martes, 3 de marzo de 2026

Historias globales

Nacer y crecer crea pertenencia,
no propiedad. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. Segmentación inútil. Cuando escuchamos hablar de un personaje famoso de nuestro interés, ¿nos quedamos a escuchar porque ignorábamos ciertos detalles? ¿Había cierto morbo en el tono de la conversación? ¿O queríamos comparar notas? Sucede porque, aun con los medios a nuestro alcance no es posible comprender a cabalidad su entorno y, por tanto, la razón de su actividad profesional, artística, literaria, etc., entonces, si alguien ofrece datos o perspectivas que nos ayuden para tal cometido, siempre será bienvenido. Lo malo de la historia institucionalizada, es que se avoca a enumerar fechas y hechos simplificados a su mínima expresión narrativa lo que la hace, además de aburrida, tan segmentada que con eso no alcanzamos a entender qué tiene que ver la revolución francesa con el segundo imperio mexicano ¡y sí hay nexos!

2. Ellos eran su entorno. Imagino que era más por una cuestión de sobrevivencia el que su curiosidad no se aventurara más allá de los límites que imponía la veintena de individuos que compondrían su clan y no podía ser muy abierta la libertad en un mundo diferentemente hostil hace unas decenas de miles de años; si suponemos que el espacio vital de cada individuo lo componen nueve metros cuadrados aproximadamente, sería acertado inferir que, como mínimo, un clan requeriría ciento ochenta metros cuadrados para sentirse seguro y protegido, así como para poder defender su posición. El ser humano antiguo tenía sus cinco sentidos puestos en mantenerse vivo y asegurar a los suyos, ya fuera alejándolos del peligro o tratando de evitar las muertes de parto tan comunes en los mamíferos de ese tiempo.

3. La bendita muerte. Parece contradictorio, pero de lo que más hablamos y creamos historias es de lo que menos conocemos, posiblemente se trate de un intento de capturar lo desconocido para poder tener certezas; desde Don Juan Tenorio hasta Pedro Páramo, el tema de la muerte no trata sobre el final de la vida, sino de la esperanza de la gloria o el castigo después de cruzar el umbral. Puede ser tratada como el alivio a los pesares, la pérdida absoluta o el castigo original o condena perenne a buscar un perdón. A la muerte se le respeta por justa y por su condición de inapelable, es decir, a todos nos llega y no hay argumentos para evadirla, cuando mucho pudiéramos alargar las agonías, lo cual es poco atractivo por donde quiera que se le vea y, por ello, la fascinación que provoca enciende nuestra imaginación.

4. El juicio no está en el cielo. Hasta donde he podido darme cuenta, en ningún lado se ha descrito cómo es eso del juicio final, lo que me parece una omisión totalmente tramposa puesto que al no saber cuál será la mecánica, no sabremos plantear nuestra defensa, si es que podremos realizarla; y en todo caso, ¿para qué es necesario un juicio final? ¿No se supone que lo que fuimos, somos y seremos ya es sabido? Además, en esos términos no podemos ser juzgados, sólo apartados los que fueron buenos de los que no, puesto que no habría margen para argumentación alguna y si lo hubiera ¿quienes serían los abogados? Yo creo que el juicio debe darse aquí, ya sea por los hombres o por una divinidad, pero aquí. Un juicio a posteriori no tiene chiste, por lo general, la muerte vuelve buenos a todos. Salud.

Beto

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