martes, 22 de febrero de 2022

La familia Grande 60a. entrega

“Las palabras con las que Sergio agradeció
llevaban un mensaje oculto”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- El estupor mezclado con indignación se apoderó de aquellos que presenciaban el informe por televisión, al mismo tiempo que un nutrido aplauso llenaba la sala legislativa; la casa de los Grande se dividió entre el apoyo y la crítica más despiadada para una iniciativa que prometía hacer llegar los recursos a todo el país en tiempo y forma, algo que urgía al campo principalmente pero que, con el tiempo, vino a demostrar junto con la industria petrolera, que el gobierno es un pésimo administrador. El 2015 había conservado algo de antaño, el regreso del PRI al poder tajo consigo los vicios por los que dieciséis años atrás la población los había sacado de Los Pinos, pero eso dejaba un panorama propicio para las causas que debía atender la PSE.

Los Profesionales en seguridad Especial fue el nombre que el Gato dio al grupo que formó en la década de los setenta cuando la policía entregó en casa de sus padres el reporte por la muerte de Teresa, en circunstancias por demás extrañas. Llevaba más de una semana sin dar rastros de vida; por tres días no les pareció raro pues solía ausentarse sin avisar, con el argumento de que eso le permitiría trabajar sin poner en riesgo ni al periódico ni a sus seres queridos. Había cubierto para entonces el encuentro mundial de mujeres del ‘75, la muerte de Lucio Cabañas en el ‘74 y antes la de Genaro Vázquez en el ‘72. Los resultados de sus investigaciones no vieron la luz debido a diferentes advertencias recibidas en la redacción enviadas directamente desde la secretaría de Gobernación.

La escena encontrada al borde de la carretera era digna de una novela de Dante; con claros signos de tortura, Teresa daba la impresión de haber luchado por su vida hasta el último instante. La policía de Oaxaca sólo emitió un parco informe donde ni siquiera se aclaraba que se trataba de una periodista, cosa contraria a los casos de Patricio Pérez Pintado asesinado un año antes y Álvaro Alemán ese mismo 1979. El silencio característico del Gato se acentuó con la noticia; sólo Luis, Saúl y Jacinto comprendieron la mirada que recorrió a cada uno de los presentes en el entierro de la reportera, había comenzado el reclutamiento. Ninguna venganza tendría efecto sin un plan bien definido y las bases para ello las tomaría del entrenamiento policiaco que compartía entonces con Sergio.

Sólo él sabía lo que tenía en mente pero a todos les pareció extraño que abandonara la carrera de detective justo cuando estaba a punto de graduarse, sin embargo, asistió a la ceremonia donde su hermano adoptivo fue condecorado por haber alcanzado las máximas calificaciones que un aspirante hubiera conseguido hasta esa fecha. Las palabras con las que Sergio agradeció tal reconocimiento llevaban un mensaje oculto que no pasó inadvertido para Efraín, prácticamente se trataba de una declaración de guerra de alguien decidido a imponer la ley a ultranza hacia otro que había adoptado la venganza como modo de vida y que semejaba mucho en el carácter y la decisión con las que se disponían llevar a cabo cualquier proyecto que se les metiera en la cabeza. Continuará. Salud.

Beto

martes, 15 de febrero de 2022

La familia Grande 59a. entrega

“La banca quedaba nacionalizada
a partir de ese momento”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Los ojos de Luis se posaron en la figura inmóvil de Isabel; tenía episodios de lucidez cortos que volvían a u estado de silencio total. Esa semana, a pesar de las promesas de su padre de sacarlos pronto de su encierro, la desesperación por ver el deterioro en el que se encontraba ella iba en aumento, urgía que la atendieran en un hospital, pero la indicación era que debían desaparecer los moretones antes de cualquier atención médica, para evitar interrogatorios que los pusiera en un riesgo mayor al que estaban expuestos. se le permitió comunicarse a la casa de los Grande y a la de Isabel, para medio tranquilizar a ambas familias y poder así, establecer lo que harían en consecuencia pues ellos no podían regresar a clases aún.

Pasaron los años con periodos intermitentes de lucidez por parte de Isabel y los cuidados de Luis en los de oscuridad total, apesar de que ella se encontraba en su casa con su familia; cuando era posible, ambos consultaban a especialistas, al menos para entender el porqué pasaba una gran parte del tiempo en un estado casi vegetativo y las respuestas más esperanzadoras giraban en torno a que esos lapsos disminuirían con el tiempo, haciéndose cada vez más cortos y espaciados, hasta que ya no los tuviera pero había que tener paciencia. “¡Paciencia! ¿Quién soy yo, acaso Kalimán? Externaba Luis en parte en broma y en parte en serio, con el fin de sacarle una sonrisa a esa mujer que se había convertido en su prioridad sin habérselo propuesto.

Por su parte, Teresa había logrado posicionarse en la preferencia de un grupo lector que mantenía el ánimo combativo y la indignación suficientes como para no olvidar el ‘68 estudiantil ni el movimiento médico del ‘71, el tristemente célebre “halconazo”. Sus escritos, en tono guerrero, llegaron a señalar a varios políticos encumbrados de la casi maldita década de los setenta, dominada por figuras siniestras, por ejemplo, Arturo Durazo que hacía con sus actos un dudoso honor a su apodo “El Negro”. No le faltaron amenazas ni sugerencias de que se fuera a otro país, sin embargo, calmó sus temores tomando ejemplos del periodismo como Manuel Buendía, Luis Spota, Carlos Monsiváis o Denise Dresser, que al cabo, el riesgo era parte del oficio.

El inicio de la década de los ochenta no parecía tener mayores cambios, pues se pensaba que la “docena trágica” heredaría al sucesor de Luis Echeverría y José López Portillo la misma forma de evadir los problemas del país, con una petrolización irracional y devaluaciones a granel, un panorama que a Teresa Grande le proporcionaba material de primera para continuar con su combatividad en Excélsior. No tuvo que esperar demasiado, el 1° de septiembre de 1982, durante el último informe presidencial, López Portillo de viva voz y con lágrimas en los ojos, anunciaba a los cuatro vientos desde el Palacio Legislativo que la banca del país quedaba nacionalizada a partir de ese momento. “Ya nos saquearon, no nos volverán a saquear”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 8 de febrero de 2022

La familia Grande 58a. entrega

“El tiempo de ser crítica aún no llegaba”.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Tuvo que conformarse con lo que había logrado captar y retirarse a las oficinas del periódico donde la esperaba el editor; ignoraba aún qué había pasado con sus hermanos, por lo que no se preocupó por comunicarse a su casa. De cualquier manera, no hubiera logrado hacerlo, ya que al teléfono lo mantenía ocupado don Efraín tratando de averiguar qué había pasado con Luis, sabedor de que éste llevaba una relación tirante con su padre, imaginaba que estaría en problemas, por lo que se sentía responsable de lo que pudiera sucederle. Era claro que la tensión con sus hijos no cesaría hasta tener noticias del muchacho. El Gato junto con Saúl y Jacinto, esperaban la oportunidad para poder salir de la casa y emprender la búsqueda de su amigo.

La oficina de don Manuel Becerra Acosta era un hervidero de llamadas telefónicas, pasos apurados, papeles que medio leía mientras giraba instrucciones a sus reporteros, mas de pronto todo paró, el semblante del director de Excélsior tradujo las palabras que se colaban del auricular a su oído. Alguien del gobierno de la República, enterado de las notas que el periódico había publicado en la mañana, decidió que el tono de las mismas debía matizarse pues no convenía a la estabilidad de la nación el lanzar acusaciones de tal magnitud, por lo cual o se alineaban o se les cerraría el “changarro”. Aunque esperaban algo así, suponían que la amenaza no llegaría hasta los albores de los Juegos Olímpicos; para el Viernes, Hugo Hiriart, Froylán López y Ramón Morones hicieron su parte.

Tuvieron que pasar cuatro días más para que en la casa de los Grande hubiera cierta calma; las notas en los diarios parecían haberse alineado hacia el bando del gobierno, algo entendible si todos habían recibido la misma llamada o si fueron controlados desde el principio; tal uso del papel tenía a Teresa en un estado total de indignación, pero por la necesidad de empleo, también debió relajar un poco la crítica en sus escritos, lo cual no impidió que, de manera clandestina, participara en la elaboración de un pasquín que se pegaba en varias calles del centro de la ciudad. De alguna forma, su seudónimo comenzó a llamar la atención y sus escritos comenzaban a ser motivo de pláticas en los cafés del rumbo, incluso al interior del Samborn’s de los azulejos.

Valentina Venegas fue convirtiéndose en una especie de paladina del movimiento, aunque éste estuviera casi extinto; sus anotaciones sobre personajes públicos en la política nacional le valieron el reconocimiento popular, a pesar del riesgo que representaba en esos días, tener entre las manos un medio contestatario por la posible reclusión al Palacio Negro de Lecumberri, nada deseable por mucho que diera cierto aire de intelectualidad el compartir celdas con Heberto Castillo o Gilberto Guevara Niebla. Teresa sabía muy bien que si quería seguir con ese estilo de periodismo, tendría que mantenerse en el anonimato, olvidarse de reconocimientos y mostrar una cara pública muy distinta a sus aspiraciones personales. El tiempo de ser crítica aún no llegaba. Continuará. Salud.

Beto

martes, 1 de febrero de 2022

La familia Grande 57a. entrega

“Miraron a Teresa como quien observa
a un condenado”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Había llegado hasta sus oídos que la escritora tenía abierta una averiguación sobre los acontecimientos ocurridos desde los meses de junio y julio que habían desembocado en lo sucedido ese dos de octubre, lo que encendió la curiosidad de la joven hasta decidir aportar su granito de arena para documentar todos los eventos. Más que superar el trabajo de Poniatowska, su motivación se basaba en la oposición que don Efraín -su padre- había externado para que trabajara de reportera, argumentando que no era una actividad segura para las mujeres, pues corrían más riesgos que los hombres. Sin embargo, Teresa encontró el argumento perfecto para acallar los reclamos paternos: “¿Acaso no nos educaste para valernos por nosotros mismos?” La posible contradicción tuvo que ceder.

Además, las pláticas que había dado un tal José Revueltas en varias locaciones de la UNAM, encendieron sus impulsos activistas como para pretender que los medios de comunicación se volvieran en realidad, los voceros del pueblo. La realidad distó mucho de ello; el aparato gubernamental hizo valer su poderío y las notas que aparecieron en la mayoría de los diarios, fueron acusaciones directas a los estudiantes, presentándolos como agitadores, voceros del comunismo extranjerizante que tenían como único cometido desestabilizar al país. Era hora de frenar tales calumnias, ya que no se pudo evitar la violencia en contra de un movimiento al que no se le escuchó y se le tergiversó al grado de haber deseado no haber empezado.

Las sociedades suelen reponerse de las adversidades, quizá no para mostrar fortaleza, sino que no les queda de otra; los hechos estaban consumados y tocaba saber la verdad sobre los motivos que llevaron al ejército a disparar sobre los que estuvieron en la Plaza de las Tres Culturas. El ronroneo del mecanismo de la grabadora distrajo un poco al general García Barragán, pero de inmediato se repuso para seguir contestando, en su muy particular y escueta manera, las preguntas que le hacían los reporteros. La voz cantarina de Teresa contrastó con lo duro de la pregunta que le soltó a quemarropa: “Entonces, ¿usted ordenó la intervención de las tropas en Tlatelolco?” El general volteó lentamente a ver a la chica.

“¿De qué periódico viene, señorita?” “De Excélsior, señor”. Contestó sin mayor titubeo. “Ah, ése”. Por un momento, el grueso de los reporteros imaginó que el general le soltaría una serie de improperios por su osadía, ya que tenía fama de iracundo; por el contrario, sólo se mantuvo firme y aparentando una calma que estaba lejos de sentir, se limitó a responder: “Mire jovencita, el ejército está para salvaguardar la paz en el territorio, en contra de quien sea. Además, no se manda solo. Aquí se termina esto, gracias por venir”. Dio media vuelta y volvió a encerrarse en su oficina, dejando a los reporteros con medias preguntas al aire y mirando a Teresa como quien observa a un condenado a punto de recibir su sentencia. Continuará. Salud.

Beto

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...