo ese ambiente, no pasaríamos de ser impertinentes. A lo que quiero llegar es que no siempre la misma fórmula (el ser o hacer lo contrario) va a funcionar en todos lados; si podemos hacer un símil con el cajón de herramientas, entenderemos que no podemos aflojar un tornillo a martillazos, así nuestras capacidades de socialización, no van a apreciarse igual en los distintos grupos en los que estemos desenvolviéndonos, por mucho que nos esforcemos en mantenerlos homogéneos.

Pero eso anterior es aprendido, claro que por naturaleza tendemos a agruparnos y a tratar de agradar, por lo que lo que debería imperar en nuestras relaciones, es el desarrollar las habilidades necesarias para que no se nos dificultara el encajar en ningún lado; sin embargo, algunos preferiremos que la convivencia sea eventual, algo así como una concesión que brindamos a los demás para que sepan que, a pesar del supuesto alejamiento, cuentan con nosotros para todo lo posible, porque lo imposible podría tomarnos más tiempo. En algún momento volverá (si es que se ha ido) la sensación de no pertenecer y no es que nos neguemos, simplemente nuestra naturaleza se rebelará ante lo que pudiera parecernos una imposición; no sólo es pensar distinto, es también pensar atemporalmente y aun así, tratar de encajar. Salud.

Beto

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...