martes, 28 de noviembre de 2023

Telégrafo universal

¿Es ésta una cara de dolor o un orgasmo?
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Fuera de toda crítica negativa a los hábitos impuestos al uso de la tecnología de la información y comunicación, el moderno telégrafo debería tener un lapso de reivindicación para mejorar su uso que la cotidianidad sólo critica, pero no da soluciones. Los mensajes instantáneos ahorran tiempo, acortan las angustias y casi eliminan los pretextos, pero las maneras en su uso son las que ponemos en tela de juicio; si han tenido la tentación de suplir palabras con dibujitos, escribirlas mochas o combinar ambas opciones, déjenme decirles que están usando un recurso bastante mal, es como jugar un partido de fútbol usando solamente chilenas, después de tres intentos se vuelve aburrido. Para que un mensaje mantenga nuestra atención, debe estar escrito de manera fluida y legible.

Cuando vamos a escribir un mensaje instantáneo, lo que debe dirigir nuestro pensamiento es el compactar las oraciones no el mutilar las palabras, tal cual lo hacían los trabajadores de telégrafos cuando nos sugerían ahorrar nuestro dinero; quizás ése sea un buen truco para aumentar la calidad de los mensajes escritos en el teléfono, pensar que nos van a cobrar por palabra, es decir, lo mismo daría escribir “xq” que “porque”, el chiste sería tener un mensaje con el menor número de palabras posible, que cubriera la idea total; por ejemplo, resultaría igual escribir: “te veo a las 5:00 pm en el café Capital” en lugar de “te veo en el lugar al que fuimos la otra vez que pediste un capuchino, ése que está en Díaz Ordaz”, pues lo que importa es encontrarnos, no qué pasó antes.

El administrar nuestras palabras haría que tuviéramos una forma más esquemática de pensar, lo que a la larga mejoraría considerablemente nuestras capacidades comunicativas ya que, por ejemplo, el llenar de información adicional a una instrucción hace que lo importante, que es realizar la tarea, se realice deficientemente o no se lleve a cabo. Si a lo anterior agregamos la baja comprensión lectora, el caos es inminente; fuera de tanta queja de mi parte pienso que tenemos, como individuos y sociedades de ahora, sí apropiarnos de una herramienta para mejorar como entes pensantes, que el teléfono móvil no sirva sólo para acortar distancias y entretenernos desviando nuestra atención hacia situaciones banales, sino convertirlo en un medio de aprendizaje que nos permita tener el alcance más conocimiento.

Sí, ahorremos tiempo escribiendo mensajes en la pantalla, pero no mutilemos las palabras ni hagamos pedazos la sintaxis, mejor busquemos la manera de ser concisos lo que se logra sabiendo cómo utilizar la lengua con la cual pensamos, nos divertimos y hasta reclamamos cuando algo que deseamos no quedó a nuestro agrado; utilicemos pocas palabras pero formando oraciones completas, no dejemos las dudas que lleva el usar dibujitos intercalados en los textos, seamos valientes ante el compromiso al que exponemos con las palabras y, por lo que más queramos, dejemos de creer que el uso de aufemismos es un rasgo de inteligencia. Si bien el llamado que hago desde esta humilde pero aguerrida tribuna no tiene esperanzas de trascender, con esto creo aportar un granito de arena a la cordura. Salud.

Beto

martes, 21 de noviembre de 2023

Ya huele a Navidad

Hasta Santa Clos parece de la 4T por
lo austero. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- En lugar de una fragancia parece más un tufo; la comercialización ha invadido anaqueles desde hace dos meses, imagino que por la coincidencia de colores usados en las fiestas patrias; la práctica comercial que hace algunas décadas fue una curiosa novedad (traída por tiendas norteamericanas) se ha convertido en una costumbre invasiva para otras conmemoraciones y festejos, amén de las imposiciones culturales que ahora vemos como parte de la globalización que compiten con las impuestas en la Colonia, minimizadas en algún grado con las tradiciones prehispánicas. La amalgama cultural está bien, enriquece la visión que tenemos de los festejos arraigados en el país, lo censurable es que no respetemos los tiempos de cada una, pues a la vista de la víspera tan prolongada, el motivo parece poco.

El aire empieza a refrigerar hasta los pensamientos, todo se ralentiza acoplándose al ritmo que marca el cambio de ropa, las caminatas diurnas se reservan para los que son verdaderamente aferrados al ejercicio y no temen enfermarse, lo cual no significa que no lo hagan sino que confían en que su condición física les ayudaría a salir pronto de cualquier percance respiratorio; las recomendaciones sobre el abrigo, las infusiones y las vacunas hacen su aparición con atropellada pertinencia así como los dichos populares cuando a algún despistado sin frío se le ocurre salir ligero a la calle, “pues sí, la juventud no se enferma”. ¡Y sí que lo hace! Quizás en un mayor número de ocasiones que los viejos porque la adaptación hormonal suele cobrar facturas de eso que creemos gratuito.

A falta de un mes, ya pasados el día de muertos y el de la Revolución, tenemos que ligar los festejos para no perder el ritmo; en esta ciudad la tenemos sencilla puesto que el doce de diciembre está envuelto en el festejo de los barrios, por lo que sólo debemos ocuparnos en llenar siete días (supongo que los barrios comienzan el 31 del presente) ya que después del 31 de diciembre y el 1° de enero, los días hasta el 5 los tomamos como un pequeño descanso para luego entrarle con fe a la rosca. No es raro que mucho de nuestra vida gire en torno a la comida, tanto los espacios reales como los virtuales que vamos construyendo a lo largo del tiempo tienen como referencia a la alimentación del cuerpo y del alma, dirían los clásicos, por lo que no necesitamos pretextos para el consumo cotidiano.

El caso es que las campanitas ya no se oyen tan lejos anunciándonos que viene detrás de ellas, la presión para la compra de los ingredientes para la cena, los regalos (para los que acostumbren hacerlos) y el largo peregrinar entre reuniones con antiguos amigos, familiares no tan cercanos y compañeros de trabajo con los cuales no solemos juntarnos, pero bueno, es el tiempo de compartir, de volver a confiar en que cumpliremos nuestros propósitos. Ya huele a navidad junto con el pavo, los romeritos, los ponches y el pozole (que no sé cómo le hace para colarse en todos lados), con la música en todos los centros comerciales, en las casas de los más entusiastas, en las iglesias más tradicionales; las actividades diarias cambian sus ritmos porque ya huele a navidad. Salud.

Beto

martes, 14 de noviembre de 2023

Observador de cotidianidad

¿Qué ves cuando me ves?. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Nuevamente las costumbres se hacen motivo de este espacio, que si bien no las ha tratado muy a fondo, sí se ha esmerado en tratar de establecer claramente lo que sirve de ellas en la vida diaria; su capacidad de asombro se mantendrá -en lo posible- intacta y sin filtros para que la información obtenida esté lo más pura que se pueda, quizás al contrario de un trabajo de investigación, matizada con los juicios previos para darle sabor al relato. Pero la costumbre se interpone entre el entorno y el escrito por tantos años en este espacio; con los objetos no hay problema, resisten las miradas de cualquiera, pero al observar a las personas, se vuelve a escuchar esa vocecilla interna que viene a recordarnos que es de mala educación fijar la mirada en la gente, muestra de un primitivismo arraigado.

La incomodidad que produce una mirada depende de la persona que la proporciona y la sensibilidad de quien la recibe, además del contexto en el que sucede; no es lo mismo fijar la mirada en una embarazada en el metro de la ciudad de México, que hacerlo a una cantante en un centro nocturno. Una variable en los casos anteriores sería la intención, precisamente por la incertidumbre que provoca la situación en sí, es decir, en el centro nocturno se puede intuir la admiración del comensal hacia la cantante en un alto porcentaje, mientras que en el metro, difícilmente podríamos asegurar qué es lo que el observador está pensando, incluso siendo buenos fisonomistas; no tenemos cotidianamente una manera estandarizada de interpretar los movimientos faciales para saber las intenciones exactas de alguien, ni siquiera la sonrisa.

Por ello la sentencia de “no mires fijamente a la gente” adquiere cierta pertinencia, sin embargo, debemos tener algún tipo de técnica para poder observar el entorno y a las personas sin causar molestias, como debe hacerlo un fotógrafo, un paisajista pintor o arquitecto, un guardia de seguridad y nosotros los escritores; vivimos de la observación y esa advertencia se interpone entre el mundo y la creación. Por otro lado, debemos ser muchos los que requerimos de la cotidianidad para obtener la materia prima, así que nos vendría bien a todos un curso de capacitación para saber distinguir las miradas de curiosidad de las amenazantes con el fin de dejar fluir la inspiración. Se me ocurren tres pistas para lograr al menos, una detección básica con base en el entorno, la situación y los movimientos corporales.

El entorno es sencillo, lo tenemos introyectado por intuición, le damos forma según las reglas de urbanidad con las que nos educaron, sólo falta hacer consciente cómo debemos mirar a la gente en cada lugar donde estemos para saber qué esperar de los demás. Las situaciones dependen del lugar, no solemos observar igual en un supermercado que en una funeraria; si no eres quien va a hacer las compras, ¿qué debes mirar? Si es a las personas, ¿para qué? Quizás estés esperando encontrarte a alguien. Entender la comunicación no verbal es otro boleto, no es tan difícil pero sí laborioso para identificar y distinguir tipos de sonrisas, levantamientos de oreja, movimientos oculares o cuando alguien camina raro por mala postura o malformación, lo que constituiría una buena parte del curso. Salud.

Beto

martes, 7 de noviembre de 2023

El ego del escritor

La admiración tiene límites, principalmente
el que la recibe. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Es como en todo, en el momento en que empezamos a recibir elogios por algo que hacemos y que le gustó a un buen número de personas, nuestra visión del mundo cambia; pero esto no trata de vanidades adquiridas por infección auditiva, sino de una etapa más riesgosa que aflora cuando las condiciones les son propicias. Antes que toda forma de admiración llegue, el escritor debe afrontar la formación de su propia imagen; varias son las partes que la componen, pero las más importantes tienen que ver con la formación de su público, la validez de sus textos y lo que suponga de sí mismo como resultado de los dos puntos anteriores. Existen muchos factores, pero es en estos tres en donde podríamos aglutinarlos como responsabilidad directa de cada ser que se dedique al noble oficio de la pluma.

En la entrega anterior mencionamos la fascinación de vuelo como riesgo máximo que corren los pilotos de pruebas, en un escritor supondría crear confusión en sus lectores por una extrema complicación en conceptos o rebuscamiento en sus estructuras, la creación que desborden la fantasía haciendo de sus textos un panorama inconexo y, la parte principal que suponga que con ello está creando un nuevo estilo. Puede suceder, por supuesto, que haya lectores que se fascinen también con textos o imágenes incongruentes o les encuentren otro sentido, pero sería un golpe de suerte. La mayor parte de las personas lee de manera lineal y sólo se permiten saltos de acuerdo a lo que suelen evocarles, en este sentido, los recuerdos personales son poderosos.

Los mecanismos para caer en la fascinación de vuelo son tan variados que casi ningún teórico se ha detenido a explicarla, quizá la principal razón esté en suponer que somos portadores de inspiración, que la poseemos, que disponemos de ella en cualquier lugar, nada más alejado de la realidad, la inspiración no es un patrimonio particular, ni siquiera es un préstamos al que se le pueden sacar réditos, por el contrario, se transformará en espejismos escurridizos al más mínimo intento de enjaularla. Su desaparición puede provocar algo de incomodidad o hasta incertidumbre, lo que habría que esconder de todas las maneras posibles, lo que garantice la salvaguarda de la imagen que se haya forjado durante el tiempo de su labor.

Creer ser escritor no implica ser superior, por el contrario, el ejecutor de la pluma es el primer servidor de la memoria colectiva para lo cual requiere de humildad para registrarla lo más fiel posible, aunque se tome libertades literarias que parezcan cambiar las historias, lo cual no sucede pues las esencia de lo acontecido se mantendrá a pesar de usar otros nombres y otros lugares. El escritor deberá despojarse de su yo para convertirse en un nosotros que pruebe que los tiempo se forjan con las acciones de todos, que sus personajes adquirirán vida propia y exigirán ir por donde mejor les plazca o se sientan más seguros. El escritor es un creador, pero también el traductor de lo que su entorno quiera que cuente a los demás. Salud.

Beto

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...