martes, 20 de septiembre de 2022

La familia Grande 90a. entrega

“Todos los espacios lucían llenos”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Adentro, los bailables y las tablas gimnásticas llenaban de orgullo a más de cincuenta mil espectadores; pasado el espectáculo, el desfile de las delegaciones preparó la entrada de la antorcha olímpica que portó para encender el pebetero la primera mujer en el mundo en hacerlo, la esgrimista Enriqueta Basilio. Explotó la algarabía, se escucharon vivas y porras que se confundían con otros gritos que, a decir de algunos, eran para quitarse el mal sabor de boca por las palabras del presidente de la República. Esos juegos significaban otras primeras veces como la participación de El Salvador, Honduras, Kuwait y Paraguay, la organización por parte de un país en vías de desarrollo, por una nación hispanohablante y realizada en América Latina.

Se había corrido el rumor de que el Gato intentaría un atentado en contra de Díaz Ordaz, no se sabía la procedencia de tal afirmación pero, tanto militares como elementos del Departamento del Distrito Federal estaban atentos a cualquier eventualidad. A pesar de las advertencias, Efraín, Luis y Saúl se dispusieron desde temprano a asistir a la inauguración, uno de sus compañeros de la universidad que había logrado entrar al grupo de voluntarios, iba a dejarlos pasar por una de las puertas de servicio, cuota de recuperación de por medio. “¿Ah, sí? ¿Y de qué te vas a recuperar?” “Pues del susto si llegan a descubrirme; no tienen una idea, cualquier libertad que nos tomemos, va a ser considerada casi, casi, traición a la patria”.

Desde ese momento aprendieron a ser escurridizos puesto que, desde su furtiva salida de las casas paternas hasta su incursión en el estadio, tuvieron que aparentar, vestirse y medir tiempos para entender las secuencias; de alguna manera sabían que la búsqueda de los participantes del dos de octubre no había cesado, pero ignoraban por completo que Efraín fuera un blanco definido para un ente ajeno al ejército. Bajaron del transporte y pasaron sin dificultad los cinturones de seguridad implementados por el Estado Mayor Presidencial, el consejo de don Efraín de cortarse el pelo sirvió para no ser detenidos como ocurrió con otro grupo de muchachos cuyo pecado fue vestirse de manera “estrafalaria”, así que los subieron a unas camionetas estacionadas allí.

Luis fue arrastrado por sus compañeros puesto que no deseaba apartarse de Nora, aún convaleciente y con un ligero trastorno en la memoria que la había mantenido esos días, postrada en la cama y sin querer de nada ni de nadie, de hecho, más tardaron en entrar que él en salir rumbo a donde ella estaba. Así que quedaron solos Efraín y Saúl y una ves que se despojaron de las filipinas que les sirvieron de disfraz del staff, fueron a sentarse en alguna de las escaleras que daban al centro del campo, con el inconveniente de que tuvieron que estar separados porque hasta esos espacios lucían llenos, lo que daba al traste la versión de su amigo de que la vigilancia era muy estricta y además debían lidiar con el paso de los vendedores de golosinas. Continuará.

Beto

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