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| Podemos ser muy fuertes, pero el país está muy desdibujado. Foto: BAER |
1. La multiplicidad. Desde poemas hasta novelas y películas, varios pechos se han inflamado de sentimiento patrio para ensalzar a una figura o a un símbolo que nos guíe por los intrincados caminos del amor al país; ríos de tinta han corrido elevando a héroes o eventos que pretenden engrandecerlos más allá del logro terrenal. Los nuevos panteones que producen, dictan las maneras con las que debemos conducirnos respecto de las figuras ya establecidas y de las que esperan establecerse en nuestro imaginario. Llevamos un tiempo desmitificando a los que estaban y mitificando a los que no, los que logres sobrevivir, esperarán una remitificación, porque ya sabemos que los relatos emanados de los intereses nacionales, no pueden estar del todo humanizados pues, ¿dónde estaría el chiste de la veneración?
2. Odas a lo abstracto. Los cultos alternativos nacen con los nacionalismos que suelen ser narrativas que suplen a santos y dioses con héroes defensores de una causa y un territorio, sólo hay una constante: el enemigo. Para las religiones suele ser el demonio (en cualquiera de sus facetas) u otra religión, lo que no tiene lógica si observamos que todas persiguen lo mismo, sólo que se sacrifican y humillan de diferentes formas; las «patrias» tampoco se salvan de la quema porque otras suelen ser las invasoras o tienen a sus «demonios» dentro, por lo tanto en ambos universos, nos manejamos a la defensiva. Y así como lanzamos alabanzas a espacios míticos, cantamos versos a fronteras arbitrarias e inexistentes, poniendo por lo general, un derramamiento de sangre que no alimenta al suelo.
3. Hemoglobina que no será de los dirigentes. En las enaltecidas letras de la poética patriota, se nos conmina enardecidamente a ofrendar la sangre para mantener libre a la nación, sangre que obvia y curiosamente no es de los dirigentes; es posible que se deba a que, como se escriben por encargo (de ellos por supuesto), además del pago de todas las rentas que llevamos a cuestas, también debamos morir con honor por una tierra que ni siquiera nos pertenece. No lo digo para que nos sintamos despojados, sólo intento señalar algo que todos sabemos, estamos aquí de paso, sí con el derecho de ocupar un espacio, pero que al final no vamos a llevárnoslo, en otras palabras, no defendemos la tierra, sino nuestro derecho de hacerla productiva y disfrutar de lo obtenido, que suele ser tan efímero como nuestra propia existencia.
4. No es nuestra. Aunque tengamos el permiso de los docentes de apropiárnosla, más como una obligación que como un derecho, la patria «agradecida» no nos pertenece, bueno, ya ni siquiera la imagen romantizada de Victoria Dorantes en los libros de texto nos inspira el respeto sobre la pertenencia a un país que cada sexenio da tumbos y le cuesta más trabajo mantener en su lugar a las fuerzas productivas, principalmente a la campesina. El pago de la renta, insuficiente para la codicia gubernamental y excesivo para los inquilinos, de ninguna manera garantiza el bienestar de la comunidad, debido a la incertidumbre galopante que, desde la década de los setenta, ha venido acentuándose y extendiéndose por todo el mundo, sin que parezca haber una solución en el corto plazo. Salud.
Beto



