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| “Por fin gritó como si hubiera descubierto la cura contra el cáncer”. Foto: BAER |
“¿Con quién aprendiste a hablar español?” “En la escuela, era una materia optativa, ¿por qué lo pregunta?” “Porque me parece muy curioso que, siendo de la misma edad, me hables de usted”. “¿Está mal que lo haga?” “De ninguna manera, pero me sentiría más cómodo si me tutearas”. “Supuse que todos los de habla hispana lo hacían de esta manera”. “Algunas veces, para mostrar respeto a un rango o a alguien de mayor edad”. ”Ah, nuestro maestro nos enseñó así, de esta manera se dirigía a todos nosotros sin importar si éramos más jóvenes”. “Bueno, en algunos países sudamericanos aún se acostumbra, por ejemplo en Colombia o Ecuador, así como en Costa Rica y Panamá. Para México, eso es muy formal”.
Sonrieron con la complicidad que da el mutuo entendimiento y acordaron que se hablarían como estuvieran acostumbrados sabiendo que eso no obstaba para sentir familiaridad el uno con el otro, total, el colombiano que les enseñó a hablar en español ni se enteraría. Sólo faltaba una cosa que, con la intimidad que empezaba a surgir, le apenaba al muchacho preguntarle, pero debía ponerle un nombre a ese rostro cuya amabilidad había robado toda su atención. “Esperaba la ocasión en que lo preguntara, pero las cosas han fluido tan bien, que no creo necesario o urgente que lo sepa”, contestó pícara y le propuso un juego que según ella, daría mayor interés a su relación. “De acuerdo, pero debo llamarte de alguna forma”. “La que crea sea la más familiar”.
Hizo un gesto como de estar pensándolo mucho, hasta que por fin gritó como si hubiera descubierto la cura contra el cáncer, “¡Güerita!” La muchacha abrió los ojos dando a entender que no comprendía ni la expresión ni el entusiasmo. “Es la manera cariñosa en que nos referimos a las rubias en mi país”, explicó Saúl entre divertido y travieso. “Sólo espero que no se trate de un insulto”, contestó la rubia fingiendo un mohín. “¿Cómo crees, nunca te haría algo así”. Volvieron a reír y los treinta minutos que les restaban se fueron volando entre preguntas sobre sus lugares favoritos, las causas de sus aparentes felicidades y posibles tristezas o lo que esperarían que fuera su futuro, esto último hizo que Saúl se pusiera serio. Continuará.
Beto

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