martes, 25 de mayo de 2021

La familia Grande 23a. entrega

“El ligero temblor se agudizaba en cada releída
que daba a la pantalla”. Foto: BAER

En otro lado, dos manos se afanaban en aporrear un teclado al mismo tiempo que la pantalla le ofrecía el diagrama de la ciudad con una señal luminosa; era imperioso teclear unas cuantas claves  que le permitieran a José interceptar la señal telefónica emitida por el equipo de Rosa. Los datos proporcionados como el número marcado, la localización y las distancias, le facilitarían el segundo paso de su muy cacareado plan, al menos la parte que le tocaba en la obtención de la información. “Es raro, tampoco me contestó mi marido; me manda de inmediato al buzón. Debe estar bañándose. De cualquier manera, voy a dejarle el recado para que no se preocupe”, dijo Isabel sin sospechar lo que estaba ocurriendo.

Previo a todo eso, Rosa había grabado un mensaje de auxilio, ahora José sólo tenía que igualar los tonos y matices de su voz con los que ya tenía en la muestra de la esposa del ingeniero Lomelí; en seguida, dejaría el mensaje de voz advirtiéndole que tenían a su mujer secuestrada y que si quería tenerla de vuelta, debía mandar todas las especificaciones del sistema de seguridad del departamento del hijo del empresario a un correo electrónico emergente, esto es, hecho sólo para la ocasión. Para ese cometido, ya estaba Saúl instalado en la biblioteca pública del Módulo Deportivo San Nicolás Tolentino, entre las calles de Trípoli y Puente, en las Arboledas Sur que daba servicio a altas horas de la noche.

Además de la amenaza, le aseguraban también deslindarlo de toda la operación si su cooperación resultaba satisfactoria. Hugo Lomelí no supo de pronto cómo reaccionar, así que su mejilla izquierda lo hizo por él; el ligero temblor fue agudizándose en cada releída que le daba a la pantalla de su teléfono sin poder dar cabal crédito a lo que estaba pasando. Mil escenarios pasaron por su cabeza y el miedo d perder a su esposa lo invadió de tal manera que no se dio cuenta en qué momento encendió el carro ni cómo llegó a su casa. Esos treinta minutos lo atormentaron con pensamientos fatales unos, de venganza en contra de quienes lo habían puesto en esa situación, otros.

Clásico, le advirtieron que no llamara a la policía y, contando el tiempo que le dieron para copiar y enviar los archivos que le solicitaron, era prácticamente imposible que recibiera ayuda a tiempo. Sin embargo, era experto en mensajes encriptados y después de una revisión en su ordenador de escritorio, se dio cuenta de dónde provenía el mensaje, así que con sólo unos cuantos clicks, pudo enviar a la policía cibernética un llamado de auxilio. Por otro lado, como los captores de su mujer parecían hablar en serio, decidió también seguir el protocolo para los casos de secuestro, no sin antes colocar un virus rastreador a la información enviada. Continuará. Salud.

Beto

martes, 18 de mayo de 2021

La familia Grande 22a. entrega

“Caminaron unos metros por la calle Guanajuato
que lucía tranquila a esa hora”. Foto: BAER

Ese Miércoles había tocado el turno de Aura, de Carlos Fuentes, la participación de Rosa que se basó en las reciente declaraciones del secretario de Educación sobre la obra, arrancó algunos aplausos al mismo tiempo que otras críticas dejando ver la polarización y la diversidad del grupo. Parecía mentira que en pleno siglo veintiuno, todavía se declararan tabúes rasgos de la vida cotidiana; la coordinadora puso orden y las participaciones continuaron. Como ninguna otra se salió del esquema de la fantasía y el amor a pesar del tiempo, no hubo más exabruptos; algunas de las asistentes habían tomado notas, otras más sofisticadas y para no perder detalle, utilizaron el grabador de voz de su móvil.

A la salida, Isabel no podía ocultar su excitación por lo ocurrido, en el tiempo que llevaba asistiendo nunca había presenciado un episodio igual; se notaba de inmediato que Rosa le había dejado una muy grata impresión. Salieron del recinto dejando tras de sí, los restos de la cena que habían ordenado al Porco Rosso, de las calles de Zacatecas y Orizaba en la colonia Roma, porque a decir de las asistentes, ya era hora de “desintoxicarse” de la comida de La Pitahaya, de corte meramente vegano. “Fue toda una revolución lo que ocasionaste allá adentro” dijo la esposa del ingeniero Landín, “no creo que haya sido para tanto”, contestó Rosa con falsa modestia.

Caminaron unos metros por la calle Guanajuato que lucía tranquila a esa hora. “¿A dónde te diriges?, quizá yo pueda llevarte”, Rosa sonrió mientras estudiaba la expresión de Isabel, “no te preocupes”, le dijo “aquí adelante tomo un taxi”. “Ay no, para qué pagas si puedo al menos acercarte, ¿A dónde vas?” “¿A ver una película en casa de una amiga. Desde hace mucho le prometí que iría”. “¡Ah vaya! Supongo que es algo personal”. “Te tengo” pensó Rosa mientras fingía revisar la calle. Como lanzada sin intención, le preguntó: “¿Te gustaría venir?”; “¿De verdad? ¡Me encantaría! ¡Ay no! Mi marido me espera en casa”. “¿Se molestaría mucho si llegas algo tarde a tu casa?”

“No creo. Pocas veces me deschongo. Puedo avisarle que haré otra cosa. No nos tardaremos mucho, ¿no? "Claro que no. Avísale”. Isabel sacó su teléfono y comenzó a marcar el número, al mismo tiempo, Rosa se acomodaba el arete derecho o al menos eso aparentaba, pues en realidad se trataba de un pequeño dispositivo emisor de microondas de corto alcance que, al pulsarlo, interfería con cualquier señal que estuviera cerca. “Qué raro, no entra la llamada. Oh vaya, no tengo señal. Eso es aún más raro”. Lo intentó otras tres veces con el mismo resultado, hasta que Rosa le ofreció que usara el suyo, el cual curiosamente sí funcionaba, aunque la conexión sería especial. Continuará. Salud.

Beto

martes, 11 de mayo de 2021

La familia Grande 21a. entrega

“...que el tinte no la engañe, cierto que no soy vieja,
pero tampoco tengo pocos años”. Foto: BAER

El primer paso lo daría Rosa al presentarse en el grupo de lectura como aspirante, fingiendo ser una esposa desesperada por sentirse inútil en su casa durante el tiempo en que su marido se encontraba fuera de la ciudad. La estrategia básicamente consistía en verse vulnerable y necesitar guía de alguna manera, por lo cual la afinidad era imprescindible; el perfil de la víctima se prestaba, pues su carrera de educadora -trunca al casarse- de alguna manera se manifestaba a la hora de toparse con alguien que necesitara asistencia. Claro que no se trataba de aparecer como una mujer maltratada, sino una que requiriera ayuda académica como paliativo a su desocupación.

A algunas de las integrantes del grupo se les hizo extraña la forma en que permitieron la entrada a una nueva integrante, debido a que se trataba de un grupo cerrado por su exclusividad; la directora explicó que la señora Alfaro había tenido un malestar estomacal que le iba a impedir asistir esos días, algo doblemente extraño tratándose de una mujer tan disciplinada con lo que comía. Rosa no pudo evitar el ligero rubor con el que se adornaron sus mejillas al escuchar esos argumentos, pero se repuso de inmediato, pues debía ganarse la confianza de las asistentes desde el mismo momento de su presentación, algo que no le costaría mucho.

Repitió las palabras, una por una, como las había aprendido sabedora de que hasta ese momento se terminaba lo que podía controlar al cien por ciento, a partir de ahí, todo dependería de su imaginación. como el tiempo era poco, fue decidida a sentarse a un lado de la esposa del ingeniero; “se le ve algo nerviosa”, dijo la mujer tomando el papel de anfitriona, “no tiene porqué estarlo, aquí todas estamos para ayudarnos”. Rosa volvió a presentarse con el nombre falso que había utilizado minutos antes, “Isabel Landín” respondió acentuando el tono maternal que la caracterizaba cuando suponía que debía hacerse cargo de algún desamparado.

“Así que tiene mucho tiempo libre” inquirió la señora Landín, “créame, sé de lo que habla”; Rosa, con un gesto de timidez que hubiera conmovido al mismísimo Stalin, contestó “parece increíble, viniendo de una mujer tan joven”; “que el tinte no la engañe, cierto que no soy vieja, pero tampoco tengo pocos años”. Una vez iniciada  la lectura, las dos mujeres quedaron de acuerdo en compartir la dinámica posterior, por fortuna para Rosa, desde que estaba en la escuela le había gustado leer y hasta había participado en debates literarios en los que su gusto fue variando desde Aldous Huxley hasta Herman Hesse con múltiples aristas. Continuará. Salud.

Beto

martes, 4 de mayo de 2021

La familia Grande 20a. entrega

“...el ingeniero aprovechaba que su mujer asistía
a un grupo de lectura”. Foto: BAER

José era un muchacho que a sus veintiséis años ya había vivido una serie de acontecimientos dignos de una tragedia griega; el año de su nacimiento, 1989 estuvo marcado por un evento que si bien sería el símbolo del fin de una era oscura, también significó el reacomodo en las influencias internacionales, como lo fue la caída del muro de Berlín; en el ámbito nacional, una cinta hizo recordar un episodio que llenó de vergüenza a la nación en el ‘68 que fue “Rojo amanecer”; en lo particular, su casa se llenó de congoja por la muerte de Mauricio Garcés, ídolo de su padre que en el fondo pensaba de sí mismo que era tan apuesto como el galán de cine.

Su nacimiento fue tomado como una mala premonición ya que el dinero comenzó a escasear, por algunas reparaciones que no se hicieron a tiempo, dos cuartos de la casa se cayeron, uno de sus hermanos mayores era condenado a tres años de prisión por haber participado en los alborotos del año anterior y su padre siguió los pasos del difunto actor. Desde su fuero interno, su madre lo culpó porque pensaba que su nacimiento no debió suceder, aunque siempre se negó a abortarlo. Nunca maltrató físicamente al chamaco, pero lo ignoró el mayor tiempo, excepto para echarle en cara su comportamiento cuando era detenido por las autoridades al cometer algún delito menor.

Por tratarse de un adolescente, José nunca fue procesado y en esas circunstancias lo encontró el Gato; éste le vio potencial para encargarse de las tareas que requerían un desgaste que él, Luis o Saúl ya no podían soportar, por lo cual era el indicado para interrogar al responsable de crear e instalar el sistema de seguridad de su víctima. Algo de lo que había aprendido en los separos y otro tanto que había aprovechado de sus empleadores, era lo que siempre funcionaba a la hora de hacer su trabajo. Le fue fácil dar con el proveedor, ya que ése era el único que manejaba la marca del sistema, a decir de la secretaria a la que había invitado a cenar y que se volvió parlanchina con unas copas.

Obtener las especificaciones exactas era otro cuento pues el ingeniero en sistemas en cuestión, era conocido por su estilo de vida sobrio y sin grandes aficiones, pero la devoción que sentía por su mujer podría utilizarse. Para el caso, decidió solicitar la ayuda de Rosa, ya que ella estaba en el rango de edad de la esposa y su experiencia garantizaba resultados inmediatos; ambos objetivos eran de costumbres sencillas y con pocas variantes. Los miércoles, día que escogieron para actuar, el ingeniero aprovechaba que su mujer asistía a un grupo de lectura para ir a su club a jugar un poco de tenis y relajarse después tomando un sauna. Continuará. Salud.

Beto

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...