martes, 13 de septiembre de 2022

La familia Grande 89a. entrega

“No serían mas de veinte”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Abraham Corcuera ni siquiera pestañeó, aseguró que tenía los medios para que ese “muchachito” no siguiera interfiriendo con sus tonterías y que informaría de sus resultados lo más pronto posible. Desde ese instante, la suerte de los Grande estuvo echada, por mucho que Efraín escapara de las trampas de las que era objeto, no podía proteger a todos sus seres queridos de algún “accidente”, lo que fue sucediendo de una forma metódica, con la calma que ostenta un cazador para hacerse de su presa. Lo que Abraham no contempló, fue que en el intento por deshacerse del Gato, su hermano Vicente perecería por su falta de previsión; la culpa atormentó al patriarca de los Corcuera pero, como suele pasar en esos casos, buscó culpar a alguien más.

El objetivo ya estaba dado, no había que buscar porque la causa de su naciente odio deambulaba por la ciudad de México ignorando el dolor que le producía, odio que heredaría a su hijo Emilio, un hombre más intenso e impositivo que él mismo, que a sus cuarenta y cuatro años, en 1968 ya aspiraba a controlar el imperio familiar y esa persecución le abriría las puertas para lograrlo. Para el inicio de los Juegos Olímpicos, el movimiento ya había sido apagado, el régimen de Díaz Ordaz no podía darse el lujo de mostrar al mundo que su mano no era firme ni que no podía brindar seguridad a los visitantes del orbe; las calles volvían a su movimiento habitual pero con la sensación de que algo se había roto dentro del país, otrora un territorio en el que nada pasaba.

Ya que en la tarde del dos de octubre no fue posible cumplir con el cometido porque “quién sabe cómo le hizo el mozalbete” para escurrirse entre las vallas que había puesto el ejército, el nuevo plazo no debía pasar de la inauguración de los Juegos. Para el once, El Universal anotó que la Plaza de las Tres Culturas quedó lavada y remozada además del retiro de las fuerzas armadas de la Primera Zona Militar, al mismo tiempo que la XXI impedía una manifestación en Puebla y las notas sobre otras manifestaciones en Monterrey, Tepic y Sinaloa ocupaban ya pequeños segmentos en los rotativos. La mañana del doce obró el milagro de tener un sol brillante, el aire parecía volver a su región más transparente y toda la pléyade de dioses prehispánicos y santos españoles se asomaban para observar.

El estadio de Ciudad Universitaria rebosaba de cabo a rabo, una conmemoración del día de la raza no pudo tener un marco más espectacular, el palco presidencial era resguardado por elementos del Estado Mayor lo mismo que las inmediaciones; un grupo de jóvenes vestidos de civil se movían como una máquina bien aceitada, no podía ser de otra forma, tan sólo diez días antes habían puesto en práctica sus tácticas de ataque. Otro grupo no identificado realizaba trayectos similares a los del ejército y el batallón Olimpia, bien vestidos y más pausados en sus movimientos, ocultaban sus miradas detrás de gafas oscuras, no serían más de veinte pero tenían bien copada la plancha de acceso mezclándose con una multitud que deseaba acceder al inmueble. Continuará.

Beto

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