martes, 27 de octubre de 2020

Hecatombe

un destino ya contemplado por muchos.
Foto: BAER

Se están gestando las historias que se han de contar en un lustro o en una década, las que servirán para que los nuevos inquilinos de este traqueteado mundo aprendan a protegerse de los males que nos inventamos en estos días o se aterren con las leyendas surgidas de sufrimientos y batallas en contra de enemigos, producto de las febriles mentes de poderosos y desposeídos. Tengan o no las armas necesarias, esas generaciones protestarán por posibles condiciones infrahumanas universalizadas desde la codicia de unos cuantos y elevarán odas a modernos titanes que acaudillarán huestes que no tendrán una idea digna de lo que es vivir en paz o dormir sin pesadillas.

La infertilidad pasará de los humanos a los campos, de la flora a la fauna; no habrá más moneda de cambio que el agua ni mayor equivalencia que la sangre. La normalidad estará enferma y contaminada con los desechos de la última civilización, la nueva edad de piedra ya no buscará heredar inteligencias ni habilidades, sólo las añorará tratando de recapturar sus detalles pues en ello le irá la vida. Esa vida que fue rindiéndose sin poder defender ni a los seres más fuertes, por permitir que la especie más débil tomara el poder por sobre las demás, bajo el yugo de un altruismo paternalista que sirvió para ahogarlas con el progreso.

Las deidades nada habrán podido hacer, simplemente quedarán atónitas una vez que sus creadores hayan decidido que ya no les son de utilidad; serán conferidas a un rincón en el que la mente grupal no las encuentre y, si de casualidad las viera, no reconocerán sus rostros. Ya nada significarán sus poderes con los que fueron investidas, sus festejos no serán más que una hebra tirada al torrente onírico, sin sentido alguno. Perecerán una a una, las páginas de antiguos libros en piras cuyo calor no alcanzará a cubrir las siluetas de entes que alguna vez fueron personas de rostros casi perfectos, comparados con las muecas permanentes que deambularán en la oscuridad.

Claro está, ya no habrá qué comer, llenarán sus estómagos con algas que sobrevivirán por mutación, sabrán que los envenenarán gradualmente; conforme se alimenten de ellas, irán avanzando a una muerte segura, pero será mejor que soportar los aguijones del hambre. Milagrosamente los niños habrán desarrollado cierta inmunidad, no todos, los que fallecerán serán motivo de llanto y algo parecido a un sepelio, Pero habrá esperanza, aquellos que sobrevivan, observarán mudos el deterioro en su entorno. Nada habrán tenido que ver con la destrucción, sin embargo, en su mirada podrá verse que estarán inconformes y el veneno de su alimento se mimetizará en una mueca que clamará venganza. Salud.

Beto

martes, 20 de octubre de 2020

La búsqueda de estilo

En la variedad está el estilo. Meninas
Velázquez-Picasso. Foto: Tatiana Corte

A un día de terminar con las hojas de la segunda libreta de apuntes, repaso mentalmente la forma y el orden de las palabras que he utilizado en este tiempo, las que he repetido y las que he dejado escapar casi como una travesura; no puedo decir con toda certeza que ya poseo una manera de escribir que ne identifique, de hecho, no tengo idea de si algún día la tendré ya que, de la misma forma en que leo los escritos, es decir, fijándome sólo en cómo transcurre la historia, escribo lo que se me viene a la mente. A veces no es otra cosa que un asalto en despoblado.

Lo más cercano al reconocimiento de un estilo propio es el comentario de dos o tres personas muy significativas para mí que me hicieron el favor de leer mi libro de cuentos y que coincidentemente usaron el mismo juego de palabras: “eres muy tú” o algo así, seguramente, porque he de admitir que intento escribir como hablo o al menos como doy clases. Pero el estilo debe identificarse, además, en cómo se presentan las ideas, si éstas se resuelven por su cronología, por su importancia o por su impacto, ya que la fuerza de su argumentación reside en la lógica.

Si subimos un escalón y nos adentramos en la afirmación de que el estilo debe reflejar el carácter del autor, tendríamos que confiar más en la percepción de quienes conviven con los creadores más que en lo que nos sugiere la misma obra, lo que representa un compromiso poco sustentable desde le simple consumo. Incluso, no podríamos sostener alguna afirmación sobre ello basándonos, por ejemplo, en entrevistas o presentaciones ante los medios de información, dado que en el fondo, esos eventos tienen un porcentaje muy alto de simulación o actuación.

La afirmación anterior no debe tomarse en un sentido peyorativo, pues a todos nos han enseñado que debemos comportarnos según el lugar donde nos encontremos, Por ende, ser uno mismo o mostrar el carácter en una obra, depende más de la apreciación del observador que del ímpetu vertido en la obra por parte del artesano o del artista. Eso sí, creo profundamente en que debe mantenerse un esfuerzo honesto a la hora de producir contenidos, no importa el tipo, con la intensidad que permitan la escala de valores y la educación de cada creador, lo demás es responsabilidad ajena. Salud.

Beto

martes, 13 de octubre de 2020

Nada de altruismos mentales

Ver el arte, es como encontrar parecidos.
Foto: Oldskull

Un libro es totalmente inútil si no se lee, lo mismo pasa con los eventos cotidianos, las noticias y hasta las personas. Cada una con tipos de lecturas que ya hemos aprendido consciente o inconscientemente por ensayo y error o porque lo consultamos de alguna manera. Aprendemos a leer guiados por la necesidad de hacernos entender, de saber cómo pedir las cosas, de situarnos temporal y espacialmente en lugares determinados por las actividades que realizamos cotidianamente, para dar respuesta a interrogantes y dar solución a los problemas que se nos vayan presentando a diario.

Si lo anterior es cierto, ¿cómo aprendemos a ser creativos? O mejor aún, ¿cómo deberíamos aprender a aceptarnos como tales? Siguiendo con la tendencia oficial es posible que, si preguntara en la calle, muchos contestarían que ser creativo es una cualidad propia de los artistas, entendiendo que éstos son personajes capaces de hacer algo que los demás no pueden, que ello cauda admiración y que pueden vivir de eso. Una definición poco académica, pero que podría ilustrar un poco la exclusión que hacemos normalmente de nuestras capacidades, para limitarnos a una actividad contemplativa.

Porque, ¿qué de artístico puede tener el cocinar bien, medio combinar colores, saber definiciones de palabras o diagnosticar comportamientos? Si los sacamos del esquema comercializador, mucho. Cada una de esas actividades requiere de su propia lectura específica que todos podemos dominar en mayor o menor medida y donde la máxima ganancia es el aprender a apreciar el trabajo de los demás; es ahí donde se encierra todo el juego del arte pues, para que algo sea considerado como tal, la afirmación debe surgir de alguien que ostente algún tipo de poder en su grupo social.

Es por ello, quizá, que muchos artistas no son reconocidos sino hasta el día de su muerte, ya que ese alguien con poder es conmovido por una obra en particular o porque sus intereses se ven beneficiados; ninguno es malo, aunque lo óptimo sería reconocer al artista mientras éste vive. Representa esto mucho trabajo, sin que ello signifique una proyección universal de cada sujeto capaz de trazar líneas, dirigir orquestas o crear historias, es algo tan sencillo y complicado como provocar el reconocimiento de su entorno inmediato, aunque no se convierta en profeta. Salud.

Beto

martes, 6 de octubre de 2020

Viajero cuántico

Como Dios quiso que el hombre volara,
le dio imaginación: Foto: BAER

El viajero virtual ya vive en la época en que mejor se desempeña, para la que fue creado, su capacidad de experimentar lo que no le rodea, lo traslada a lugares lejanos sin la mediación de vehículos de engorroso accionar, conoce a la gente que deambula por calles que no le guardan secreto alguno, sabe lo que quieren a adonde se dirigen para conseguirlo; ningún otro viajero ha tenido tal libertad de movimiento ni la rapidez para juzgar una situación con un beneficio consecuente de manera segura. Si llegara a equivocarse, corrige el camino, las ofensas son un lujo perecedero.

Ya que las distancias no importan, no se preocupa por quedar mal en una cita pues siempre llegará a tiempo, así la haya concertado tres meses atrás para ese mismo instante, tampoco importa si tuvo que interrumpirla a la mitad, podrá retomarla cuantas veces sea necesario sin que ello demerite lo que estuviera tratando, pues su interlocutor podría nunca envejecer. El viajero tampoco, al menos no en el universo que está creando donde cada paso, cada avance lo actualiza encontrando así, nuevos mediadores que le den indicios para adaptarse a lo que se considere coetáneo.

Torna a pasados inexplorados o bien conocidos con la misma curiosidad, pues lo que importa tiene que ver más con lo que pueda averiguar que con lo que pueda enseñar; no busca la verdad, sino razones para seguir viajando. Puede convertirse en un argonauta, un cosmonauta o un simple peatón, el medio sigue sin importar pues su voluntad bastará para cubrir las distancias, eso sí, llevando el morral colmado con lo mejor de su arsenal. ¿Las armas? Papel y plumas, su prodigiosa memoria, el don de la empatía y la inteligencia para usar la más devastadora: su juicio crítico.

El viajero virtual no reparará en historias, no se desvanecerá en búsquedas, no cejará sin sensatez; prudencia, su eterna acompañante, dictará los rumbos sin más restricción que la libertad. Regresará a sus muchos puntos de origen sabedor de que abren nuevas rutas, de que cada nueva variante ofrece la oportunidad de crear nuevas historias aun los actores sean los mismos. Él como muchos otros viajeros, sabe que las redundancias en su oficio no son otra cosa que nuevas creaciones originales, variaciones de un concierto que jamás acabará. Salud.

Beto

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...