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| “Estrechó cada una de las manos que se le extendieron”. Foto: BAER |
Debió guardarla por mucho tiempo pues era conmemorativa de la obra teatral del Fantasma de la ópera, hasta que decidió usarla la mayor cantidad de veces posible después de que ella descubriera su infidelidad con... Lo peor del caso es que no recordaba con quién, ni siquiera si lo había disfrutado, sólo se trató de la manera que se le ocurrió en el momento para romper con ese matrimonio antes de que a ella le ocurriera lo mismo que a las anteriores, táctica que no resultó como él esperaba ya que falleció en circunstancias que la policía nunca aclaró, lo mismo que a los seres que amaba. Sólo mencionaron que, en el momento de su muerte, se encontraba en compañía de un hombre no identificado, sugiriendo un amante, algo que Efraín no creyó pues su mujer no hubiera sido capaz de una relación clandestina.
Pero ésa fue precisamente la clave para entender que nada de lo sucedido había sido casual y por ello, el tono y el motivo de sus “trabajos” habían cambiado; sabía que quien o quienes lo vigilaban se sentían cómodos en su incógnito y llevar un ataque precedido de una búsqueda específica, sólo los pondría en alerta, pero sí debía extremar precaucione para no sufrir más bajas. Terminó de arreglarse y bajó a la sala donde estaban todos esperándolo incluido Luis que, por esa ocasión, prescindió de sus “elegantes apariciones” como llamaba a las veces que llegaba tarde. Las miradas se concentraron en su figura faltando cinco escalones para llegar al piso, en esa ocasión no para recibir instrucciones pues ya todos sabían lo que debían hacer, el ambiente era más bien como de despedida a quien se jubila.
Estrechó cada una de las manos que se le extendieron y besó en la mejilla a cada mujer presente; les dedicó unos segundos en los que les hizo patente que su confianza en ellos seguía intacta y firme como en la primera vez que los contactó. Para su sorpresa, la mesa estaba dispuesta para un, quizás, último desayuno juntos; nadie estaba seguro de lo que les depararía, pues el riesgo que correrían sería mucho y, aunque Efraín nunca lo hubiera mencionado, todos intuían que sus intenciones rebasaban los límites que hasta entonces se habían impuesto. Comieron como si nada más importara en el mundo, una suave música envolvía el momento con la selección escogida por Ruth, en el modular que reproducía compactos en una platina de cinco piezas, de pronto el Gato comenzó a cantar y todos le siguieron. Continuará.
Beto

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