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| Como todo, escribir no sale a la primera, pero sí sale. Foto: BAER |
Sean seres ficticios o históricos, lo que vivieron tiene el atractivo de la inmunidad ya que a nosotros nada nos pasará al leerlo, cuanto más, podríamos identificarnos, admirarnos o indignarnos pero sin compromisos ni consecuencias; ver algunas realidades dentro de una burbuja nos permite darnos cuenta de todo eso de lo que gozamos pero también de lo que carecemos, incluso si la historia que leemos está en las páginas del diario de nota roja. Es un alivio que a nosotros no nos pase lo malo aunque sea una lástima que suceda, pero ¿qué podemos hacer? Sólo enterarnos de lo sucedido y tratar de evitar que esos «accidentes» se produzcan cerca de nosotros o de los nuestros; la imagen de una vitrina también sirve aunque nos pone en una plataforma ajena a lo observado, que es quizá, la forma más utilizada por todos para tratar de comprender el exterior dado que es un mecanismo que nos permite mantenernos objetivos ante lo observado.
Al menos eso deseamos creer, pero la identificación con los personajes creados por otros, nos facilita el trabajo de crear universos alternativos, pero no merma de ninguna manera el uso de la imaginación; para efectos de la producción literaria habría que hacer acopio de toda la visión infantil que nos quede en bodega, desde recuerdos hasta todo eso que nos sacó una expresión de sorpresa, admiración contagiada por alguien cercano, lo cual le da el valor extra de ser compartido con cierta lógica, por ejemplo, el ser fanático de un deporte y de un equipo específico, seguir la trayectoria de un atleta, aficionarnos a un tipo de lectura o música, permite desarrollar el sentido de pertenencia a la sociedad en la que vivimos y, posiblemente, descubrir todo aquello que es presumible del espacio geográfico que ocupamos porque, después de todo, gran parte de nuestro cometido en esta vida, es dar razón de lo que hicimos en ella.
Describir los parajes, las elevaciones, los edificios o las calles del lugar que habitamos es un trabajo especializado que no muchos se animan a realizar, puesto que hay la tendencia a creer que es difícil hacerlo, pero yo objetaría a esa suposición que la única existente es el descubrir la manera en que nos gusta platicar (si es que nos gusta), porque los temas se nutren con lo que leemos o escuchamos, lo corto de palabras se soluciona averiguando en un diccionario (por lo que hay que tener uno a la mano siempre) y lo fantasioso se equilibra con el uso de la lógica. En estas líneas pareciera que estoy simplificando demasiado el camino a la escritura, quizá sea así pues aún no he mencionado uno de los elementos más importantes que distingue al escritor de quienes ven remota la posibilidad de convertirse en uno que es la voluntad. Las hojas y las plumas están en su lugar, nada más falta usarlas. Salud.
Beto



