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| ¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER |
1. Obligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos o nos creamos, tienen en común que una vez construidas, hay que darles mantenimiento; los frentes a los que me refiero pueden ser personas, objetos o situaciones de los cuales nos forjamos ideas, precisamente los lugares (las ideas) donde presentamos la batalla. Una forma de hacerlo es la escritura, lugar común en los que muchos logran solucionar problemas, señalar fallos, indicar o sopesar fuerzas y entretener conciencias. Gracias a las rutinas de observación del entorno que algunos profesionales de la pluma realizan, son capaces de llevar a cabo una crítica sobre lo que acontece, sin que esto se reduzca al formato de la noticia, pueden hacerlo a manera de novela o cuento o, en el caso de Sor Juana, con poemas.
2. Autoridad cuestionable. No se trata de un ataque a los literatos, por el contrario, el considerar que su autoridad no es absoluta, abre la posibilidad a verlos como entes abiertos a la crítica, a la posibilidad de seguir aprendiendo y tenerlos como los entes más cercanos a lo humano; por supuesto que alguien dedicado a la escritura sabe algo del gran conocimiento que nos circunda o que está almacenado en todos los dispositivos a la manos actualmente. Hay, de alguna manera, cierto respeto a la opinión expresada por escrito en cualquier medio pero eso, más que convertirnos en eruditos incuestionables, pone al alcance del público el derecho a refutar lo publicado pudiendo llegar con ello a un convencimiento de su parte o a un desacuerdo que cambie nuestra perspectiva.
3. Producción que busca respeto. A la imagen de un escritor que lucha por los derechos de su grupo, se le añade una guitarra para que tenga mayor presencia escénica, ese instrumento que acompañó a grandes trovadores que ponían en sus coplas, el sentimiento de las naciones en las que habían visto la primera luz para luego hacerlas extensivas a todo el continente. Es posible que al conjugar dos tipos de producciones, la admiración producida sea el doble, pues ya por separado, ambas tienen un grado de dificultad específico. Manejarlas con soltura requiere disciplina, sí, pero ésta no tendrá peso sin el trabajo de auto convencimiento para hacer de ellas (letras y música) la principal forma de expresión y de vida que dé el respeto suficiente para realizarlo por toda la vida.
4. Los límites de las letras. Hace mucho tiempo, el límite máximo para que un escritor tuviera impacto, era el analfabetismo rampante, pero eso quizá era también su mayor ventaja pues los gustos no serían tan variados; con el advenimiento de las ideas liberales, el derecho a la instrucción académica extendió el universo a los profesionales de la pluma y con ello, las posibilidades de contar otras historias, por ejemplo, ahora se han volcado a contar situaciones de corte psicológico. Prácticamente las letras van hacia donde la vista del escritor apunta, a la velocidad que propone y por el tiempo que considere necesario. Si de verdad la imaginación es el límite, la creatividad tendrá una variedad inmensa de fronteras en las que perderse y encontrarse con las ideas que incendien las iniciativas. Salud.
Beto




