martes, 11 de junio de 2024

Comunicación inyectada

La teoría de la aguja hipodérmica no considera
la capacidad de decisión. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Me tomaré la libertad de disentir sobre algunos conceptos que usamos cotidianamente, sin la esperanza de que las cosas cambien, pero sí con la conciencia tranquila de haberme quitado este peso. Debe ser de esa manera ya que la ciencia a la que me dedico, aún no ajusta lo suficiente sus términos de uso del conocimiento y ésta sería mi minúscula participación para llegar a ello; las formas que usamos para expresar lo que pensamos o sentimos, siguen ciertas reglas que responden a rasgos culturales o circunstancias específicas de convivencia (laboral, escolar, familiar) y a los hábitos, tanto los acumulados como los eventuales, todo ello bajo la perspectiva de las etapas de desarrollo humano que pueden verse desde lo biológico y desde lo escolar.

Mucho de lo que aprendemos se logra con repetición, con el hecho de tener la conciencia (o resignación) de que algo debe pasar, dentro del aprendizaje debe haber una especie de complicidad además de la confianza en dos sentidos, la primera, de que somos capaces de aprender y la segunda, de que lo que se nos enseñará es útil y verdadero. Lo anterior sería una explicación llana de lo que la teoría comunicacional de la aguja hipodérmica de que los mensajes a los que estamos expuestos, se nos introyectan como en una vacuna, es decir, en todo momento sabemos que una inoculación intramuscular o subcutánea será en nuestro beneficio a pesar del dolor que pueda producirnos en primera instancia, toda información de esa manera se vuelve un agente de cambio y de mantenimiento.

Por supuesto, hay información que nos produce placer como el anuncio de que fuimos aceptados para ocupar un puesto en alguna empresa, que el resultado de un examen nos favorece o que nos sacamos la lotería, lo que hace difícil la descripción de la comunicación como una inyección pues no creo que la parte de la introducción de una aguja tenga que ver con el placer, aunque sería comprensible que se entendiera que, una vez introducida, nada hay que podamos hacer para evitar que el «líquido» entre en nuestro sistema. La no consideración de que somos capaces de decidir, hace que esta teoría se enfoque en el fenómeno de la comunicación cuando estamos en contacto con la información y aun así, en la realidad sí decidimos si la consumimos o no.

Por algún tiempo se pensó que la exposición a la información circundante como entes pasivos tenía una carga de peligro al grado del dominio mental, sin embargo, tuvimos que desechar esa consideración debido a que en efecto, somos capaces de decidir si esas exposiciones son pertinentes o en qué tiempo el gusto o la casualidad nos obligarán a cambiar nuestro consumo de mensajes; para ello, el mecanismo del olvido resulta muy útil porque llenar nuestro cerebro con información banal podría llegar a atrofiarlo, exageraciones más o menos, pero podríamos comparar a personas con las mismas circunstancias con acceso a diferentes tipos de mensajes si es que acaso mantienen conversaciones distintas en niveles, pero con un machote predeterminado que no tenga que ver con lo que vieron o escucharon. Salud.

Beto

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