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| La vida flota encerrada en burbujas. Foto: Baer |
Llega uno a cierta edad, en la que ya no es posible entender el porqué se hicieron algunas cosas; tonterías de chamacos, dirían algunos; errores de juventud, otros. Lo cierto es que desde que tenemos uso de razón, sabemos lo que está bien y lo que está mal, pero no nos hacemos responsables de las ansias de experimentación que nos invaden en algunas etapas de nuestra vida.
O simplemente no queremos responsabilizarnos ya que tenemos quién lo haga por nosotros, quienes nos protejan de lo que nos ponga en riesgo o quienes solapen nuestras acciones. Al menos alguna vez, en alguna situación todos gozamos de ese privilegio, ya sea por simpatía, por obligación, por lástima o por complicidad. El pretexto es lo de menos.
Cualquiera que éste sea, debería tener una fecha de caducidad pronta, pues hay quienes han hecho del solapamiento, un estilo de vida, ya sea a nivel personal o institucional. Lo peor del caso es que se da a cualquier nivel y, por muy simple o baja importancia que éste tenga, los compromisos que se producen, parecen ser más fuertes que el acero.
Cualquier favor, bajo esta circunstancia se vuelve obligación. La deuda se hace imperecedera y lo que debió ser un instante anecdótico, se vuelve un grillete de partidismo. Las decisiones ya no tendrán autoría personal sino grupal, a menos que la idea de la cual surgió, sea tan buena que pase a ser botín de alguien con mayor poder.
La juventud se alarga al grado de llevar la idea de formación de contubernios, hasta estructuras de poder que "respetan" formas pero que no aportan fondos. Se crean "pandillas" que arrebatan lo que debería ser bases para la convivencia y las transforman en ejes de coacción. Así, casi sin alternativas visibles, entendemos la razón de que nos gobiernen eternos adolescentes. Salud.
Beto

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