martes, 4 de abril de 2017

Al azar y sin red protectora

Vamos por el mundo como si lo mereciéramos.
Foto: Baer
No he tenido hijos por varias razones acumuladas en todos los años que tengo de vida; nacer es un accidente, maravilloso, incomprensible, alucinante, atesorable y pocas veces merecido, pero un accidente al fin. Surge de una coincidencia, donde dos voluntades se unen para obtener el premio de una lotería que nunca avisa lo que tiene para quienes participan.
Los seres surgidos son tan variados que ni con una súper computadora tendríamos un pronóstico acertado de las combinaciones posibles y los hay tan buenos como malos. Ya Hobbes y Rousseau tomaron su oportunidad de explicarlo y seguramente, si tuvieron el tino de ir hacia un lugar común, estarán discutiendo al respecto per saecula saeculorum.
Nacer y estar vivos debería tener un valor extrínseco quizá en dinero, ya que el valor intrínseco que les hemos dado no ha servido de mucho para que nos respetemos en todos los sentidos, ejemplos de ello los tenemos todos los días por las más diversas causas, las cuales tienen como común denominador el desprecio por nosotros mismos y por los demás.
Desde el descubrimiento de la capacidad de dominación de unos sobre otros, no hemos evolucionado ni hemos encontrado alguna fórmula que nos libere de este círculo vicioso, donde unos cuantos (teorías de entes superiores aparte) dictan lo que debemos gozar y/o padecer los de a pie, todo gracias a la invención de un destino tan autoritario como imprecado.
Los que llegamos a este mundo, deberíamos estar agradecidos todos los días por estar vivos y más porque a nuestros progenitores se les ocurrió gestarnos en el preciso momento en que lo hicieron, ya que si no hubiera sido así, serían otros los que ocuparían el lugar que ostentamos y hubieran coincidido con quienes tuvimos la suerte de coincidir.
Pero tan lamentable es que no valoremos tal suerte y tan necesitados estamos de cambiar, que se me ocurren muchas maneras de purgar al planeta, lástima que ninguna esté dentro de las leyes, ni humanas ni divinas; es una lástima también que a algunos "apellidos" como Salinas, Peña, López, Echeverría y subalternos, no se les hubiera ocurrido usar un condón. Salud.
Beto

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