| “Deténganse, las manos en alto”. Foto: BAER |
Desde su posición, vieron cómo toda una columna copaba todo el largo de la explanada obligando a los manifestantes a retraerse hacia el centro; no era claro si por miedo o por desobediencia, los que mantenían su intento de escapar, de pronto caían tiñendo de rojo las baldosas. El ejército disparaba en todas direcciones, incluso hacia los pisos superiores del edificio Chihuahua; el fuego cruzado cobraba a cada segundo más víctimas sin que se percibieran que éstas hubieran estado realmente armadas. No sólo eran estudiantes, también amas de casa y trabajadores salían heridos por la metralla. “Caminen, no se queden viendo”. Ambos sintieron cómo la cacha del arma se encajaba entre sus escápulas.
Luis trató de tomar la mano de Isabel cuando casi llegaban a integrarse a un grupo de jóvenes también custodiados por varios militares, pero el golpe en la cara con un rifle se lo impidió, la muchacha sintió cómo otro golpe asestado en su vientre ahogó el grito de angustia que estaba por salir de su boca. Luis apenas pudo levantar la mano derecha “no, en el estómago no”. Vio a Isabel en posición fetal recibiendo una patada en la región occipital antes que él mismo perdiera el conocimiento por otro golpe. En otro lado de la explanada, Saúl y el Gato, agazapados detrás de una de las escaleras de acceso al edificio Nuevo León, esperaban la oportunidad para salir del infierno desatado tan inesperadamente, de pronto, una maleta cayó por el hueco abriéndose totalmente.
Parecía pertenecer a una pareja de ancianos, pero no era tiempo de averiguar, de inmediato Efraín la jaló hacia sí y comenzó a buscar algo que pudiera servirles. Los nervios y el miedo no le permitían a Saúl entender qué era lo que su amigo pretendía, no reaccionó hasta que Efraín le enfundó en un vestido gris y le colocó en la cabeza un velo negro “Arremángate el pantalón y pónte esos zapatos”. Cuando volteó a verlo, el Gato ya tenía puesto un sombrero y un suéter y se cubría el rostro con un paliacate. Una mirada de súplica le dio a entender que lo que intentaba era una locura, pero no había tiempo para pensar, era eso o morir allí mismo. “No puedo, no puedo”. Un golpe de puño en la rodilla lo convenció y sirvió para fingir un paso cansino. Continuará. Salud.
Beto