martes, 30 de junio de 2020

Para la cuarentena

Escribir es un deporte. Foto: BAER
En cuestiones creativas, ¿hasta dónde debe regir la disciplina? La espera de doña inspiración puede ser muy larga y doña consistencia tiene momentos de tiranía absoluta; en el caso de un servidor, querida decena de lectores, cuya atención semeja más a la de un milenial que a la rebaba del hippísmo, pudiera parecer que el ajustarme a un horario y a un espacio, es un tema que pertenece a las buenas intenciones de inicio de cada año y van disolviéndose conforme pasan los meses.
¿Cómo le haría Monsiváis? de reciente homenaje televisivo, ¿cómo Carlos Fuentes? Si a González Bocanegra su mujer lo encerró en un cuarto, dicen, ¿será la desesperación por salir lo que detone la inventiva? Porque llevamos poco más o menos cuatro meses de encierro y mi disciplina sigue tan laxa como cuando desgastaba las suelas de mis zapatos en distantes aceras, buscando motivos que obligaran a mis bolígrafos a impregnar con su tinta las casi incólumes hojas de mis libretas.
Pero ambas cosas se acumularon sin poder ser partícipes de algún relato mas que a cuentagotas, sin orden alguno pero, eso sí, exigiendo en silencio una pronta atención, pues el acumulamiento ya tenía visos de sobrepoblación; y la imaginación vuela, gritando a los cuatro vientos que es libre, que su naturaleza no le permite seguir caminos prediseñados por quienes quieren mecanizar lo que se le ocurre, sin entender que una imaginación atada es como una danza sin música.
Ahora que, si en alguna ocasión el genial Chava Flores afirmó que un compositor servía únicamente para “darle sabor al caldo”, en referencia a que no se debe esperar de él que transforme al mundo con una creación suprema todos los días, quizá eso prive también para otro tipo de escritores, lo cual quitaría un gran peso que permitiría a la inspiración y a la imaginación juntarse, crear conciertos de palabras, pintar parajes donde sus “hijos” puedan retozar sin la traba del encierro. Salud.
Beto

martes, 23 de junio de 2020

Salmón, pero tipo noruego

Poco se me hace el mar. Foto: BAER
No, el giro de mi empresa no ha cambiado en absoluto, tampoco estoy buscando una actividad alterna eventual que me dé dinero mientras la editorial agarra vuelo, lo que el licenciado quiso decir al llamarla "negocio salmón" es que desde que me conoce, siempre he optado por actividades que van a contracorriente; cuando niño me interesaron juegos o cosas que no llamaban la atención de la mayoría de las personas con las que me relacionaba, por alguna razón.
Así, las figuras de acción se transformaron en protagonistas de aventuras en las que debían representar varios personajes o de plano, hacer "boxeo de sombra", es la consecuencia de ser hijo de la austeridad. En la adolescencia, ya en pleno aunque lento desarrollo físico, dirigí la mirada hacia el teatro y el voleibol, donde ambas actividades se semejaban en lo coreográfico de sus movimientos, lo definido de los papeles a representar y que no eran del todo machos para algunos.
La edad adulta me recibió averiguando sobre formas alternativas de enseñanza donde el empirismo se imponía a toda la teoría, medio absorbida en una carrera exótica para el estándar familiar y varios intentos de maestrías tan interesantes como poco comercializables. Es lógico pensar entonces, que en una ciudad que cuenta entre sus tendencias el comercio, todo lo anterior representa una inconveniencia. Y ahora, la terquedad de una editorial... ¡el colmo!
Es cierto, Fresópolis no tiene una fama arraigada de población lectora ni mucho menos, escritora, pero eso no significa que no la haya, el chiste es dar con ella; el escauteo y las convocatorias comenzarán en breve, porque aun el mercado sea incipiente, las letras irapuatenses merecen una tribuna alternativa donde su visión del entorno venga a complementar el mapa literario de Guanajuato. Vamos a contracorriente, pero eso sólo retrasa el logro de la meta. Salud.
Beto

martes, 16 de junio de 2020

Llegando a casa

Antes que todo, la higiene.
Foto: BAER 
¡Cuéntanos algo! Dijo la chiquilla con su voz cantarina y los ojos inyectados de curiosidad; su padre resopló pausadamente, se sentó en el primer sillón que tuvo a mano, la miró directo a las pupilas mientras ponía en sus rodillas a su pequeño hermano y con la fatiga de un largo día de labores colgándole de los párpados, hizo acopio de las palabras necesarias para iniciar su relato, pero antes, para asegurar la atención de sus hijos, interpuso una pausa para preguntar:
- ¿De qué será hoy la historia? ¿De piratas? ¿De castillos encantados? ¿Acaso de misterio? Ambos niños gritaron su preferencia tratando de imponerse al otro,  el padre, divertido, levantó su mano señalando hacia arriba a ningún punto en especial y comenzó con un híbrido de princesas investigadoras que luchaban por la justicia, atrapando a un ladrón de arte en un país muy, muy lejano. Su mujer asomó  la cabeza arqueando una ceja. Desde la cocina, los olores de la cena hicieron un buen marco a la historia que corría de una comarca a otra, de un pueblo a otro, de un restaurante a... el hambre empezó a acelerar el cuento, pero los niños impedían que avanzara con preguntas sobre detalles de los lugares, los sabores, los colores, el tamaño o la apariencia de las personas y con comentarios al margen que no hacían otra cosa, que aumentar el deseo del pobre hombre de comer.
-Ya niños, dejen a su padre en paz. ¿No ven que viene cansado?; - Pero todavía no termina mamá. - ¡Ya! Vénganse a cenar que no quiero pasarme la noche lavando trastes. Refunfuñando se dirigieron a la mesa, el burócrata mañanero y taxista vespertino, sintió cómo le regresaba el alma al cuerpo cuando el primer bocado se dirigía a su estómago. Miró agradecido a su mujer, la tomó de la mano para acercarla y darle un beso... - Ahora que veo, ¡no se han lavado las manos! ¡Órale al baño los tres! Salud.
Beto

martes, 9 de junio de 2020

Un mundo a cuestas

Expecttiva y realidad, pocas veces juntas
Foto: BAER
Si bien nunca había aprendido a hacer piruetas, tampoco podía decirse que era un improvisado; mantenía la fuerza de sus piernas a pesar de la inactividad impuesta por la necesidad de encontrar un “trabajo de verdad”. El de instructor de patinaje era complementario y temporal, ya que esperaba que el me siguiente fuera promovido a la jefatura de su departamento.
No se quejaba del trabajo y nunca lo hizo, simplemente el dinero no alcanzaba para mantener un hogar moteado con algunas quejas sordas y llantos infantiles sin consuelo inmediato. Los médicos decían que la condición de su hijo no mejoraría, que lo único que podía hacer, era darle la mejor calidad de vida posible, pero al parecer, su situación se tomaba su tiempo.
Una nueva “bendición” se asomaba como recordatorio de la urgencia de ese puesto prometido y la razón de los cambios abruptos de humor de su mujer. Ella se se esforzaba por no externar sus frustraciones, pero había momentos en que no soportaba más; las madres de ambos se esmeraban por tratar de hacerles llevadera su situación, sin logros evidentes.
¡Y cómo lograrlo si tenía que ver más con las aspiraciones que con conformarse! Ambos jóvenes se exigieron más allá de sus posibilidades, las cuales no tenían que ver con sus capacidades intelectuales, sino con su carencia de empatía. Los sonidos de las llantitas de poliuretano volvieron a sus oídos y una voz chillona terminó por sacarlo de sus cabilaciones: “entonces qué, ¿ya me va a enseñar o va a seguir jalándome nada más?. Salud.
Beto

martes, 2 de junio de 2020

Oficio sin caducidad

La responsabilidad compartida entre escribir y leer
tiene sus límites. Foto: BAER
Es cierto que se trata de una actividad artificial, tanto que se trata de un doble aprendizaje de identificación de signos y de creación de símbolos que nos permiten trascender, al mismo tiempo como individuos y como sociedad; ya sea que se use un bolígrafo o un teclado, la relación con lo que resulte de las heridas de tinta en el papel se volverá ajeno al autor sin separarlo de la responsabilidad.
Lo que suceda con el texto una vez puesto a la disposición de ojos ajenos, está fuera de su control, lo que supone una responsabilidad apriori a lo que se haya escrito. A menos que se trate de un instructivo, la imaginación de los lectores ejercerá su derecho a la independencia sin mayor restricción que los referentes que tenga a la mano, para la interpretación.
Pero también hay complicidad y deseo de ser conducidos a mundos alternos, a ver el entorno con otras visiones, a saber qué tan capaces son de ponerse en los zapatos del narrador. Y este último sólo podrá imaginar cuántas versiones de su obra cuántos rostros asumirán sus personajes o qué fachadas tendrán sus casas y edificios, sin importar el tiempo.
Sin embargo, hay un riesgo mayor, éste que el ser reinterpretado y es qué tanto expondrá de sí mismo en las páginas, cuánto estará dispuesto a que los demás lo conozcan, de qué manera asumirá el reflejo que otras inteligencias le regresen. La incertidumbre será eterna, pues ninguna relación es igual a otra, mucho menos cuando se trata de un medio de comunicación.. Salud.
Beto

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...