martes, 12 de abril de 2022

La familia Grande 67a. entrega

“Tampoco dudaría que mi padre
me quisiera muerto”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Rieron de buena gana y se alegraron de tener a la hija de Luis como aliada. “Vas a tener que contarme todo a detalle, porque tu padre no es muy bueno narrando”, dijo Ruth tomando por la cintura a la muchacha que se dejó conducir hacia la cocina. “Y tú Jcinto, ya me estarás explicando cómo es que no te diste cuenta de que estaban rastreándote”. Jacinto sólo atinó a levantar los hombros honestamente perturbado. “No lo regañes, ya sabes que para las mañas que tenemos, todos conocemos los antídotos”, el Gato únicamente movió la cabeza de un lado a otro; estaba a punto de amanecer y los tres hombres decidieron esperar al alba, como cuando jóvenes terminaban de dar una serenata para la novia de alguno de los múltiples amigos de Luis.

A las siete en punto, José ya bañado y rasurado, se unió a la junta improvisada de admiración de la naturaleza, la casa en la que se encontraban lo permitía pues la terraza trasera daba hacia un bosque profundo que ocupaba casi todo el terreno de un barranco donde a lo lejos se oía el paso de un río de buenas proporciones y cuya desembocadura daba a una zona protegida; el canto de múltiples aves llevaban buen rato dándole la bienvenida a los rayos del sol que evidenciaban las gotas de rocío en las hojas de los arbustos y las agujas de los pinos. El silencio entre los hombres hizo a José esperar un momento adecuado para preguntarles qué deseaban de desayuno y hacer gala de sus dotes en la cocina.

Casi salen las palabras de su boca cuando reparó en la presencia de Luis; “¿acaso no iba a llegar más tarde?” escupió la pregunta sin un destinatario definido. Los cuatro voltearon a verlo sin ofrecer una respuesta más allá de levantar los hombros y en seguida, siguieron admirando el paisaje. El incómodo silencio para José se rompió con las voces de las mujeres provenientes de la sala, el tono de jovialidad indicaba que Lina ya se había enterado de la existencia de Nora y habían tenido tiempo de ponerse al tanto la una de la otra. La turbación que José experimentó en seguida fue interceptada al vuelo por Ruth, “ven, vamos a preparar algo para desayunar; yo te explico”. Se dejó llevar sin dejar de ver a ambas jóvenes charlando animadamente.

“Pues bien, señores. es hora de saber qué haremos para zafarnos o del problema o de quien lo haya causado”. “Crees que el joven Corcuera tenga algo que ver? O si no, ¿que estaría conforme si nuestras acciones afectaran a su familia?” “Que él haya participado en la trampa, los dudo. Ahora que, si tuviéramos que afectar a su padre, deberíamos manejárselo de tal forma que no le dañara demasiado” Saúl y el Gato ya habían comenzado a plantearse las posibles acciones en contra del empresario si descubrían hasta qué punto quería perjudicarlos. Estévan Corcuera atravesó la estancia integrándose de pronto a la plática. “No tengo pruebas, pero tampoco dudaría que mi padre me quisiera muerto”. Se hizo el silencio. Continuará.

Beto

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