martes, 16 de junio de 2015

¡Ah que la... depre!

De esos días en que el mundo
pesa demasiado. Foto: Baer
Pocas veces he enfrentado el trauma de la hoja en blanco, pero de que me da, no me suelta en días; generalmente encuentro cosas de las cuales hacer trizas en palabras pues mi curiosidad es como la de un gatito de seis semanas de nacido, aunque de pronto me entre la andropausia felina y sólo quiera estar bajo un rayito de sol lamiéndome todo, incluidas las heridas.
Y he aquí mi interrogante de hoy: ¿de qué se habla cuando se siente uno apachurrado y se corre el riesgo de aburrir a los demás? El mundo está tan convulsionado que, a pesar de que tus problemas sean lo más dramático que exista en el planeta, a nadie le importarán tanto que te regrese un comentario alentador y que venga a solucionar tu estado de ánimo.
Tampoco se debe abusar de los demás porque se hayan declarado tus amigos y, por lo tanto, no tienen la obligación de cargar con tus pesares. Claro que hay formas de pedir apoyo y de las mismas formas se ofrecen, pero la continuidad en el sufrimiento no es atractiva para nadie. No es ninguna vergüenza el sentirse mal, pero tampoco es presumible.
Posiblemente el origen de todos los males anímicos sea la incertidumbre; esa especie de globo que se va introduciendo a nuestro estómago y va creando un hueco que no se puede llenar con ningún invento del hombre blanco, la meditación se hace imposible porque al intentar pensar, irremediablemente vuelven las imágenes que nos carcomen las entrañas.
En tiempos de mis abuelos, donde el imperio de los psicólogos aún no tenía forma, el único remedio a la antesala de la depresión era el trabajo; mal veían a alguien tristeando, lo ponían a hacer "algo de provecho", con lo que no se tenía tiempo de andar jalando la cobija. Así las cosas, decidí que mis penas deben tener otro momento, aunque me haya tomado medio día el decidirme. Salud.
Beto (BdI)

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