| Culto, tradición, obligación, ¿cómo debe entenderse? Foto: Baer |
Recuerdo mi única incursión en la escolta de mi escuela; el estar en ella se manejaba entonces como se hace ahora, por ser de los mejores promedio del mes. Al menos puedo presumir que durante un mes hice bien las cosas y estuve dentro de los primeros lugares de aprovechamiento. Aunque efímera, pude sentir la emoción de estar en un grupo selecto cuyo privilegio es transportar el lábaro patrio.
He de confesar que no tuvimos tiempo suficiente para salir al patio a ensayar para los honores de ese lunes en la mañana, ya que por algunas cuestiones de salud y otras por pequeñas indisciplinas, le escolta de base se vio mermada en número y quienes teníamos el suficiente promedio los suplimos, así entonces, medio contingente estuvo compuesto por neófitos que nunca habíamos estado en esos menesteres.
Gracias a la benevolencia de los maestros y del director y al mucho aburrimiento de los compañeros, no se notaron demasiado los errores, pero los nervios nos hicieron presa, pues conocíamos el grado de responsabilidad del cual éramos depositarios, máxime que nos empezaban a llamar la atención las niñas. Tampoco voy a olvidar el par de ojos que, esperanzados, me veían sudar a cada paso.
Los motivos por los cuales queríamos que nos saliera bien quizá no eran muy patrióticos, pero eran precisamente ellos los que nos mantenían concentrados y serios a la hora de hacer honores. No importaba tampoco que berreáramos al cantar el himno nacional. González Bocanegra y Jaime Nunó debieron revolcarse en sus tumbas. En fin, la solemnidaden sí misma, no fue fuerte de mi generación. Salud.
Beto
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