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| “Puenteó los circuitos después de forzar la llave”. Foto: BAER |
Provocar un apagón selectivo en tan vetustos edificios no debería ser un gran problema para José, menos teniendo el apoyo de Rosa desde los monitores, lo único que debían hacer era localizar la caja de distribución de energía o, en su defecto, entrar a la red de la Comisión; lo segundo les hubiera tomado demasiado tiempo, así que, enfundado en su disfraz de electricista, el muchacho se trepó al poste que su compañera le había indicado por radio, “puenteó” los circuitos después de forzar la llave de seguridad pues ésa no la consiguieron y terminando, volvió a colocar la escalera en la camioneta blanca con los logos perfectamente colocados en las portezuelas. Habían tenido que conseguir por fuera otra camioneta porque justo ese día, las institucionales estarían ocupadas, nada que algo de pintura no solucionara.
José tuvo el cuidado de colocarse un paliacate rodeándole en cuello que le cubriera parte de la cara, nada ilógico pues esa mañana había empezado particularmente fría; así que las cámaras de vigilancia sólo captarían la silueta de un trabajador, pero difícilmente identificarían su rostro en caso de una investigación policial; desde el primer instante que quedó instalado el “diablito”, Rosa recibió en su ordenador el esquema de los circuitos y el mapa digital de cómo estaban hechas las conexiones en todo el recinto así que ya podía dirigir el flujo eléctrico a voluntad. Obviamente no se trataba de dejarlos a oscuras, pero sí de entorpecer los equipos de cómputo y las alarmas, además de bloquear los accesos automáticos a las oficinas principales en las que se encontraría don Emilio Corcuera, posiblemente con una quinteta de escoltas.
La burocracia comenzaba a ocuparse de sus labores cotidianas sin reparar en el kiosco temporal que llevaba algunos días colocándose en el centro del patio ofreciendo paquetes vacacionales para jubilados, algunos a centros de meditación en las playas oaxaqueñas, otros en complejos de montaña entre Jalisco y Michoacán, sin dejar de lado la ruta del vino en Guanajuato, que de alguna manera ofrecía un buen número de los treinta y dos existentes en la localidad. El pequeño local lucía carteles de los paisajes jalisciences y michoacanos así como fotografías de los hoteles San Agustín, Chachacual y Santa Cruz en Huatulco y Corazón Mexicano y Abadía Plaza en Guanajuato capital. Lina se esmeraba en sonreír y repartir papelería para los curiosos que sólo querían platicar con ella. Continuará.
Beto

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