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| “Había que acallar algunas voces.” Foto: BAER |
Obviamente la referencia no correspondía en tiempo a la alusión de aquel episodio de 1901 que en su momento, decían, fue la vergüenza máxima del régimen de Porfirio Díaz. Lo licencioso no se le quitaría nunca, a decir de Abraham, suponía que se había juntado con gente que lo mal influenciaba y Vicente solía contestar que, en realidad Eulalio era la mala influencia para los demás, lo cierto es que el mayor no tenía idea de quién era su hermano y el menor se encargaría de que “El 43" fuera su nombre de batalla, cosa que Eulalio tomó con humor. Sus actividades “artísticas” incluyeron algún tiempo, un espectáculo de trasvestismo en donde él fue la estrella; duró poco porque entendió que ese escaparate pondría en riesgo a toda su familia, pero el gusto se dio.
En diferentes épocas, los Corcuera vieron encumbrarse a personajes como Fidel Velázquez, Javier Rojo Gómez, Leonardo Rodríguez Alcaine o Joaquín Gamboa Pascoe, líderes obreros con los que tuvieron algo que ver para que sus negocios fueran prósperos; o Emilio Azcárraga Vidaurreta que vio por su seguridad en una de tantas crisis por las que pasó la economía entre los cincuenta y los sesenta, favor que amplió el área de influencia de Eulalio, una vez tomadas las riendas del negocio televisivo por parte de Emilo Azcárraga Milmo. Sin embargo, las negociaciones más fuertes tuvo que realizarlas Abraham con un personaje que había hecho del petróleo su negocio particular, al menos en dos periodos cruciales para el país, llamado Joaquín Hernández Galicia.
En lo más álgido, el dirigente sindical puso sobre la mesa un nuevo orden, al que debían ceñirse todas las empresas que daban servicio a PEMEX; las formas de producción y distribución de esos días, distaban mucho de la automatización con la que se deseaba contar, por lo que era menester actualizar la tecnología en víspera del cambio de régimen. Díaz Ordaz quería dejar un país que el próximo presidente presumiera en el extranjero, algo que de alguna manera hizo, aunque a un costo muy alto. El cambio beneficiaría a la empresa de Abraham, pero para poder entregarle la concesión, debía primero acallar algunas voces que por esos años andaban alborotando a la juventud, a una de esas voces ya la tenían identificada, lo apodaban El Gato. Continuará.
Beto

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