martes, 27 de julio de 2021

La familia Grande 32a. entrega

“... tuvieron que esperar el fallo que dictaminara
la fotografía...”. Foto: BAER

En esos primeros pasos, las guías daban en pocas palabras, los pormenores del funcionamiento de las estaciones de apuestas que podían ser individuales o comunales, según las preferencias del cliente. La que tomó el turno de Estévan y sus acompañantes repitió la rutina aprendida en dos meses de trabajo; haciendo gala de observación, sugirió un cubículo individual a lo que el hombre dijo que sí de inmediato. Ambas mujeres voltearon a verse entendiendo que la oportunidad estaba abriéndose con suma facilidad. Tomaron asiento en tres acojinados sillones mientras los escoltas permanecían afuera, pendientes de lo que pudiera suceder al rededor, aunque confiados pues nunca se les había presentado percance alguno.

Apareció en la pantalla el arrancadero, los caballos algo nerviosos golpeaban el suelo con sus cascos, los jinetes trataban de mantenerlos concentrados en las puertecillas automáticas para su reacción al momento de abrirse, fuera inmediata. “¿A qué caballo apostó, señor?” “Al número siete, me lo recomendaron mucho”. “¿Y en las siguientes?” “Aún no he decidido, ésas las dejo para la emoción del azar”. Los dos jóvenes sonrieron sellando cierta complicidad que comenzaba a definirse. Mientras tanto, Ruth tecleaba en su teléfono un mensaje dando el número de cubículo en el que se encontraban, mismo que fue rápidamente localizado por Luis desde su ubicación, en el mapa virtual que había preparado José.

Esa primera carrera les serviría para calibrar su conexión en el sistema operativo del hipódromo, por lo que debían dejar pasar normalmente el primer evento. Por fin, sonó la chicharra, las puertas automáticas se abrieron y los equinos salieron disparados sobre la pista; los micrófonos de ambiente hacían que el estruendo provocado por el golpeteo de los cascos se magnificara, las tomas de las cámaras aumentaban el dramatismo con acercamientos que parecían sacar los pensamientos de los jinetes y la respiración de los caballos. La voz del narrador no permitía desviar la atención de la carrera mientras Estévan estrujaba su boleta con su mano izquierda. Dos números se separaron del grupo en el último tercio, el nueve y el siete.

Ambos brutos iban tan parejos que parecían una misma bestia de ocho patas; los jinetes fustigaban desesperadamente en los cuartos traseros a sus animales y éstos respondían a cada golpe, dando la impresión de que en cualquier momento escupirían las vísceras por el esfuerzo. Al cruce de la meta le siguió un grito estruendoso, los apostadores reclamaban para cada uno de los bandos el triunfo, Estévan ahogó un alarido, expectante al resultado. Todos tuvieron que esperar el fallo que dictaminara la fotografía; en cada segundo se respiraba tensión, hasta que por fin, la imagen no dejó duda, por una nariz el número siete había cruzado primero. El heredero de los Corcuera pudo así soltar el grito que había reprimido momentos antes. Continuará. Salud.

Beto

martes, 20 de julio de 2021

La familia Grande 31a. entrega

“... obsequiaban bebidas y guiaban a los visitantes...”.
Foto: BAER

Sí, comienza clases la próxima semana”, dijo Ruth adelantándose a la respuesta de la chica. Un poco contrariado y con un dejo de sarcasmo, el hombre preguntó: “¿Acaso no puede responder por ella misma?” Ante la aparente turbación de “su madre”, Lina respondió: “Claro que puedo, nada más que mi madre sigue cuidándome como si fuera una niña”. Para evitar un posible conflicto del cual no estaba dispuesto a ser partícipe, Estévan se disculpo por su atrevimiento y de inmediato cambió de tema; por fortuna para él, estaba por comenzar la primera carrera, solícito ofreció a ambas damas escoltarlas hasta las gradas, donde ya la mayoría de los aficionados estaban esperando el arranque.

La característica voz del narrador comenzó el listado de los equinos que pondrían a trabajar sus cascos en la pista, cada apostador, desde su palco, revisaba más de una vez sus boletas dejando ver su emoción. El ambiente, entre tenso y expectante, envolvió de inmediato al trío de recién conocidos que no pudieron evitar el involucrarse al instante; Lina se acomodó unos lentes oscuros que sacó de su bolso que ocultaban perfectamente la diminuta cámara de video empotrada en el armazón; la señal se proyectaba en el rostro inexpresivo del Gato mediante un monitor, en el interior de un cubículo improvisado en la cocina del restaurante, alejado del calor de las estufas.

Consideró innecesario utilizar intercomunicadores, pues confiaba en la memoria de Ruth y Lina, a pesar de que no habían tenido mucho tiempo para ensayar, eso sí, con la señal de video estaría al pendiente de cualquier problema que pudiera surgir. El planteamiento general era permitir que el joven Corcuera apostara en algunas carreras, que las ganara y aprovechar su euforia para provocar un descuido que lo alejara de su grupo de guardias; al bno contar con un contacto que les asegurara una “predicción” satisfactoria, tendrían que convencerlo de ir a la sala-casino que se había abierto apenas unas semanas antes.

El espacio cerrado ofrecía una experiencia parecida a la de un casino de Las Vegas, pero estaba especializado en las carreras de caballos, no sólo del hipódromo local, sino de varios al rededor del mundo. Desde las puertas de cierre casi hermético, entrar era transportarse a un mundo ajeno a la realidad de la mayoría: la bienvenida la realizaban jóvenes mujeres con ajustados ‘bodies’ monocromáticos que resaltaban la idea de mantener un físico específico, atlético y curvilíneo. Con charola en mano, estas jóvenes obsequiaban bebidas y guiaban a los visitantes al menos por los primero cincuenta metros. Continuará. Salud.

Beto

martes, 13 de julio de 2021

La familia Grande 30a. entrega

“¿A propósito, ¿usted estudia, señorita?”
Foto: BAER

“¿Cómo va a quererlo ahora, señor?” “Comencemos con lo clásico, para ir tanteando el terreno”. Al instante pidieron a un mesero que les llevara a las mujeres un par de bebidas; la expresión de sorpresa que éstas hicieron fue digna de un festival cinematográfico. Voltearon en la dirección que el mesero les indicó, levantaron ambas copas en agradecimiento y Lina clavó coqueta sus grandes ojos en los del apostador, una leve sonrisa de triunfo del hombre poco acostumbrado a fallar, asomó por su comisura derecha, ésa era la señal para que unos de sus guardias se levantara a invitar a las mujeres a su mesa, la respuesta no fue la que esperaba.

“Le agradezco la cortesía, joven, pero sería más sencillo que el caballero fuera quien viniera a nuestra mesa si quiere hablar con nosotras”. La aceptación implícita a la condición sorprendió a Estévan que suponía, tendría mayor resistencia, aunque en el fondo, representaba una gran palmada a su ego. “Sólo una cosa muchachos, si veo que es ‘demasiado fácil’ el asunto, marcan de inmediato a mi teléfono”. Como todas, la señal para ello ya estaba convenida en lo que llamaban su “manual de procedimientos”. Se levantó en pleno control de sus movimientos, cada paso lo había calculado para que tuviera un efecto específico, por supuesto, dirigido a la joven.

Antes de que el hombre pudiera decir cualquier cosa, Ruth le extendió la mano con el dorso apuntando hacia su rostro; sin dejar de sonreír, la tomó por los dedos y la besó cortésmente. Lina repitió el gesto y la escena volvió a iniciarse; después de los formalismos para intercambiar nombres, Estévan tomó asiento entre las dos mujeres, tratando de quedar de frente a la mesa donde habían quedado sus guardias. Algunas trivialidades salieron a flote como la estadía de madre e hija en la ciudad, sus respectivas aficiones, el tamaño de sus negocios y hasta las decisiones que mantendrían soltero al hombre que, inexplicablemente, les profesaba tal confianza.

“Así que es usted un hombre de negocios”, dijo Ruth tomando nuevamente la iniciativa, “así es señora, me hago cargo de unas empresas que han sido de mi familia por algunas décadas”; algo en el gesto de la mujer hizo que rectificara un poco sobre su afirmación, “bueno, también me doy algunos momentos para distraerme”. “Como todos, véanos a nosotras, si no fuera por el ejército de contadores, abogados y administradores, no podríamos estar aquí, tratando de consolarnos”. “¿ Le dolió mucho la muerte de su marido?” “Imagínese, llevaba un buen tiempo a su lado; ahora me toca enseñar a esta niña a vivir sin su padre”. “A propósito, ¿usted estudia señorita?”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 6 de julio de 2021

La familia Grande 29a. entrega

“Su mirada se topó con un vestido rojo, entallado,
con un escote pronunciado a la espalda”. Foto: BAER

Disculpe, es mi primer día; si el señor me hiciera el favor de indicarme cuál es de su agrado”. Con los ojos, el mismo escolta le señaló la mesa contigua, con lo que José de inmediato se dispuso a colocar en orden los servicios. En cuanto se sentaron, solícito entregó las cartas al momento en que recitaba las sugerencias del chef. Con el desdén de quien cree haberlo visto todo, Estévan ordenó el desayuno Continental y algo para picar mientras esperaba la primera carrera para meter su apuesta; su corredor le había asegurado que “Nube gris” tenía las mejores posibilidades de ganar. Aunque el nombre del caballo no le dio mucha confianza, siguió el consejo.

Su escolta ordenó alimentos sencillos, que no significaran un desperdicio en caso de tener que dejarlo a medias por una emergencia; una vez entregadas de regreso las cartas, se llegó el momento de buscar a su siguiente presa. Su mirada se topó con un vestido rojo, entallado, con un escote pronunciado a la espalda y que cubría hasta poco más arriba de la rodilla, enmarcando un cruce de piernas que resaltaba la magnificencia de unas pantorrillas que remataban en unos zapatos acordes a la indumentaria. Era evidente que se trataba de una novel apostadora guiada por otra no menos atractiva experta en los juegos de azar y las apuestas.

Lo primero que debía hacer, era asegurarse de la identidad de las dos mujeres que, a leguas  se notaba que eran las más atractivas del lugar; con una seña le indicó al mayor que preguntara al capitán de meseros todo lo relacionado con ellas, lo que le tomó a éste sólo unos minutos pues ¿quién en su sano juicio se resiste a recibir mil pesos por contestar unas preguntas? Al rato volvió, satisfecho con la información que había obtenido: “Se trata de una viuda que vivía en el norte, heredera de un rancho ganadero asociado con varias empresas lecheras; se había casado muy joven y tuvo una hija, a la que se trajo a la capital para que estudiara la universidad”.

Suspicaz, Estévan frunció el ceño, “¿No te parece raro que, siendo rica, no traiga guardaespaldas?” preguntó convencido de la inteligencia manifiesta en su cuestionamiento. “Me dijo el capitán que tiene un acuerdo con altas esferas del Gobierno de la República, lo que la hace intocable”. Lejos de disuadirlo, la respuesta encendió esa especie de reto que sentía cuando algo parecía peligroso o prohibido. “Prepárense para el ‘cortejo’, ésta es una ‘pieza’ que no se me va”. Se les dibujó a sus hombres una sonrisa sardónica entendiendo que serían testigos de una conquista más de su jefe, que en el fondo se creía la reencarnación de Casanova. Continuará. Salud.

Beto

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...