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| Como con los objetos, con las palabras también encontramos similitudes. Foto: BAER |
Algunas de nuestras convicciones se dan por “contagio” al entrar en contacto con una persona o un grupo significativos que las tienen, por lo que para encajar, las adoptamos; habrá situaciones o personajes en nuestras lecturas que aceptamos sin reparo, pero otras nos saltarán por su propia coherencia; es posible aceptar la existencia literaria de animales parlantes, objetos animados, dragones escupe fuego, gnomos cuidadores de bosques, hadas que cumplen deseos y una infinidad de lugares que nos hacen abrir los ojos, pero no porque pensemos que fueron sacados de una realidad remota o alterna, sino porque se crearon con antelación, los códigos de comportamiento de cada uno de ellos por lo que pensar en monstruos benefactores, alimañas salvadoras o hechiceros que hacen el bien, requiere de una descodificación.
En los últimos tiempos hemos sido testigos de situaciones que antaño nos hubieran parecido extrañas o aberrantes (como ha sucedido en casi todas las épocas y casi por los mismos motivos) pero aún quedan algunas posibilidades de ficción, es decir, latrocinio, asalto, asesinato, fraude, corrupción, siempre han existido así como la bondad, la solidaridad, el trabajo, la cooperación y todos esos conceptos suelen dar temas para la escritura tan variados como la existencia de seres humanos en el mundo. En cada cultura, la fantasía juega un papel primordial, pero son las referencias en las que crecimos lo que le dará verosimilitud a una narración; dado que en casi todo el mundo tenemos nociones de lo que es un tótem, nos resulta creíble escuchar una historia donde un zorro tiene una plática con un cuervo.
La humanización, antropomorfización y adjudicación de valores a los objetos y animales en el mundo literario son prácticas heredadas de los grandes mitos emanados de las religiones y las historias épicas, los escritores no estamos ajenos a la cultura general, por el contrario, con nuestros trabajos tratamos de apuntalarla con un manejo complementario de las costumbres y tradiciones que nos identifican como pobladores de una región determinada. Son todos esos datos con los que logramos hacer creíbles las historias, haciendo coherente la fantasía teniendo como cómplice al imaginario colectivo; ahí donde la pluma deje huecos, llegará el lector a completarlos con la libertad y autoridad que le da el ejercicio pleno de sus facultades para leer. Salud.
Beto

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