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| “Tampoco dudaría que mi padre me quisiera muerto”. Foto: BAER |
A las siete en punto, José ya bañado y rasurado, se unió a la junta improvisada de admiración de la naturaleza, la casa en la que se encontraban lo permitía pues la terraza trasera daba hacia un bosque profundo que ocupaba casi todo el terreno de un barranco donde a lo lejos se oía el paso de un río de buenas proporciones y cuya desembocadura daba a una zona protegida; el canto de múltiples aves llevaban buen rato dándole la bienvenida a los rayos del sol que evidenciaban las gotas de rocío en las hojas de los arbustos y las agujas de los pinos. El silencio entre los hombres hizo a José esperar un momento adecuado para preguntarles qué deseaban de desayuno y hacer gala de sus dotes en la cocina.
Casi salen las palabras de su boca cuando reparó en la presencia de Luis; “¿acaso no iba a llegar más tarde?” escupió la pregunta sin un destinatario definido. Los cuatro voltearon a verlo sin ofrecer una respuesta más allá de levantar los hombros y en seguida, siguieron admirando el paisaje. El incómodo silencio para José se rompió con las voces de las mujeres provenientes de la sala, el tono de jovialidad indicaba que Lina ya se había enterado de la existencia de Nora y habían tenido tiempo de ponerse al tanto la una de la otra. La turbación que José experimentó en seguida fue interceptada al vuelo por Ruth, “ven, vamos a preparar algo para desayunar; yo te explico”. Se dejó llevar sin dejar de ver a ambas jóvenes charlando animadamente.
“Pues bien, señores. es hora de saber qué haremos para zafarnos o del problema o de quien lo haya causado”. “Crees que el joven Corcuera tenga algo que ver? O si no, ¿que estaría conforme si nuestras acciones afectaran a su familia?” “Que él haya participado en la trampa, los dudo. Ahora que, si tuviéramos que afectar a su padre, deberíamos manejárselo de tal forma que no le dañara demasiado” Saúl y el Gato ya habían comenzado a plantearse las posibles acciones en contra del empresario si descubrían hasta qué punto quería perjudicarlos. Estévan Corcuera atravesó la estancia integrándose de pronto a la plática. “No tengo pruebas, pero tampoco dudaría que mi padre me quisiera muerto”. Se hizo el silencio. Continuará.
Beto

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